LA QUINTA TRIBUNA

Una victoria pintada por Blanes y celebrada como un Figari

Edinson Cavani llora desde el banco de suplentes entreverado por unos brazos que lo sostienen, que le dicen gracias Edi, por los goles y por los cierres, por correr más que nadie y por hacer lo que siempre has hecho.

Godín y Suárez celebran la clasificación de Uruguay a cuartos de final. Foto: Nicolás Pereyra.
Godín y Suárez celebran la clasificación de Uruguay a cuartos de final. Foto: Nicolás Pereyra.

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Todavía nos tiemblan las manos. El corazón va más fuerte. La garganta está áspera. Uruguay está entre los mejores ocho del mundo. Otra vez. Una vez más. Y nosotros no sabemos muy bien qué decir. Porque qué difícil es expresar esto que es de todos, esta especie de felicidad que nos une y nos hace olvidar de las glorias y derrotas pasadas. Uruguay está entre los mejores ocho del mundo. Y está entre los mejores tras haber dejado afuera al campeón de Europa, tras haber dejado todo (y esto no es una metáfora, dejó todo, piernas, músculos, alma y corazón) marcando a uno de los mejores jugadores del mundo, tras haber sufrido hasta el último de los cuatro minutos que terminaron siendo siete, y que se hicieron los siete minutos más largos de todo el Mundial para los uruguayos.

Edinson Cavani llora desde el banco de suplentes entreverado por unos brazos que lo sostienen, que le dicen gracias Edi, por los goles y por los cierres, por correr más que nadie y por hacer lo que siempre has hecho. Luis Suárez grita, saluda a la tribuna, que alienta y grita sin parar, que canta que volveremos a ser campeones como la primera vez, Suárez festeja los goles de Cavani como si fuesen propios. Josema Giménez levanta los brazos, como si fuese un niño que mira hacia arriba solo porque está feliz. Diego Godín besa el escudo celeste, porque una vez más es la cabeza de un equipo que se entrega por entero. Martín Cáceres se levanta la camiseta, se seca la cara, sonríe, y todos lo aplauden, porque jugó como no había jugado en toda la copa.

Todo eso sucede en Sochi, que es como un cuadro de Blanes celeste y eufórico. Mientras tanto, el Centro de Montevideo es otra fiesta, igual que la de Rusia, pero acá. En este caso, un Figari con tamboriles y banderas. Aunque hoy todos estuvimos un poco allá, cerrándonos con Laxalt y con el pelado Cáceres. Hoy, todos los uruguayos marcamos a Cristiano Ronaldo, porque sabíamos que era el villano de la película de hoy, el que podía terminar con nuestro sueño y con nuestra ilusión. Una ilusión que con cada partido se transforma en certeza, en un juego de equipo que tiene a dos torres en la defensa, a cuatro guerreros en el mediocampo, dos elegantes y dos que marcan con la cabeza y a dos bestias adelante que es la mejor dupla del Mundial, porque se conocen, porque se buscan, porque se encuentran y cuando se encuentran, nos encontramos todos gritando un gol con toda la voz.

El último campeón del mundo está afuera. Lionel Messi y la Argentina que se ha puesto al hombro a pesar de las críticas, también. Recién vimos a un Cristiano Ronaldo que no pudo entrarle por ningún lado. Todo eso sucedió hoy. Y aunque todos soñamos con volver a ser campeones, hoy tres millones de voces le dijeron gracias a esos once jugadores y a su líder, el Maestro Óscar Washington Tabárez. El Maestro que, una vez más, recordó la patente de humildad que le puso a la Celeste: “hay que ganar sin estridencias”. Ahora vienen los franceses. Pero eso es otra historia. Mientras tanto, sigamos soñando. Gracias Uruguay.

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