La quinta tribuna

Messi no aprende

Messi vino al mundo a cumplir su destino, vino programado con poderes sobrehumanos, no para mirar para el costado. No mira porque los que estamos al lado somos eso, humanos. No mira porque si mira ve que no existe chance de esquivar a cuatro y hacer que la pelota entre.

La Quinta Tribuna.
La Quinta Tribuna.

Lionel Messi se fue a Barcelona cuando tenía apenas 13 años y lleva más de la mitad de su vida viviendo entre catalanes que -aunque protesten- hablan el español de Cristóbal Colón y del rey Juan Carlos. Él aprendió catalán (muchos lo recordamos hablándolo mientras arrastraba la lengua por las copas de más y la alegría en aquel del Barca campeón de 2009) pero sigue hablando el español como si nada hubiera pasado. Como si Rosario siempre estuviera cerca.

Messi no tiene acento. No se confunde. Nunca dice en las entrevistas palabras usadas en España que en el Río de la Plata nos hacen reír como hienas adolescentes.

Cuando Messi era un niño pequeño, era muy pequeño. No debe quedar ser humano en el mundo, salvo que viva al Norte de América, que no conozca la historia de que Messi necesitaba inyecciones para crecer y dejar salir su talento. Que no sepa que en su tierra, que en su Newells amado y en el poco tiempo que estuvo en River, nadie pudo -o nadie quiso- pagar por esos medicamentos. No queda nadie que no haya escuchado la historia en la que su familia cruzó el océano con un Messi pequeño, demasiado pequeño, y un sueño.

Nadie puede decir que Messi la tuvo fácil. Que no vio en esa falta de plata para inyecciones, el final, la muerte de sus sueños. Que no pensó que todo lo que había soñado para él y su familia se le escapaba de las manos. Se le escapaba por algo tan obvio como la plata, tan obvio y a la vez tan ajeno. Todo eso pasó, le pasó.

Messi vivió ese momento que separa a los grandes de los que somos parte del resto. Eso que años después, cuando enfrentás el fracaso te recuerda que es solo un momento. Algo que tenes que pasar de largo para seguir subiendo.

Foto: Reuters.
Lionel Messi en el partido frente a Islandia. Foto: Reuters.

“Messi es humano, hay que estar con él”, dice Jorge Sampaoli en la conferencia de prensa y parece que supiera que mientras él caminó desde el vestuario hasta la sala de prensa, los memes no pararon de ganar las redes. Messi es humano, o al menos parece.

Messi fracasa. A veces, muy pocas veces, las cosas le salen mal como al resto de nosotros. Pero Messi no aprende.

No porque sea soberbio. No. Es que Messi vino al mundo a cumplir su destino, vino programado con poderes sobrehumanos, no para mirar para el costado. No mira porque los que estamos al lado somos eso, humanos. No mira porque si mira ve que no existe chance de esquivar a cuatro y hacer que la pelota entre. No mira porque si mira ve el miedo en la cara de todos nosotros, los humanos.

Por eso Messi fracasa y parece que se hunde. Erra un penal y no se acuerda de que antes hubo otros iguales. Erra un penal y no piensa que erró otros, que después de varios de esos igual levantó la copa (con el Barcelona, no con Argentina, es cierto).

"Me siento responsable por no habernos llevado los tres puntos. Haber convertido el penal nos hubiera dado tranquilidad. Estaba muerto después del penal. Pero, ahora, esto nos tiene que hacer más fuertes", dice Messi después del penal. Dice que quedó muerto. Y uno no puede evitar pensar, Lionel tenés 30 años, no es la primera vez que te pasa esto. Levantáte ahora, no el partido que viene. Levantáte y dalo vuelta.

Pero no es que Messi no fracase. Messi fracasa. Messi le erra. Es que no aprende. Y no aprende porque si lo hace tiene que aprender como aprendemos los del resto. Aprender que hay cosas que son posibles y otras que no son. Aprender que hay una ley de gravedad. Aprender que cinco contra uno es un suicidio, con éxito. Aprender como hacemos los humanos. Por eso él no aprende. Porque si aprende, Messi tiene miedo.

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