RUSIA 2018

La convivencia: choque de dos culturas

Pablo y Nicolás se alojaron en casas de rusos para conocer la cultura anfitriona

Uruguayos en Rusia
Uruguayos en Rusia

No querían ser un turista clásico en el Mundial. Su motivación trascendía el ser espectadores del show futbolístico. Su real intención era observar la cultura del país anfitrión bien de al lado, y a Nicolás Silva (24) se le ocurrió que la mejor forma de profundizar en ese conocimiento era alojarse en casas de rusos. Le propuso a su amigo Pablo Balbuena (30) usar la modalidad couchsurfing para la estadía, y la convivencia con tres familias les tiró por tierra los prejuicios que traían.

Pablo y Nicolás son uruguayos pero viven en Irlanda hace dos y cinco años, respectivamente. Trabajan en empresas de tecnología e informática, y en Dublín les habían advertido que tuvieran cuidado con los rusos “porque son un poco locos”. Estaban atemorizados por el trato que podían llegar a recibir, sobre todo porque Uruguay era un rival directo, y no sabían cuál podía ser su reacción.

Se encontraron con un panorama totalmente opuesto. El trato fue tan cordial y amable que los uruguayos se pintaron la cara con la bandera de Rusia para ver el partido entre los anfitriones y Egipto. Y gritaron los tres goles con Anton y Marina, la pareja de 31 años que los alojó en Rostov, y otros dos matrimonios amigos. Esa tardecita sacaron el parrillero a la vereda y cocinaron carne, cerdo y pollo con carbón en vez de leña.

La primera en alojarlos en su casa fue Daria. Ella tiene 22 años, vive con sus padres, su hermana menor y su abuela en un pequeño apartamento ubicado en un barrio modesto de Ekaterimburgo. No sobraba espacio pero sí hospitalidad: los padres, que no hablaban una palabra de inglés, cedieron su habitación y durmieron en el sofá para que Pablo y Nicolás estuvieran cómodos.

Daria les preparó el desayuno todas las mañanas y quiso que probaran un té con hierbas y especias que se plantan en la huerta familiar. Los llevó hasta la puerta del estadio de Ekaterimburgo, pero no entró porque las entradas están muy caras para los rusos. Les preguntó por Natalia Oreiro y les contó que había visto Muñeca Brava.

Los invitó a la casa de campo con su grupo de amigos y la experiencia fue “random”, según Pablo. Había dos o tres chicas que no sabían inglés así que se hicieron entender con señas. Pablo y Nicolás usaron el sauna y luego se enteraron que se llama “banya” en ruso y es una especie de baño típico.

El padre de Daria tenía curiosidad por probar el mate. Tomó uno y al parecer le gustó porque les pidió cuatro más.

Con Daria aprendieron que en Rusia es mala educación no sacarse los zapatos para entrar a una casa. Y les confesó antes de despedirse que varios los miraban con asombro porque estaban en un estado de alegría constante, y en Rusia “la gente no es muy risueña”.

El viaje a Rostov fue agotador porque no pudieron pegar un ojo en toda la noche. Pero tuvieron suerte: Anton y Marina los fueron a buscar al aeropuerto, y lo llevaron directo a su apartamento para que pudieran descansar.

Al entrar se asustaron un poco porque el espacio era muy acotado: un living comedor pequeño, una cocina y un baño. Y encima tenían un perro. La pareja de rusos se acomodó en el sofá e inflaron un colchón en la cocina para Pablo y Nicolás. Durmieron súper cómodos.

Esa misma noche salieron a cenar y les presentaron a dos matrimonios amigos. Entre los seis los bautizaron Paya y Nicolai, porque así es la traducción de sus nombres en ruso. Pero el hijo de dos de ellos, Sergei y Shapetova, que tiene cuatro años, prefirió llamarlos “los turistas”.

Los padres de ese niño se comprometieron a recorrer la ciudad con ellos y cumplieron. Los pasaron a buscar al día siguiente, los llevaron a probar comida típica y a visitar el Rostov Arena. “Nos explicaron que el estadio se hizo todo a nuevo, las calles también, y que si no hubiese sido por el Mundial no se hacía”, contó Pablo.

En Rostov hizo más de 30 grados así que Anton y Marina llevaron a los uruguayos a un club con piscina. Esa tarde hablaron un montón y compartieron cuentos íntimos que no hubieran salido en una charla callejera.

Anton les contó parte de su historia familiar: su hermano trabaja en el ejército, su padre fue militar y su hermano más chico también lo es. Entonces Pablo quiso saber qué había pasado para que él se convirtiera en bar tender. Le contó que estaba cansado de tanto militar, que fue a un bar a buscar trabajo, se metió en el rubro y hoy es uno de los más importantes de Rostov.

Uruguay no jugó en Volvogrado pero Pablo y Nicolás son fanáticos de la historia y no querían perderse ese destino donde los nazis fueron derrotados por primera vez. Se hospedaron en la casa de un chico que hablaba más portugués que inglés y fue su guía turístico durante dos días. Incluso les tradujo la información de los museos porque ponen todo en ruso. “Fue muy amable pero no nos sentimos tan cómodos como con las otras familias”, se sinceró Pablo. Decidieron irse y alquilar por Airbnb. Al llegar al apartamento recuperaron “la libertad: el couchsurfing te ata un poco a la persona que te aloja”.

El 5 de julio retornan a Dublín y en este último tramo del viaje abandonaron el couchsurfing para ser turistas normales: “Estábamos en Rusia y a veces nos sentíamos en la casa de nuestros padres”. Y agrega, “la experiencia estuvo increíble porque nos permitió conocer en profundidad a los rusos, su rutina diaria, cómo tratan a las personas y qué piensan de los extranjeros”.

Almuerzo: platos típicos

Uruguayos en Rusia
Uruguayos en Rusia

Daria llevó a los charrúas a degustar comida giorgiana. Probaron dumplings: una especie de raviol relleno de carne. Si bien con el couchsurfing no se paga estadía, cuentan que a veces gastan más porque invitan la comida.

Confraternizar: el fútbol como aliado

Uruguayos en Rusia
Uruguayos en Rusia

Esta es la foto más representativa de todo el viaje. Si bien llegaron con una cantidad de prejuicios respecto a los rusos, las actitudes amigables de los anfitriones hicieron que esos preconceptos se cayeran. Pablo y Nicolás hincharon por Rusia en el partido contra Egipto y se pintaron la cara con la bandera. Lo vieron con Anton, Marina, y amigos suyos, y comieron carne a la parrilla.

Hasta la final: uruguayas mundialistas

Uruguayos en Rusia
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Conocieron a Sergei y Shepetova la noche que llegaron a Rostov. Ellos eran una pareja amiga de quienes los alojaban en la ciudad donde Uruguay se enfrentó a Arabia Saudita, y se comprometieron a llevarlos a pasear y conocer el destino. “Estaban felices de poder pasar tiempo con nosotros, de hospedarnos de conocer una cultura tan diferente como la uruguaya”, dice Pablo.

Amistades: día de campo

Uruguayos en Rusia
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La joven los invitó a su casa de campo en las afueras de Ekaterimburgo junto a sus amigos. Había una huerta y un sauna “manual, no como los que hay en un spa. Tuvieron que hacer un fuego y colocarlo en un recipiente dentro de una salita para prenderlo”.

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