LA QUINTA TRIBUNA

Brazos en alto y sueños de libertad

El partido se convirtió en película y Messi era Tim Robbins en Sueños de libertad, cerrando los ojos, sintiendo el viento y la lluvia que lo mojaba aunque no estuviera allí, porque lo que caía sobre su cuerpo no era agua sino los pedidos de disculpas de 40 millones de personas que dudaron de él.

Lionel Messi y un festejo liberador. Foto: Reuters.
Lionel Messi y un festejo liberador. Foto: Reuters.

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El partido entre Nigeria y Argentina es lo más épico que se ha visto en lo que va de la Copa del Mundo y deja la vara muy alta para todo lo que venga a continuación. Y si alguien tuvo la suerte de verlo en simultáneo con el de Croacia e Islandia, mayor es el sentimiento de que la película dramática que terminó minutos antes de las 17 horas en San Petersburgo va a ser de lo más recordado en la copa.

A la hora del partido, el mundo se dividía en tres grupos: estaban los argentinos pidiendo un milagro de su selección, los hinchas de Lionel Messi que lo prefieren por encima de un equipo que no les genera simpatía y quienes deseaban que Nigeria les diera el baile de sus vidas.

Visual y emocionalmente nos sentimos como si nos pasara por encima un camión cisterna. Fuimos los messistas, los de Argentina y los del mundo, quienes comenzamos festejando. Messi recibió un pase de 50 metros de Ever Banega, remató con la pierna derecha, puso el 1 a 0 para la albiceleste y salió corriendo para arrojarse al pasto de rodillas, y levantó los brazos, y Maradona en la tribuna también levantó los brazos en el momento en que un haz de luz le daba en la cara y sus fieles se agolpaban contra el palco. De repente el partido se convirtió en una película y Messi era Tim Robbins en Sueños de libertad, cerrando los ojos, sintiendo el viento y la lluvia que lo mojaba aunque no estuviera allí, aunque no la viéramos, porque lo que le caía sobre el cuerpo no era agua sino los pedidos de disculpas eufóricos de 40 millones de personas que por cinco días dudaron de él.

Y entonces llegó el choque frontal contra el muro de ladrillos. Nigeria no inquietaba mucho cuando Mascherano cometió un penal de esos para los que fue creado el VAR. El árbitro lo cobró, Moses no falló y el mundo cambió de rumbo. Nigeria empataba, Islandia perdía con Croacia y Argentina se quedaba fuera del Mundial. La cara de Messi luego de ese tanto nos llevaba directo a las de cada derrota sufrida por la selección que capitanea y que lo hace pasar mal.

Los más messistas se lamentaban, los argentinos se agarraban la cabeza, el resto celebraba. Pero entonces pasó algo que no estaba en el libreto. Apareció el enemigo principal de esta película, de esta tormenta emocional en que se convirtió el partido. El árbitro Cüneyt Çakιr entró en acción, torció el destino de los nigerianos, y el de quienes mirábamos el partido.

El cabezazo de Marcos Rojo en su área le pegó en la mano. Es imposible que no se haya visto y no hay forma de que el árbitro explique por qué, incluso después de verlos dos veces en el VAR, decidió no cobrar el penal. Así como es inexplicable que Mascherano le haya paseado su ceja cortada por la cara durante media hora y no lo haya mandado fuera de la cancha para suturar la herida y cambiar su camiseta. La épica, esta vez, hizo que cambiáramos de bando. Nos hizo hinchas de Nigeria.

Hay mucho de hazaña, de picardía, de simbolismo y hasta se puede ver una pequeña victoria latinoamericanista en engañar a una potencia como Inglaterra, en hacerlos morder el polvo sorteando las reglas que ellos mismos crearon. Pero engañar a Nigeria es como pegarle una patada en la entrepierna a un niño.

Diego Maradona celebra el gol de Messi. Foto: AFP.
Diego Maradona celebra el gol de Messi. Foto: AFP.

Y ahí fue cuando todas las personas que estábamos viendo el encuentro tuvimos la certeza del final. Un gol argentino en los descuentos era el destino de este partido y decidimos aceptarlo, incluso los más incrédulos. Marcos Rojo, el cuasi villano Marcos Rojo, que cometió el penal y se salió con la suya, anotó el gol y comenzó a galopa, con Messi encima de él, rumbo al público argentino. Y los messistas nos olvidamos del árbitro y de la mano, porque allí estaba él, vivo y sonriente como un niño que se sale con la suya, un niño que tuvo una pequeña alegría luego de que le entregaron las notas bajas en la escuela.

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