RECUERDOS MUNDIALISTAS

La triste aventura africana en Alemania

Zaire participó de un solo Mundial en toda su historia y el recuerdo trae consigo detalles insólitos.

Foto: Archivo
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Zaire, un país del África ecuatorial que ahora se llama República Democrática del Congo, se convirtió en noticia internacional en 1974 por dos razones. Una fue la realización de la fabulosa pelea que Muhammad Ali le ganó a George Foreman para recuperar el título mundial de los pesos pesados. La otra fue la estrafalaria participación de su seleccionado en la Copa del Mundo de Alemania.

Era el primer equipo de la África subsahariana que disputaba un Mundial. A sus jugadores los apodaban “Los Leopardos” y en las eliminatorias mostraron gran poderío físico y buena técnica. Pero de Alemania regresaron con tres derrotas, ningún gol a favor y 14 goles en contra en tres partidos.

Debutaron contra Escocia, dejando una aceptable impresión pese a caer por 2 a 0. La catástrofe llegó en el segundo partido, que perdieron ante Yugoslavia por 9 a 0. Y se despidieron perdiendo 3-0 con Brasil, un resultado que festejaron por razones que se explicarán más adelante.

Vale la pena detenerse en el partido ante Yugoslavia, el 18 de junio de 1974. El ambiente en el plantel zaireño se había vuelto espeso: el dictador del país, Mobutu Sese Seko, había prometido un suculento premio por ir al Mundial, pero el dinero nunca llegó a manos de los futbolistas. Las sospechas se dirigieron contra los representantes de Mobutu en la delegación, un nutrido séquito de espías y curanderos.

Por ese motivo, los jugadores no querían presentarse a jugar el segundo encuentro, pero al final los convencieron y actuaron bajo protesta, por decirlo de alguna forma. A los 20 minutos ya perdían por 3 a 0. Entonces, uno de los delegados de Mobutu le exigió al técnico, Blagoje Vidinic (también yugoslavo, lo cual le originó críticas en Zaire) que reemplazara al arquero, Kazadi Mwamba. Su respuesta en los tres goles había sido casi nula, ni siquiera levantó los brazos en dos de los tres remates, pero llegaba con fama de ser el mejor de su continente en el puesto. En su lugar ingresó Tubilandu Ndimbi, que recibió otros seis goles.

La leyenda dice que Mobutu estalló en cólera por el resultado y les advirtió a los jugadores que si perdían por cuatro goles o más en el último partido, ante Brasil, mejor ni regresaran a casa.

Los brasileños tenían sus propios problemas: habían empatado sus dos primeros partidos en Alemania y debían ganar por tres goles para clasificarse.

Ganó Brasil por 3 a 0 y todos contentos. Los brasileños por seguir en carrera y los zaireños por seguir con vida. De aquel partido quedó otra anécdota: cuando los brasileños estaban por rematar un tiro libre cerca del área africana, el defensa Mwepu Ilunga salió de la barrera y le pegó un puntazo a la pelota para mandarla lejos. Durante años se tomó a risa la incidencia, creyéndola originada en el desconocimiento del reglamento, pero en tiempos recientes el propio protagonista lo aclaró durante una entrevista con la revista española Panenka. El pobre Ilunga quería irse del partido y terminar con todo, por lo que buscó que lo expulsaran. Pero solo le mostraron tarjeta amarilla. Ni esa le salió.

Al final, no ocurrió nada al regreso a Zaire, pero nunca más su equipo protagonizó una gran campaña. Mobutu se conformó con mandar traer de Alemania el ómnibus oficial del equipo, pintado con los colores verde y amarillo del país, y lo estacionó frente a su palacio. El dictador estaba ocupado en robar todo lo que pudiera de las arcas estatales: se calcula que en 1984 tenía 4.000 millones de dólares en bancos suizos. En 1996, finalmente, fue derrocado. Huyó a Marruecos, donde murió un año más tarde.

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