FUERA DE SERIE

Primo Carnera, el gigante italiano que la mafia llevó a campeón

Empezó como atracción de circo y terminó interpretando a Frankenstein en la televisión: pese a todo, era solo un fortachón ingenuo

Primo Carnera, el gigante italiano que la mafia llevó a campeón
Primo Carnera, el gigante italiano que la mafia llevó a campeón

El cine está lleno de historias que parecen de fábula, pero no hacen otra cosa que replicar la realidad, o al menos se inspiran en ella. En Más dura será la caída, un manager inescrupuloso lleva al Toro Moreno, un pugilista argentino de gran estatura, escasa calidad y pocas luces, a pelear por el título mundial. Para eso soborna rivales y le paga a un periodista, interpretado por Humphrey Bogart, para que lo promueva. El pobre Toro pierde al fin por paliza y el castillo de naipes se derrumba.

En el momento del estreno, 1956, todo el mundo pensó que la trama estaba inspirada en la vida del italiano Primo Carnera. Pero hubo una diferencia: aunque fugazmente, Carnera llegó a campeón mundial.

La leyenda, que muchas veces exagera, dice que pesó ocho kilos al nacer en 1906. Fue un anticipo de su desmesurado desarrollo. A los 18 años llegó a los dos metros de altura, con 2,16 de envergadura, 125 kilos de peso y calzaba 55. En ese momento, la estatura promedio en Italia era 1,66... Algunos conjeturan que padecía algún trastorno del crecimiento, como acromegalia, aunque en sus tiempos su caso representaba motivo más de curiosidad que de estudios científicos.

Cuando se hizo un nombre en el boxeo, resultó habitual que la prensa le endilgara motes infamantes, como “la montaña errante”, “el mamut”, “el monstruo feroz de Italia” o “el hombre-pavor”. O que se dijera, sin demasiadas pruebas, que lo que tenía de físico le faltaba de intelecto. En realidad, se asegura que era un grandote ingenuo, de quien se aprovecharon muchos. El apodo que terminó de hacerle justicia fue Il Gigante Buono.

Nació en una familia muy pobre del pueblo de Sequals, cerca de Udine, y más cuando el padre tuvo que ir a pelear en la Primera Guerra Mundial. Primo y su único hermano debieron dejar la escuela y salir a mendigar por la calle para llevar un poco de alimento a su hogar. Después lo emplearon en una carpintería.

Como si fuera una película del neorrealismo italiano, las escenas patéticas fueron desfilando. Su madre ya no podía sostenerlo y lo envió a la casa de unos tíos en Le Mans, Francia. Allí, el tamaño del chico impresionó a un empresario de circo, que lo contrató como una de sus atracciones: desafiaba a luchar a cualquiera, con una recompensa para quien lo derrotara, lo cual nunca ocurría.

Un día, un viejo profesor de boxeo, Paul Journée, pensó que Carnera podía convertirse en un poderoso pugilista. Le dio algunas lecciones y lo puso en manos de un manager francés, Leon See, que lo condujo a pelear en varios países de Europa, siempre con éxito, aunque su técnica de combate era rudimentaria.

A comienzos de la década de 1930, Estados Unidos era la meca del boxeo. Fue natural que lo llevaran a combatir allá. Se piensa que la mafia vio en él un filón, acaso porque era un compatriota italiano, y arregló sus peleas para que obtuviera fáciles y contundentes victorias. No está claro cuánto sabía él sobre esas ayudas. La mayor parte de sus bolsas iban a los bolsillos de See.

Su fama trascendió por supuesto en Italia, cuando Benito Mussolini gobernaba con puño de hierro y soñaba con regresar a los tiempos del imperio romano. Así, Carnera se convirtió en un instrumento para la propaganda a través del Ministero della Cultura Popolare. La orden a los medios fue destacar las virtudes de la “raza itálica”. Lo irónico es que el modelo de italiano presentado era una persona que por sus características físicas poco tiempo antes había sido mostrado por esa misma prensa como “una extravagancia de la naturaleza”.

Cuando a fines de 1930 le tocó enfrentarse a un rival de mayor categoría, Jim Maloney, sufrió en cambio una dura derrota. Eso lo llevó a regresar a Europa, donde el nivel de los contendientes era menor, mientras trataba de pulir un poco su técnica.

Cuando inició su segunda etapa en Estados Unidos, en efecto, su estilo ya no era tan rústico. Sin embargo, su espíritu sufrió un golpe en 1933. Tras vencer al campeón del ejército estadouniense Ernie Schaaf, este falleció por los golpes. La prensa lo pasó a llamar “el gigante asesino”, aunque más tarde se supo que el motivo principal de la tragedia fue que Schaaf no se había recuperado de una paliza anterior. Esa muerte pesó siempre en la conciencia de Carnera.

Ya era el principal desafiante del campeón mundial, Jack Sharkey. El combate se realizó el 29 de junio de 1933 en Long Island y Carnera, esta vez sin ayuda de la mafia, ganó por nocaut en el sexto round.

El 22 de octubre de 1933 defendió su corona en Italia: 60.000 personas concurrieron a la Piazza di Siena en Roma para verlo derrotar al español Paulino Uzcudun. En marzo de 1934 retuvo el título por tercera vez al vencer a Tommy Loughran en Miami.

Pero el 14 de junio siguiente perdió el título ante Max Baer en Long Island. Ocurrió en el undécimo round de una pelea de tono callejero, en la cual los dos rivales cayeron varias veces.

No abandonó los rings, pero su carrera ya declinaba. Tuvo tiempo para una gira sudamericana, que lo trajo hasta Montevideo a comienzos de 1935. Se presentó en el Estadio Nacional, el primer estadio techado de la ciudad, ubicado donde hoy se encuentra el edificio de la Administración Nacional de Puertos.

En junio de 1935, Carnera intentó volver a la cima frente a Joe Louis, pero este era un formidable campeón, que lo liquidó rápido. El Ministero della Cultura Popolare ordenó a los diarios no publicar las fotos de la pelea, pues aparecía caído frente a un rival negro... La propaganda fascista lo dejó de lado, aunque el apoyo anterior le costó caro entre muchos de sus compatriotas después de la guerra. Por eso se radicó en Estados Unidos.

Al tiempo le diagnosticaron diabetes y le extirparon un riñón. El boxeo se había terminado para él. Dejó atrás 87 victorias, 69 de ellas por KO; 14 derrotas y una pelea sin decisión.

A cambio, probó suerte en la lucha libre y llegó a campeón mundial. También atrajo la atención de Hollywood, que lo contrató para hacer de gigante en películas de bajo presupuesto. Hasta interpretó al monstruo de Frankenstein para un programa de la incipiente televisión, del cual no quedan registros porque se emitía en vivo.

Ya estaba casado con Pina Kovacic, una muchacha de origen yugoslavo, que le dio dos hijos. Se estableció en Los Ángeles y abrió una licorería. El alcohol, que lo acompañaba desde hacía tiempo, le costó una cirrosis hepática.

Cuando supo que le quedaba poco de vida, quiso volver de apuro al solar natal de Sequals. Allí falleció el 29 de junio de 1967, justo 34 años después de su triunfo por el título mundial. Fue sepultado en su pueblo, donde nunca dejó de ser un héroe. El resto de Italia ya lo había perdonado.

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