ROLAND GARROS

De película: viajó 9 horas en auto para llegar a París y avanzó a la segunda ronda

El argentino Marco Trungelliti firmó como "lucky loser" y en dos horas y 54 minutos de juego escribió una hermosa página para su historial deportivo.

El argentino Trungelliti está viviendo un cuento de hadas
El argentino Trungelliti está viviendo un cuento de hadas. Foto: Reuters

Es un cuento. De esos que atrapan de principio a fin. Una derrota, un viaje de vuelta con el dolor de no ser, ocho bajas sorpresivas, un llamado inesperado, el regreso a todo ritmo por las carreteras de la vida, Barcelona-París, apenas unas horas de sueño, una firma -la rúbrica fue su salvación-, un partido. El partido. Corre, se presenta, suda, desperdicia dos match points, acaso, para darle una pizca de dramatismo mayor a la historia. Y gana Marco Trungelliti, como ganan los héroes del silencio, con un ace que vuela en el espacio, con lágrimas y risas. Bernard Tomic, su adversario, un australiano irreverente y talentoso, perdido en la desesperanza, tampoco lo puede creer. El "perdedor afortunado" gana por 6-4, 5-7, 6-4 y 6-4 en dos horas y 54 minutos para meterse en la segunda rueda de Roland Garros. De mendigo a millonario.

El público lo ovaciona. Le piden autógrafos. ¿Alguna vez le han pedido tantos autógrafos? Cada punto es respaldado por aplausos; se parece al Roger Federer de la pista 9: casi todos están con él. De principio a fin. Es un "lucky loser" con la suerte más grande del planeta. El día que se lo cuente a sus hijos, ni creerlo podrán. La salida del australiano Nick Kirgyos por una molestia en el codo derecho lo convierte en el protagonista de la historia de un sapo -como en las películas animadas- convertido en príncipe en un puñado de horas. Vertiginosas, atrapantes.

La derrota en la clasificación lo devolvió rápidamente a Barcelona, en donde vive. Había sido otro golpe a la ilusión. De pronto, ayer al mediodía, recibe un llamado. "Venite", le dicen, desde la organización. Hay un partido esperando para hoy a primera hora, las 11 de una nublada París, en el court 9. Marco era el bolillero siguiente del indio Prajnesh Gunneswaran, que sale al ruedo en el challenger de Vicenza, después de no ingresar en Roland Garros. No firmó la planilla establecida por el reglamento y se marchó para jugar un torneo sin quilates. Nadie iba a imaginarse que se iban a bajar ocho tenistas.

Es ahora o nunca. Agarra un bolso, dos raquetas, tres pelotas y las llaves de la camioneta. Están todos: su hermano André al volante, Susana, la madre, y Lela, la abuela, la que sostiene el sueño desde la sapiencia de los años. De Barcelona a París, sin excesos de velocidad, para llegar lo antes posible. Son algo más de 1000 kilómetros, casi 10 horas de viaje sobre la carretera. Se lo toma con humor, como todo en la vida: en la travesía, cuando París brilla a 80 kilómetros, suenan Los Abuelos de la Nada. Mil horas es la canción. Todo un símbolo.

Nació en Santiago del Estero, vive en Barcelona, tiene 28 años y está en el puesto 190° del ranking mundial. Desborda simpatía, suele dejarse la barba de algunos días, el cabello largo y enrulado, y juega como puede: con alma, corazón y vida. Al padre le agradan las ciencias (es bioquímico), a la madre los números (es contadora) y a él, los peloteos desde la base de las canchas de polvo de ladrillo. La aventura tiene un premio extraordinario: 79.000 euros por aterrizar en la segunda rueda. Un pequeño gran héroe. De esos de carne y hueso. Uno de los nuestros.

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