La Quinta Tribuna

Gloria francesa bajo la lluvia de Moscú

Francia sabía que iba a ser campeón y ejecutó un plan para hacer dudar hasta el final. Y en el segundo tiempo llegó el momento en que el ejército de androides con inteligencia desarrollada para un deporte en el que esconder las cartas es tan difícil, reveló que estaban capacitados para aplastar.

Francia es campeón de la Copa del Mundo. Foto: Reuters
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La sensación era la de que era un partido parejo, pero nunca fue así.
Francia pasó todo el Mundial haciéndole creer a los espectadores que no era un rival tan complicado, que ganaba con lo justo, que todos le podían hacer partido. Y todos caímos en la trampa.

Australia le hizo partido. Perú le costó un Perú. Con Dinamarca jugaron sin ganas. La peor Argentina de los últimos tiempos le metió tres goles. Uruguay se fue con la sensación de que le faltó un poquito. Bélgica quedó afuera entre puteadas por haber supuestamente dominado un partido contra los “antifútbol”. Todos fueron engañados por un elenco de deportistas/actores que los hacían creer que podían, que estaban al borde de la hazaña, y en el momento clave remataban a un rival que se retiraba mangiando bronca.

Croacia lo creyó. Todos creímos que ese gol de Perisic arrancaba la remontada, que iniciaba una historia épica ante un equipo que estaba contra las cuerdas. Pero Francia llegó a Rusia sabiendo que iba a ser campeón del mundo y ejecutó un plan perfecto que consistió en hacer dudar a todo el planeta hasta el final. Y en el segundo tiempo llegó el plot twist de esta serie que se transmite en vivo, el momento en que el ejército de androides azules con inteligencia artificial desarrollada para un deporte en el que esconder las cartas es tan difícil, revelaron que estaban capacitados para aplastar a cualquiera.

Antoine Griezmann. Foto: AFP
Antoine Griezmann. Foto: AFP

Lloris fue el líder que encabezó la victoria. Umtiti y Varane aseguraban que nada fuera puesto en riesgo, Pogba y Kanté fueron los secundarios claves, esos personajes silenciosos que crecen poco a poco mientras se desarrolla la actuación hasta que revelan su importancia para la trama. Y los aplausos fueron para Griezmann y Mbappé, la pareja protagónica que se hizo cargo de brillar en cada momento importante de esta Copa del Mundo.

Pero, como en toda película, el director fue importantísimo. Didier Deschamps era el hombre que había conocido la gloria en su juventud y cuyo valor fue olvidado luego de la derrota de la Eurocopa 2016. El tipo que estuvo “en la mala”, que fue criticado por perder una final increíble y por ser tan defensivo a pesar de tener a los jugadores que tenía. Deschamps fue el encargado de dirigir un show que arrancó tímidamente, sin prometer mucho en un principio, pero destacándose poco a poco hasta que en un momento no podíamos creer que su Francia, esa que en teoría no era la que le pasó por arriba a Brasil en 1998, repetía una paliza en una final del mundo.

Francia es el campeón de un Mundial que desde el principio prometió sorpresas, demostró que ningún grupo tenía favoritos y que cualquier selección tenía algo para llegar lejos. Francia es el campeón de la mano de todos, pero sobre todo de la mano de Antoine Griezmann, o al menos con esos ojos lo miramos nosotros. Porque ese hombre de un metro setenta y seis que corre como ninguno, que es el mejor armador del mundo, al que le costó demostrar que él podía, el amigo de los uruguayos, el que lleva al termo y al mate como marca registrada, el que escucha cumbia en los entrenamientos, el que no festejó el gol contra Uruguay, como nosotros, como Josema Gimenez, se tapó la cara con su camiseta y lloró, con el llanto que solo entiende quien acaba de hacerse inmortal.

Didier Deschamps. Foto: Reuters
Didier Deschamps. Foto: Reuters

Puede sonar contradictorio que en el mundial de lo inesperado y lo imprevisible, Francia sea el gran ganador. Sin embargo, frente a los franceses estuvieron los croatas, los europeos más sudamericanos de Europa, los que jugaron tres alargues y definieron dos partidos por penales, los que no daban ningún partido por perdido, los que jugaban con más corazón que piernas; la mejor versión europea de nosotros, los
uruguayos: un país de cuatro millones y unos pocos más de habitantes que se agrandó frente a la adversidad de los gigantes que lo rodean.

Se terminó el mundial. Pasó más rápido de lo que pensamos. Nos preparamos, lo esperamos, pegamos figuritas, escribimos, especulamos, analizamos, nos emocionamos, nos enojamos, nos frustramos, gritamos los goles y nos abrazamos más que nunca. Nos pintamos la cara, saltamos, hicimos un asado, colgamos la bandera, elegimos a un nuevo candidato cuando Uruguay quedó eliminado. Se terminó el Mundial. Y todo termina bajo un cielo ruso que se cae mientras los jugadores de Francia hacen un pasillo para que los croatas vayan a buscar sus medallas, con la presidenta de Croacia abrazando a sus jugadores como si fuesen sus hijos, con los franceses cantando y bailando y gritando, como si fuesen niños que juegan bajo la lluvia, que son campeones del mundo.

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