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A 50 años del nacimiento de Los Pumas

Un día como hoy, pero de 1965 nacía el nombre del seleccionado argentino de rugby. El triunfo inolvidable sobre Junior Springboks y un legado que perdura en el recuerdo de los héroes.

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Foto: Canchallena.com.ar

El apodo ya se lo habían ganado unas semanas antes. La gira, a esa altura, ya había superado todas las expectativas. El equipo había dado sobradas muestras de capacidad, entrega y compañerismo. Pero la victoria por 11-6 ante los Junior Springboks, el 19 de junio de 1965 en un Ellis Park que rebasaba con 40.000 espectadores, es el acto fundacional de los Pumas.

Hoy se cumplen 50 años de su nacimiento. En Sudáfrica recibieron ese mote, que no es un aspecto menor, pero sí secundario respecto de lo que aquella primera gira por el exterior significó para el rugby argentino. Los 26 jugadores y los dos entrenadores que partieron llenos de incertidumbre hacia una aventura de dos meses por Sudáfrica regresaron como héroes, instalando a la Argentina en el mapa del rugby mundial y, más importante, encendiendo una llama que todavía arde en el pecho de cualquiera que se ponga la camiseta celeste y blanca a rayas "horizontales" (como no se cansan de repetir) con el yaguareté en pecho.

"Ahí nació el espíritu Puma, el fuego sagrado, que nunca más se apagó y perdura hasta hoy. Pusimos el rugby a otro nivel gracias a esa gira donde nos hicimos hombres y pesó el espíritu de los Pumas en serio. Ahí nace la garra de los Pumas."

La afirmación corresponde al Gato Ricardo Handley, uno de 17 de los 28 integrantes del plantel que respondieron a la convocatoria de LA NACION para conmemorar tal acontecimiento y se hicieron presentes en el SIC. Sólo faltaron los siete "que se fueron a jugar un seven al otro mundo", como le gusta decir al Flaco Guillermo Illia; Ángel Guastella, uno de los entrenadores, que vive en Tucumán, y dos que viven en el exterior: Ronaldo Foster (en Inglaterra) y Rodolfo Schmidt (en Alemania). Hasta estuvo el cordobés Raúl Loyola, que vive en Miami, y los tres rosarinos: José Luis Imhoff, Eduardo España y Juan Benzi.

Fueron 16 partidos en 44 días, con 11 victorias (más cuatro derrotas y un empate), ninguna tan importante como la de Johannesburgo ante el segundo equipo de Sudáfrica, entonces la mayor potencia del rugby. Un hecho sin precedente para el seleccionado argentino, que todavía no se llamaba Pumas y no había viajado más allá del continente para disputar el Campeonato Sudamericano.

"Fuimos con la intención de que conocieran al rugby argentino, pero tuvimos una repercusión que ni nosotros nos imaginábamos. Esa gira puso al rugby argentino en la consideración internacional", agrega Héctor Pochola Silva, que daba sus primeros pasos como Puma y ya insinuaba el gran capitán que sería más tarde. "A partir de ahí empezaron recíprocamente las invitaciones: en el 66 vino Oxford-Cambridge, después vinieron Gazelles, Gales, Escocia, Irlanda. y eso hizo que pudiéramos mostrar todo lo que habíamos hecho en la gira".

Imhoff va aún más allá: "Esa gira impactó en el quehacer de cada uno después de los Pumas. Muchos fuimos entrenadores de los Pumas, muchos fueron presidentes de sus clubes, otros entrenaron a muchos equipos. Y muchos transmitieron lo que habíamos aprendido: además de la secuela que deja al rugby argentino un equipo exitoso, está la secuela que deja en cada uno de los que se fanatizaron en serio con el rugby".

Algo que no se cansa de repetir este grupo con excesiva modestia es que ellos, a diferencia de otros seleccionados, tuvieron la suerte de estar en el momento y en el lugar indicados. "Hace más de 100 años todos fueron machacando los valores de la amistad, de la inteligencia, del respeto y del cariño hacia el compañero. Eso no se cortó. Nosotros lo fuimos transmitiendo en los clubes y así se mantuvieron esos principios", describe Arturo Rodríguez Jurado. "Danie Craven, el presidente de la unión sudafricana y de la IRB, decía: 'Ustedes son inteligentes y son amigos'. Eran los dos conceptos más imponentes que yo he oído decirle a alguien sobre un equipo. Y eso es lo que todos en los clubes debemos tratar de promover".

Junior Springboks, el segundo seleccionado sudafricano, había visitado el país en 1959, llevándose dos ajustadas victorias (14-6 y 20-6). Ello dio lugar a la invitación a la gira del 65. Ya desde el principio hubo aspectos que marcaron una diferencia con el pasado. "En las giras anteriores nos encontrábamos en el aeropuerto y nos íbamos. Con Sudáfrica nos agarró una locura, porque era ir a la cuna del rugby. Hicimos partidos de preselección, ese verano nos matamos entrenándonos. Ésa fue la gran diferencia y lo fundacional en el rugby argentino: nos entrenamos para ir a la batalla del fin del mundo".

Tampoco era usual que se conovocara a jugadores del interior. El hecho de que hubiera un hombre de La Plata como Silva ya era todo una novedad. Ni hablar de tres rosarinos y un cordobés. Era un viaje a lo desconocido. "Lo único que teníamos para declarar en la aduana era habilidad, velocidad y talento. No teníamos nada más. El más alto era Aitor Otaño [el gran capitán], que no llegaba al metro 90 y ellos eran granjeros que medían dos metros y los tres cuartos pesaban 95 kilos", recuerda el Palomo Adolfo Etchegaray.

El comienzo no fue alentador: dos derrotas en dos partidos. Pero a partir de allí todo cambió. "Llegamos allá y la verdad es que nunca habíamos jugado a ese nivel. Y nos cag... a palos los primeros partidos", confiesa Handley. "Entonces nos dijimos, '¿sabés qué?, se acabó la historia', y empezamos a jugar mano a mano. Y los empezamos a cag... a palo nosotros".

Cuatro victorias siguieron antes del partido con North Eastern Districts, en Aliwal North. Etchegaray retoma la palabra: "El título de los diarios al otro día fue 'Punches fly and Pumas win again'. Nos quisieron ganar de prepo los tipos. En el tercer tiempo, Van Heerden fue primero a los dirigentes y les dijo que ningún equipo iba a jugar más allí. Y después a los referís les dijo: 'Éste fue su último partido'. Y después vinieron los jugadores a disculparse uno por uno. Los equipos provinciales no eran hábiles, pero el apertura te la ponía arriba y la pelota bajaba con nieve; te ponías a mirarla y oías el ruido de los gordos de 100 kilos y dos metros que venían galopando".

Izak van Heerden fue una figura trascendental para aquella gira y, en consecuencia, para todo el rugby argentino. La unión sudafricana lo envió para asesorar a los argentinos. Llegó al país en abril y permaneció con el equipo durante toda la gira. Su concepción más integral del juego, contraria a la que predominaba en Sudáfrica, basada en el poderío de los forwards, encajó perfecto en los argentinos, inferiores en talla, pero más dúctiles. Además, se transformó en un integrante más del equipo. "En la gira se jugaron cuatro test matches. En Rhodesia hicimos cuatro tries.

Contra South West Africa, nueve tries. Con las Universidades del Sur en Cape Town, ante 25.000 personas, cinco tries. Y contra los Juniors Springboks, tres tries. Esto para resumir que era un equipo ofensivo, de juego de manos, atacante", resume Illia.Las ganas de jugar y la unión del grupo fueron otras de las claves del éxito. "Lo que tenía esto es que todos peleábamos por estar adentro de la cancha. Y el que estaba afuera tenía una cara de culo impresionante, pero era el hincha número uno", sintetiza Juan Coco Benzi. "Willie McCormick se sacó cuatro veces el hombro. ¡Y jugaba de pilar! Lo querían sacar de la cancha, pero se ponía el hombro y decía: 'Estoy bien, estoy bien'. Cuando salió se fue por el otro lado de la cancha para que los entrenadores no vieran cómo estaba".

Con la confianza de haber ganado nueve partidos (más un empate y tres derrotas) llegaron al Ellis Park. La victoria fue mucho más que la frutilla del postre. "Si no les ganábamos a los Junior Springboks hubiera sido una gira buena. Pero fue una hazaña", resume Etchegaray. Una hazaña de cuyos frutos todavía se nutre el seleccionado argentino.

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