RECUERDOS MUNDIALISTAS

Paolo Rossi: el fantasma de Sarriá

El delantero italiano dejó a una de las mejores selecciones de Brasil de la historia sin Copa del Mundo en 1982.

Foto: Archivo El País
Foto: Archivo El País

Sarriá es un barrio de Barcelona que durante siete décadas le dio nombre a un pequeño estadio, sede del Deportivo Español. En la década de 1990, agobiado por las deudas, el club vendió el escenario, que fue demolido. Se construyeron en su lugar viviendas y una plaza pública llamada Jardins del Camp de Sarrià, donde se colocó una placa en recuerdo del estadio. En ese lugar debería haber además un monumento en homenaje a uno de los mejores partidos de la historia de la Copa del Mundo, que tuvo lugar allí el 5 de julio de 1982.

Aquel día se despidió del título uno de los mejores seleccionados brasileños de todos los tiempos, incluso superior a alguno que sí fue campeón, según numerosas opiniones. Pero tuvo la desgracia de toparse con un Paolo Rossi en estado de gracia, que condujo a Italia a la victoria y luego al título.

El Mundial de España 82 fue el primero con 24 participantes, que se dividieron en seis grupos de cuatro. Los dos primeros de cada serie formaron luego cuatro grupos de tres, cuyos ganadores iban a las semifinales. A diferencia de lo que se acostumbra hoy, cada grupo tenía como sede un solo estadio. Sarriá resultó afortunado, porque allí cayeron Brasil, que venía mostrando un fútbol espectacular, con figuras como Zico, Sócrates, Falcao, Toninho Cerezo y Junior; Argentina, que no había empezado bien, pero era el campeón vigente y además presentaba a Maradona. Y también estaba Italia…

La Azzurra había llegado a España envuelta en mil polémicas y con un fútbol escaso. Todavía estaba fresco el escándalo que involucró a varios futbolistas en apuestas clandestinas y que entre otras repercusiones determinó dos años de suspensión para su goleador, Paolo Rossi. La sanción terminó un mes antes del Mundial, tras lo cual Rossi fue automáticamente reincorporado al seleccionado, como titular.

En la serie inicial, Italia se clasificó de manera insólita: empatando sus tres partidos y superando a Camerún por haber marcado un gol más. Sin embargo, al debutar en la segunda ronda, sorprendió a Argentina con su contragolpe y ganó por 2 a 1. Hasta entonces, Rossi no había aparecido.

A continuación, Brasil derrotó claramente a Argentina por 3 a 1. Ese resultado la daba una mejor diferencia de gol, por lo cual un empate ante Italia aseguraba su pasaje a la semifinal.

Esa tarde en Sarriá los verdeamarillos salieron con la confianza de siempre. Pero pronto se vieron en desventaja. Cabrini mandó un centro desde la izquierda y Rossi apareció por el segundo palo para cabecear a la red.

Brasil no desesperó y a los pocos minutos empató Sócrates. ¿El regreso a lo previsto? Diez minutos después, cuando salía jugando, Cerezo tuvo la mala idea de pasarla al medio y allí apareció Rossi para robarla entre tres rivales. Picó y al pisar el área remató para convertir el segundo italiano. Y así terminó el primer tiempo.

Para el complemento, Italia ajustó su famoso sistema defensivo. Brasil buscó con toques, gambetas, cambios de frente, pero le costaba entrar. Poco después de los 20 minutos, Falcao tomó la pelota, los marcadores italianos se pegaron a sus hombres y quedó un callejón, que el rubio volante aprovechó para rematar desde el borde del área: golazo y 2 a 2.

Parecía definitivo, pero Rossi tenía una bala más. Faltando 15 minutos, Italia ejecutó un corner. La defensa despejó a medias, Tardelli remató rodeado de rivales pero la pelota salió, débil, hacia el arco. En la línea del área chica estaba Paolo, desmarcado aunque no en offside como pidieron los brasileños. Le alcanzó con desviar un poco la trayectoria para convertir.

Aquel Brasil se sentía tan fuerte que descuidaba la defensa. Con Rossi eso resultó fatal: estaba siempre en el lugar exacto para aprovechar el error.

Ya no hubo tiempo para otro empate. Italia avanzó a la semifinal contra Polonia, que ganó con dos más de Rossi. La final fue ante Alemania Federal. Esa tarde Paolo abrió el camino con otra conquista, la sexta en tres partidos. Italia venció 3-1 y fue campeón.

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