LA QUINTA TRIBUNA

Cristiano Ronaldo: nuestro mejor enemigo

Si Star Wars fuera un partido de fútbol, Cristiano Ronaldo sería Darth Vader. Una presencia inmensa a la que es imposible esquivarle la mirada, que nos provoca miedo y que al mismo tiempo que deseamos que le vaya mal, queremos que se quede un rato más en la pantalla.

Cristiano Ronaldo es el mejor enemigo que nos puede tocar. Foto: Efe.
Cristiano Ronaldo es el mejor enemigo que nos puede tocar. Foto: Efe.

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En un rincón de Madeira ya se están preparando los rituales para seguir a la selección de Portugal. Como ocurre en Uruguay con el asado, los aficionados de la isla se van a reunir para ver el partido de mañana comiendo bifana (una especie de chivito de carne de cerdo al pan), pesticos (una picada que puede tener chorizo, papas fritas, frijoles y hasta frutos secos) y caracoles de mar, mientras enfrían la cerveza para enfrentar el calor del verano europeo. Y allí, en ese lugar, una isla montañosa en medio del Océano Atlántico a unos 860 kilómetros de Lisboa, estarán todos reunidos para ver a “su Dios”.

Nunca un futbolista representó tan bien lo que un uruguayo detesta en un ser humano como Cristiano Ronaldo. No una persona nacida en Uruguay, sino un hijo directo de la idiosincrasia uruguaya. La fama que nos hemos hecho de humildes y solidarios quizás sea una mentira para atraer turistas ingenuos, pero el odio por lo que entendemos como una personalidad “agrandada” y soberbia es tan real como el partido que se va a disputar mañana en Sochi.

"Yo creo que por ser guapo, rico y un gran jugador las personas me tienen envidia". En esa frase dicha en 2011 luego de una victoria del Real Madrid al Dínamo de Zagreb por la Champions League, Ronaldo dejó patente que el día en que Uruguay lo tuviera que enfrentar, habría mucho más que un partido de fútbol en juego. Sería una batalla cultural.

Cristiano Ronaldo es engreído, soberbio, narcisista, se ha salvado de varias sanciones de oficio por conductas antideportivas solo por ser quien es, y los uruguayos odiamos todo lo que representa. También es un atleta de élite, un talento de los que se han visto pocos en la historia del fútbol, un ejemplo de superación y de esforzarse al máximo para cumplir los objetivos que un ser humano puede anhelar por años. Y también lo odiamos por eso. Lo odiamos tanto que lo admiramos.

El delantero portugués nació hace 33 años en Madeira. Y aunque esa isla sea un lugar turístico con lugares impresionantes para visitar, Madeira es conocida por Ronaldo. Hasta se puede arriesgar que Madeira es Ronaldo.

El aeropuerto local, uno de los más riesgosos de Europa para aterrizar ya que la pista termina en el agua, lleva su nombre desde principios de 2017. Cristiano es, y se siente tan grande, que los aviones aterrizan sobre él y si le dejan de prestar atención por un segundo, se hunden. En la terminal hay un busto con su cara. Pero no es el primero, ya que uno ─que era bastante feo─ tuvo que ser reemplazado por otro más parecido a él y de mejor estética.

Nos cae tan mal Cristiano que preferimos ver sonreír a un argentino, y en cada duelo entre Barcelona y Real Madrid ─incluso antes de que Suárez llegara al equipo blaugrana─, la mayoría de los hinchas uruguayos queríamos que Messi se saliera con la suya. La imagen de un CR7 en plena carrera de festejo de gol, sus gestos de “acá estoy yo”, su cara de “saben que no pueden vivir sin mí”, el grito luego de saltar, girar y caer al suelo, nos hacen enfurecer cada vez que lo vemos, hasta en los partidos de Play Station. Y no podemos parar de mirarlo.

Cristiano Ronaldo en el partido de Portugal. Foto: AFP
Cristiano Ronaldo en el partido de Portugal. Foto: AFP

Si Star Wars fuera un partido de fútbol, Cristiano Ronaldo sería Darth Vader. Una presencia inmensa a la que es imposible esquivarle la mirada, que nos provoca miedo y que al mismo tiempo que deseamos que le vaya mal, queremos que se quede un rato más en la pantalla. Es el mejor enemigo que el fútbol nos pudo dar.

A pesar de que se trata de la primera generación que les dio un título para festejar, el público portugués no está conforme con el equipo y no está seguro de poder ganarle a Uruguay. Los lusos ven nuestra defensa muy sólida y desconfían de su ataque si CR7 no está inspirado. Pese a ser los últimos campeones de Europa, los planteos del DT Fernando Santos no enamoran a los hinchas. Los portugueses también se lamentan de no haber anotado un gol más a Irán, lo que hoy los habría dejado del lado ─en teoría─ más débil del cuadro final, enfrentándose a Rusia en octavos de final y a Croacia o Dinamarca en cuartos. Pero creen en Cristiano. Y esa presencia nos empequeñece y nos molesta a los uruguayos.

Porque lo que más nos enfurece de todo lo que es Cristiano Ronaldo es que tiene razón. Es el mejor atleta que el fútbol ha dado en toda la historia y cada vez que pensamos que se agotó su carrera, vuelve a superarse, vuelve a superarnos. Es mentira que “el verdadero Ronaldo” era el brasileño. Este Ronaldo, esta máquina de pulverizar récords, de levantar copas y de facturar millones de dólares con cada amarilla que recibe por sacarse la camiseta, llegó desde Madeira para quedarse con todas nuestras miradas, tomar todo nuestro odio con una mano y tirarlo al suelo con cara de “¿y a mí qué me importa?”.

Por eso lo odiamos. Por eso lo amamos. Por eso sabemos que es un verdadero peligro y no podemos tolerar la idea de que nos elimine y que el mundo entero lo vea mostrando sus abdominales con camisetas celestes de fondo, ante una tribuna repleta de uruguayos. Por eso hay que ganarle.

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