TURF

Vida al galope: una pasión, 600 triunfos, tres costillas rotas

Federico Píriz, ganador del Ramírez, defenderá al turf uruguayo en Chile.

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Federico Píriz

Desde el Gardel de los jockeys que fue Irineo Leguisamo —cantado por el propio Zorzal en Leguisamo solo— al más anónimo jinete, todos comparten su afición por los caballos, su físico menudo y un coraje a toda prueba: con 50 kilos de peso llevan a un animal de media tonelada lanzado a 60 kilómetros por hora.

Federico Píriz figura entre los jockeys que están escribiendo su historia. Condujo a Gandhi di Job al triunfo en el último Gran Premio Ramírez y en poco tiempo defenderá al turf uruguayo en el Gran Premio Latinoamericano de Viña del Mar, siempre con este caballo, definido como el baby crack y crack de su generación.

Es el momento que Federico (30) soñó de niño en su San Carlos natal, cuando con sus amigos jugaban a las carreras montados en caballos de palo de escoba recorriendo pistas imaginarias. "¿Expectativas? Las mejores. Será una experiencia nueva estar ahí, representando al Uruguay. Y lo que venga será lo mejor", adelanta.

La sangre le fue marcando el camino: su padre fue jockey y es cuidador y él se crió entre caballos. Empezó a correr en pencas cuando tenía 13 años. La primera fue de La Coronilla al Chuy. "Entonces pesaba 32 kilos e iba por 35. Tuve que llevar un jergón de tres kilos para llegar al peso mínimo", comenta. Hoy está en 51.

A los 15 completó su primera prueba en un hipódromo, en Punta del Este. Admite que no es habitual que corran jóvenes de esa edad: "Yo me adelanté un poquito". A Maroñas llegó en 2004 y fue como jugar en el Estadio Centenario para un futbolista. El primer caballo que corrió allí se llamaba Ador Chico y entró cuarto. Al mes ganó la primera carrera, con la yegua Milagrera. No recuerda qué competencia era, aunque se trataba de una simple competencia para perdedores. Hasta ahora triunfó en unas 600 carreras. Y sin dudas su mayor logro fue el reciente Ramírez.

El gran triunfo.

Píriz cuenta todo con una sonrisa sin estridencias: "Sentí mucha alegría ese día. Pero me emocioné más antes, cuando iba hacia las gateras y la gente me aplaudía, que después. Obvio, te ponés contento, lo que pasa es que yo no soy de festejar mucho".

Era su segundo Ramírez. El primero debió resultarle una frustración, pero él lo toma con la misma naturalidad. "Hace unos años lo corrí con Suardi, que era uno de los favoritos, pero se jodió el caballo, se fracturó. Yo estaba tranquilo, lo daban favorito las revistas, había ganado el Honor, pero no se pudo hacer más", cuenta.

Para el Ramírez 2017 "estaba confiado, seguro. Sabía que tenía gran chance. Es más lindo venir de atrás, pero Gandhi di Job salió así, para adelante y tuve que dejarlo. La gente esperaba que se parara pero no eso pasó. Mi idea era mantenerlo tercero, cuarto, estar cerca para arremeter al final, pero él salió con todo y lo dejé".

"El caballo venía bien —agrega—. Es muy voluntarioso, ya lo había corrido en el Nacional. Ahí me llagó las manos aguantándolo para que no se fuera. Nunca vi nada igual. No uso guantes, no me gusta. Hacía tres cuatro meses que él no corría, no podía dejarlo seguir así porque no iba a llegar. En el Ramírez salió igual y lo dejé porque sabía que podía. Esperaba que no me alcanzaran. Parecía que ganaba, pero hasta no cruzar el disco no se sabe, no se pueden dar ventajas".

"Mientras corro vengo bien concentrado, mirando mi caballo aunque a veces miro más a los otros que al mío. Hay que atender todo lo que pasa. Según el caballo uso más la fusta. Mi idea es no usarla nunca, pero a veces es necesario. En el Ramírez la usé al final, para asegurar", explica.

El oficio.

"Entre los caballos hay de todo, mansos, locos, como las personas", comenta y se ríe. A algunos les gusta correr adelante, otros de atrás. Con atropellada corta o larga. Pero si tiene que elegir uno, no duda: Sir Fever.

"Fue el mejor que corrí, el que me marcó. Ya era diferente desde el día que lo estaban domando. Ese andar... Era un elástico, era diferente a todos", explica.

Detrás de ese pingo hay una historia, que puede resumirse así: su esposa Paola, gran aficionada a las carreras, lo descubrió en el Tattersal de Maroñas. Cautivada, decidió comprarlo. Pagó 7.400 dólares. Lo domó Edinson Cor y lo entrenó Jorge Píriz, el padre de Federico. En 2014, Sir Fever ganó la Triple Corona y se consagró como el mejor caballo uruguayo en muchos años. Y a Paola le llegó una oferta de Dubai que no pudo rechazar: un millón y medio de dólares.

Federico entrena todas las mañanas. Sale de su casa cerca de la Interbalnearia hacia Maroñas. Recorre la pista, ensaya salidas, galopes, trabaja los caballos. En cambio, él no necesita entrenar su físico: el peso lo mantiene naturalmente. Piensa correr hasta que le dé el cuerpo. Tiene colegas de 54, 55 años, por lo cual su trayectoria puede resultar larga. Luego del retiro será cuidador.

Y por fin llegan las carreras. Viernes y sábados está en Maroñas, los domingos en Las Piedras. Corre 15, 16 competencias por fin de semana, todo el año. "A veces me tomo alguna vacacioncita", comenta. Un oficio como cualquier otro. Cuando gana se lleva el 10 por ciento del premio. Si no entra entre los cuatro primeros, se le paga lo que se llama "monta perdida", una compensación por una suma fija. Además, los jockeys disponen de un seguro para el caso de accidentes y lesiones, una posibilidad siempre latente.

"Tuve algunas rodadas grandes —relata con la serenidad de siempre—. Hace unos siete años estuve tres días inconsciente. Me caí del caballo en Las Piedras y me golpeé la cabeza. Me reventé el oído y me tuvieron que operar. Me enteré cuando me desperté. Al mes estaba corriendo. Otra vez, en Maroñas, me caí, me pisó el caballo que venía último y me quebró tres costillas. Fue peor porque en la primera rodada no sentí nada. Y de nuevo volví enseguida. Me pusieron una faja y a la semana estaba bien. Claro que a al principio veía un caballo adelante y salía disparado para el otro lado. Después se me pasó. Pero le ocurre a todos los jockeys. Tratamos de que no ocurra, claro…"

Fuera de las pistas también es deportista. Le gusta el fútbol y el tenis. Es hincha de Peñarol y de Roger Federer. Cuando puede, va a los partidos. Y si no, trata de mirar un rato por televisión entre prueba y prueba en Maroñas. Pero la pasión por las carreras termina invadiendo todo: se trajo de Irlanda un galgo de pura sangre, Oro, que ya tiene sus cachorros, Plata y Bronce. Hizo competir a Oro en el interior y también lo utilizó como padrillo.

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