TURF

Historias esperando el Gran Premio Ramírez

Repasá anécdotas de uno de los premios más importantes de este deporte en Uruguay.

Turf

Una fija en San Isidro.

Trabajando en la terminal aérea solo pensaba en la última salida a Buenos Aires, donde una semana de curso me esperaba.

Para el vuelo de las seis vi a dos personas, conocidas ellas, entrar al antiguo edificio del aeropuerto: el jockey Manuel Gémez y el cuidador Pedro Gutiérrez, una buena dupla local.

Al llegar al despacho, la pregunta de rigor: “¿A quién van a correr y en dónde?”.

La respuesta llegó al unísono: “Debuta en la recta de San Isidro la zaina del stud Verde y Negro, viajamos los dos”.

Luego de que se alejaron del mostrador, pequeña corrida y antes de abordar, charla va, charla viene, llegó el “¿puede ganar?”.

Y otra vez al unísono: “¡A eso vamos, querido!”

Llegué al hotel a Buenos Aires en busca de una revista especializada. Con todos los datos en mano, estudio de rigor y la deducción fue simple: ¡está yegua en este lote, si repite las de Maroñas, es una recontrafija!

De mañana, a las 7:30 comenzó mi curso. A las 13:30 el profe por fin nos dijo: “Hasta mañana. Los que tengan que cobrar los viáticos, si se apuran llegan, porque es hasta las dos”.

Raudo y veloz, llegué a Paseo Colón, me hice de los australes que circulaban en aquellos tiempos para vivir en la semana y con la lámpara encendida abrí de nuevo la revista.

La yegua debutaba en la primera a las 16:00. La canción se llamaba “Yo voy en tren”. Caminando rápido a Retiro y luego “non stop” a San Isidro.

Llegué así al canter. La de Pedro estaba divina y daba un quintal, a la ventanilla y a la m… la plata de la carne, diría mi primo Alvarito. Los viáticos fueron a la que corría mi amigo Manuel, ganador, segundo, doble y más. Todo eso en Maroñas aún no se jugaba y allá en Buenos Aires era una papa.

Cuando se abrieron los cajones, Manuel no fue el de Maroñas. La yegua nunca se acomodó en la larga recta de césped del norte.

La ilusión y los viáticos se esfumaron enlos 54” que registró la ganadora. La del Verde y Negro llegó levantando gorras.

Con las monedas que me quedaron, de regreso en tren penaba por los australes que solo tuvieron un breve pasaje en la billetera oriental.

Ya en el hotel, los compañeros de curso me preguntaron cómo había sido la excursión. Luego del cuento, al unísono me dijeron: “¡Esa sí que era un fija, uruguayo!”

Esa tripleta...

Esperábamos por el Pocho, el viejo de las bombas, el que todo lo sabía. Es que el Pocho hablaba con los peones, propietarios y afines. Crack. Había que caminar desde el Palco Oficial y pasar por el Paddock para llegar a verlo. El hombre era de pocas palabras: si entendías, bien; si no, habías caminado al “santo Pepe”.

“Mirá, acá una tripleta. En la primera no dejes de poner a la de Telmo. Al medio, no pierde el caballo de don Eduardo. En el Nacional, a pesar de que se va abrir, gana el tordillo y es triple coronado”.

De regreso al Palco, pedimos el formulario para hacer la jugada. No me convencía el cierre. Es que el tordillo, si se abría la “Fiera”, podía arrebatarle el Derby al candidato de todos.

La de Telmo, en una rajadora sobre la recta ganó en un suspiro y a buen dividendo; para el de Eduardo, los mil quinientos fueron un trámite.

Quedaba el cierre. Por ser menor de edad, no tuve la chance de escaparme para hacer la cubierta con el “mío”.

El Derby deparó un final infeliz para muchos. Aquel tordo que se perfilaba como el gran ganador cedió en metros finales con el de la “Fiera”. La tripleta terminó en uno de los tantos cestos del Palco y mi ilusión de llevarme unos buenos “morlacos” quedaron en la nada.

Aquel grandote amigo de los más veteranos me miraba de reojo. El “Don Burro” en esta ocasión no caminaba, el pibe quiso y no pudo. El acierto y el ojo electrónico habían funcionado a la perfección, en la idea, no en las ventanillas.

Antes de la última, volví de forma cansina al Pocho: “Siempre hay revancha, pibe”.

Se hizo querer.

Uno de joven quería ser propietario, criador y también, por qué no, hasta cuidador. Una noche, el Cabeza se tiró a la compra de dos yeguas madres. Una recién salida de entrenamiento; la otra había dado buenos pingos, nada para sacarse lustre.

La yegua que amaba Manolo no dio nada. La otra nos regaló un alazán macho que se comenzó a criar en las cercanías del Carrasco Polo. De año, manso como pocos, sin riendas, atravesaba el potrero caminando solo con la muestra de la zanahoria.

Ya de año y medio aterrizó en el stud del Vasco, un veterano conocedor como pocos del metier.

El potrillo se fue haciendo de a poco. Los vecinos del barrio se unieron al proyecto de crack que llegando a los dos años pasaba los 500 kilos. El bueno del alazán reconocía nuestra voz apenas llegado al stud. Un mate y las clásicas zanahorias o cubitos de azúcar eran el manjar de varias tardes en la semana.

El Vasco, aburrido de que el alazán no levantara las patas, reconoció no poder hacerlo “correr”. La desilusión fue grande, hasta que el cuida que cantaba dijo que con él debutaba.

Tres meses más tarde el defensor de las sedas “El Cebo” debutaba en las pistas. Mucha ilusión del cuidador que cantaba. Semana previa de nervios, la barra ya se ilusionaba con el podio. El Puchero, su látigo, confiaban en las fuerzas del alazán.

Pero llegó como pudo... Buen pingo, el alazán fue una ilusión más. Ganamos en amor a un equino, a un caballo que reconocía nuestra voz, que también enamoró a muchos en la equitación. Era el caballo que se hacía querer. ¡Buena, Juguetón!

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