RUSIA 2018

Los 11 millones de dólares que mantienen a Sampaoli en el cargo

Antes de una expulsión cantada, el presidente de la AFA y el entrenador juegan al Gran Hermano en la soledad rusa

Jorge Sampaoli como entrenador de Argentina. Foto: Reuters
Jorge Sampaoli como entrenador de Argentina. Foto: Reuters

El trazo que escribió el guión de la selección argentina en el Mundial se volvió incontrolable. Parece autónomo, como si la cantidad de historias inverosímiles que ya dibujó no alcanzaran para completar el sainete de la eliminación de Messi y sus compañeros. Lo que terminó con una cachetada francesa el sábado en Kazán no fue el final, solo activó un nuevo principio. Y entonces, el lugar donde hasta el sábado habitaron sueños de campeón se convirtió en una casa de Gran Hermano, con dos protagonistas encerrados en contra de sus propios deseos. El domingo pintó una escena curiosa: en medio del éxodo de la mayoría de los jugadores, Claudio "Chiqui" Tapia, presidente de la AFA, y Jorge Sampaoli permanecían allí, sin traspasar esas puertas hasta ayer fuertemente custodiadas. Se desconfían, juegan al ajedrez del futuro, especulan: uno quiere que el otro se vaya solo, el otro quiere que el primero le dé una oportunidad más. Y el reality show, cruzado por operaciones que amagan títulos catástrofe cada cinco minutos, continuará en esta locación al menos por un día más. Comparten el techo, pero ya no las ideas: en el Bronittsy Training Centre se cocina cómo será el día después de esta ilusión hecha pedazos.

"Imaginar que el presidente le haya pedido hoy a Sampaoli que dé un paso al costado es no conocer a 'Chiqui': nunca toma decisiones en caliente", reflexionaba ante La Nación una fuente cercana al presidente, mientras Croacia y Dinamarca marchaban rumbo a los penales en Nizhny Nóvgorod; el dato no era ajeno a la realidad argentina: si las cosas hubieran andado bien, la selección debió haber estado en ese lugar a esa misma hora, en vez de Croacia. Pero todo se desmadró, y ahora el deporte favorito en la AFA ya no es el fútbol, sino la previsible caza de brujas. El culpable, como siempre, es el otro.

A unos metros de Tapia, Sampaoli seguía el partido por televisión igual que antes había mirado con atención la eliminación de España, otro gigante, a manos del local. Entre los dos hubo un breve contacto a lo largo del abúlico domingo: fue cuando acordaron reunirse cuando vuelvan a Buenos Aires. Será allí, y no aquí, donde se desatará el nudo. "Está afuera", señalan al entrenador los allegados a Tapia. "Está esperando, pero no quiere irse", evalúan alrededor del DT. A esta altura, parece más una cuestión de formas que de fondo: la salida de Sampaoli asoma inevitable.

¿Por qué la demora en la resolución?

Porque una cláusula en el contrato entre Sampaoli y la AFA establece que quien quiera romper el vínculo ahora deberá pagarle a la otra parte el precio de la rescisión: 11 millones de dólares. La salida sin costo puede darse recién en un año, después de la Copa América de Brasil. Entonces, se impone la estrategia. Inmediatamente después del 4-3 en contra, el técnico expresó en la conferencia de prensa que no pensaba irse: "Está entero", lo definían en Kazán. Ayer, cuando las señales a su alrededor le mostraron cuáles eran las cartas de la AFA, esa sensación perdió fuerza. La jugada de Tapia es ir de a poco, hasta que el desgaste termine de esmerilar las pretensiones de Sampaoli. "No le faltó absolutamente nada a este cuerpo técnico, tuvo toda la infraestructura, recursos y logística que pidió. Pero desde el punto de vista futbolístico fue un fracaso. Y cuando se fracasa fracasamos todos por igual. Todos piden procesos a largo plazo, y esos procesos contemplan derrotas. La intención sigue siendo la misma, no va a haber una definición en lo inmediato", explicaban sus operadores.

Mientras esa telaraña invisible dominaba la atmósfera, las conecuencias de la eliminación eran mucho más concretas. Desde la mañana, cuando se fueron Messi, Mascherano e Higuaín, la lista de partidas de jugadores se fue extendiendo hasta que a la noche solo quedaban allí Biglia, Di María, Guzmán, Acuña, Tagliafico, Meza y Enzo Pérez. El resto de los habitantes eran el cuerpo técnico, dirigentes, empleados administrativos, médicos, utileros y cocineros. Todos ellos deberán esperar que llegue a buscarlos desde Buenos Aires el avión que recién el martes -se estima- los llevará de vuelta. Será un regreso muy lejos del deseado: no habrá Obelisco ni Plaza de Mayo abarrotados que los esperen, solo la indiferencia popular después del desencanto de haber salido de escena tan pronto.

Algo de ese desinterés se advertía ayer en los alrededores de la concentración. Desde la gigantografía del edificio principal, Messi miraba la nada: apenas dos luces encendidas se veían en el segundo piso, donde están las habitaciones; adentro, empleados del lugar desarmaban la sala de juegos, ya ausente de risas infantiles, y mandaba la desolación en la terraza en la que antes sonaba jazz. La alegría estaba al otro lado del lago Belskoe: algunos hinchas paseaban por la orilla con bufandas y banderas del país, símbolos del triunfo que acababan de consumar ante un excampeón del mundo. Pero a la caída de España le faltó un testigo presencial: la esperanza argentina ya no estaba en Rusia para verla.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)