COLUMNA

Roger Federer o el mundo que ya no existe

Hay algo más impresionante que la memorable victoria de Roger Federer sobre Rafa Nadal en la final del Abierto de Australia y es la alegría generalizada que se desató en todo el mundo tras la victoria del mejor de todos los tiempos.

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Roger Federer y Rafael Nadal se enfrentaron en la final del Abierto de Australia. Foto: AFP

Un fanatismo, incluso un amor, que no sabe de fronteras, de idiomas, de clases sociales, de edades ni de ninguna otra división. Hay algo en Federer mucho más admirable y noble que su tenis, eso genera la adhesión globalizada.

Federer resulta ser no solo el deportista más relevante de nuestro tiempo, sino el último representante de una forma de vida que hemos perdido. Una forma de moral, de pensarse a uno mismo, de pensar a los demás y de pensar la felicidad que hoy parece prácticamente extinta. Verlo jugar, más todavía verlo ganar, nos produce la nostalgia de lo que ya no somos.

La misma mañana en que el suizo ganaba su decimoctavo Grand Slam, cientos de manifestantes protestaban en los aeropuertos de Estados Unidos contra el decreto anti-musulmán de Donald Trump, quien por otra parte lanzaba sus primeros misiles en Yemen. Mientras tanto, Instagram y Facebook, los últimos refugios de la vida virtual, estaban caídos. Lady Gaga anunciaba su show del medio tiempo en el Super Bowl. Messi no podía salvar al Barcelona del empate. Y en Argentina los habitantes de un pueblito llamado Epecuén intentaban romper un récord Guinness flotando alineados sobre la superficie de un lago. Una mañana cualquiera en este planeta giratorio.

Sin embargo, esta vez el destino ofrecía una escapatoria dominical. La posibilidad de, al menos por tres horas y media, salirnos del fango de hipermodernidad en el que nos revolcamos como chanchos e ingresar en una cápsula de tiempo llamada Roger Federer. Un hombre-lugar ajeno al universo circundante. A las tendencias, a las noticias, a la desidia, a la inseguridad, a la pereza, a la envidia… y a tantos otros defectos que caracterizan la sociedad en la que vivimos.

A Federer no se le conocen escándalos –salvo algún raquetazo contra el suelo en sus inicios en el tenis, está bien-. Federer nunca habló mal de ningún rival. Nunca insultó a ningún juez. Nunca utilizó su poder para influir en los organismos reguladores del tenis. Nunca quiso dar lecciones a nadie. Nunca fue cultor del éxito a cualquier precio ni de la confrontación como herramienta, ni de la fama como valor en sí mismo. Simplemente dedicó su vida a lo que más amaba: jugar al tenis. Y, como sucede con las personas que dedican su vida a aquello que aman y lo hacen con pasión y dedicación, triunfó. Quizá más que nadie en ninguna otra disciplina deportiva en ningún punto de la historia.

Federer representa valores y hábitos que parecen haber desaparecido completamente de nuestra vida diaria: la confianza en el perfeccionamiento de la técnica, el esfuerzo, la dedicación, el trabajo duro. La fuerza de voluntad para vencer a la adversidad –una y otra vez-, la perdurabilidad de la clase. El cuerpo entendido como herramienta, comandado por una mente clara y despejada.

La templanza para manejar el éxito, el superéxito, la riqueza, la fama mundial… y también el fracaso. Mucho más el fracaso. El entender la vulnerabilidad como una virtud, la franqueza del llanto. La seguridad y el amor propio resguardados con candado. Y, por supuesto, una pareja –la misma de siempre- que sufre cada partido, en el lugar del mundo que sea, como sufren las personas que nos aman.

Quizá Pete Sampras haya sido el último gran tenista del siglo XX, el jugador de la transición. Andre Agassi, el rock star de cancha rápida. Rafa, el abanderado de la fuerza del corazón. Y el héroe de los millennials: Djokovic, ese bailarín serbio cuya novia muchos envidiamos.
Pero Federer es el gran monumento viviente. Atemporal. El faro de Alejandría que se yergue en las canchas de tenis iluminándolo todo. Indicándonos por dónde sigue el camino, ya no hacia un torneo de Grand Slam, sino hacia la felicidad.

Esa felicidad de otros tiempos, cuando el sistema de esfuerzos y recompensas parecía mucho más aceitado. Un tipo que se sabe el mejor tenista de todos los tiempos, que fue durante años el número uno del mundo, que posee todos los récords posibles y que a los 35 años -y recién recuperado de una lesión- sigue jugando porque está seguro de que todavía le puede ganar a cualquiera.

Un palacio enorme y majestuoso que con el solo hecho de pasar caminando por su lado genera el recuerdo de aquella vida que solíamos vivir. De los valores que admirábamos y que intentábamos adoptar. Quizá por eso, entre tanto festejo y alboroto por la victoria de un partido de tenis en los confines del océano Pacífico, se nos llenen los ojos de lágrimas.

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