TURF

Camino a la herradura: los anónimos

El trabajo de los peones en el mundo del turf va mucho más allá de una carrera.

Foto: El País.
Foto: El País.

Suena el despertador a las 04:30. Es domingo, pero mis cuatro amigos deben ser atendidos de la misma manera. Baño, ducha, ropa de fajina y a caminar esas veinte cuadras que separan mi casa del stud. Un buen café con leche mientras se calienta el agua para llenar el termo, hinchamos el mate que será compañía hasta el mediodía.

Mate y termo en la izquierda, en la corta caminata el sueño de la carrera, el sueño de la herradura, el sueño que el Tordillo cruce primero la meta. Me acerco al portón, el sereno me abre y con una simple guiñada me hace saber que de mi lado, los pingos no se la hicieron difícil en la madrugada.

Apenas me oyen entrar, varios relinchan. El “Cuida” me saluda de lejos, con un “ok” en la mano. También me deja saber que el Tordillo tuvo una buena noche. Al abrir cada puerta, ellos están prontos para que entre y comience con mis clásicos ‘buenos días’ a cada uno de ellos. Son mis amigos, mis hermanos de trabajo, hay que preparar a los que van a la cancha, tres de ellos que no compiten hoy en la gran jornada.

El Tordillo me deja saber que tuvo una buena noche y que está pronto para lidiar con esos once rivales que van, al igual que él, por la gloria continental esta nochecita en el hipódromo. Luego de trabajar con cada una de las camas y preparar a los tres, el Tordillo me mira con aires de saber: ‘Movete con ellos, lo mío queda para más tarde’.

Luego de ir y volver a la cancha tres veces, limpiar cada box, de dejar las vendas, riendas y equipamiento de cada uno, es turno del Tordillo. Lo saco del box para una buena caminata por las calles linderas al hipódromo. Relincha, sabedor de que es el orgullo del barrio: a las 19:15 va por la corona, por la gloria y por esa famosa herradura que los dejará, por un año, como el mejor del continente.

El “Cuida” se muestra sereno. Miro y observo a cada uno de los 30 caballos que hay en el stud. Dejo para lo último mirar, estudiar, detenerse en el Tordillo, en el que tanto trabajó para que ese mismo día lo catapulte a la gloria. Al ratito nomás hace irrupción el jockey para cantar cuadro completo. Breve dialogo con el “Cuida”, una caricia al Tordillo y al hipódromo. Corre uno de 53 kilos y tiene que entrar en peso.

Luego de 20 minutos de caminata, el Tordillo vuelve a su box. Transmite calidad, tranquilidad, bonhomía. Mirándolo solo te da confianza que hoy era su día.

Al mediodía, corto viaje a casa. Se fueron dos termos de mate, almuerzo liviano y la dulce espera. El Tordillo se debe presentar a las 17.45 en el servicio veterinario. Sobre las 3 ya estoy en el stud con las mejores “batas”, unos championes recién comprados con la propina de un reciente ganador, jeans, camisa y un buen saco, regalo del propietario del Tordillo que solo me dijo: “Campeón, llévalo el domingo que nos sacamos la foto”. Optimista el hombre, pero buen “propinero”, asiduo visitante al stud y con un amor especial con el Tordillo.

Su hora. A las 17.00, vendas del mismo color de la chaquetilla, la manta de verano para ir hasta el hipódromo, lo enriendo y el Tordillo ya sabe que es “su” hora. Camino al Jerárquico, varios saludan y desean suerte. Yo, sudando como liebre atada; el Tordillo, lo más campante, a sabiendas que llegaba 10 puntos y sus trabajos fueron de excelentes para arriba.

Al caminar esos 500 metros de senda hacia la Veterinaria recibimos algún grito. Ya sabíamos, el Tordillo y yo, que la afición le tenía fe. En el Palco fueron tibios, pero en el Folle la hinchada lo espera para aplaudirlo.

De ahí a la Veterinaria, revisación, boxes de espera, encuentro con el “Cuida” que lo apronta como lo que es, un crack. El tiempo pasa volando. La gente del Folle no para de mirarlo. Mis nervios aumentan a pasos agigantados. ¡Es que no es para cualquiera ser el peón del Tordillo!

Los diez minutos de la redonda de espera aumentan el sudor. Con 30 grados de ninguna manera me voy a sacar el saco, ¡regalo del “Trompa”!

La redonda de montar es un hervidero. El hipódromo está cargado de gente. El anuncio de salir es un desahogo, en ruta hacia el encuentro con el látigo. A mitad de camino el Tordillo se para frente a la multitud, busca un mimo, lo tiene y mirándome fijo me da la confianza que le tenía. Su mirada habla por sí sola, está pronto para la herradura. En redonda de montas es todo una charla viva, un griterío. Al mío no se le mueve un pelo. Se une al jockey que me dio un abrazo como anticipando la proeza. Juntos van hacia las gateras para disputar la carrera de nuestras vidas.

En el reservado de peones, todos nos saludamos y nos deseamos éxito. Durante todo el año somos compañeros, durante estos dos minutos seremos rivales. Al sentir la campana de largada se me escapa una lágrima, de emoción, de recuerdos.... La llegada del Tordillo al stud, su primera mirada, su doma, la primera partida y su primer triunfo. El recuerdo de los patrones que confiaron en mí para peonarlo.

De largada a llegada el Tordillo hace lo suyo, acompaña en la primera partida, queda cerca en mitad de codo para desarrollar una atropellada mortífera que acalambra a sus rivales de turno, locales y visitantes.

¡Tordillo viejo nomás!, lo repetí una y mil veces en toda la recta mientras que mis colegas me saludan entre un mar de gente. Voy en busca de “mi” Tordillo, el ganador, el que me habla con su mirada y el que me esta haciendo llorar a “moco tendido” de emoción.

El reencuentro es inexplicable. Otra vez su mirada cómplice, sus ojos y su expresión demostrando su grandeza son demasiado para mí. El Tordillo me cautiva y me enseña minuto a minuto el sentido de la vida. Fue una carrera, la carrera de nuestras vidas.

A lo campeón. De un momento a otro el campeón luce su herradura de rosas, orgulloso de su victoria, a lo grande, resplandeciente, a lo campeón, ¡a lo que es él! Tocamos el cielo con las manos, el canter y el saludo del público es sublime, el sacudón y el gran saludo con el “Cuida” y el patrón aún mas. Es que el Tordillo es el mejor de América. Micrófonos, cámaras, caras desconocidas que solo quieren acariciar al Tordillo, ahora, el campeón de todos. Luego de los flashes, de las poses, él y yo nos vamos a la Veterinaria. En la senda se oyen los vítores hacia el nuevo Rey de América y orgulloso uno lo llevaba de la brida.

Tras los pasos de rigor y regreso al stud, el Tordillo reclama lo suyo, un mimo, una caricia y su comedera llena para reponer energías. Fueron horas, días, meses de trabajo invisible. Al rato, el “Cuida” llega a verlo. Un fuerte apretón de manos es el reconocimiento que tiene para con los suyos: “Buen trabajo pibe, festeje, se lo merece; mañana, a las cinco y media seguimos con lo nuestro”.

El Tordillo me lo dio todo, el “Trompa” se portó como un general, el “Cuida” también, pero quien me dio la verdadera alegría fue el Tordillo, mi amigo, mi hermano. Viejo, no me despiertes nunca de este sueño. Son las 04:30, suena el despertador y mis cuatro hermanos me están esperando para un nuevo día.

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