Historias

De patinador profesional a gerente de un crucero

La historia del argentino Gustavo Rascovsky, que patinó de los 17 hasta los 41 años tiene muchos puntos en común con la de un futbolista

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Expatinador. Gustavo Rascovsky en el "Seaview" de la compañía MSC. Foto: gentileza Caras Argentina.

"Nací en Buenos Aires, en capital federal. Soy de Villa Crespo”, dice orgulloso Gustavo Rascovsky, a quien nadie daría por argentino debido a su aspecto europeo y su acento mezcla de los cinco idiomas que domina. La charla se lleva a cabo en uno de los salones del crucero “Seaview”, de la compañía MSC y con la hermosa vista de la bahía de Guanabara detrás.

“Empecé a patinar siendo un niño porque tenía un problema de conducta. No aceptaba la separación de mi padres, que sucedió cuando yo tenía seis años. Entonces para que me portara bien, mi madre me prometía llevarme a la piscina del club Villa Crespo, que quedaba a dos cuadras de casa. Si me iba bien en la escuela, en verano tenía el club. Y allí vi por primera vez gente patinar, y quise hacer lo mismo. No tenía patines, entonces mi prima me prestó unos extensibles, color naranja. Y me encantó. Fue como si toda aquella frustración que sentía por las cosas que no entendía, se me iba con los golpes. Llegaba lleno de moretones a casa, con la ceja rota o la muñeca doblada, pero estaba tranquilo. Y tenía otra energía”, cuenta el hoy gerente de eventos del “Seaview”.

“Mi madre pensó que iba a ser algo momentáneo, pero me empezó a gustar cada vez más. A los diez años empecé a competir y llegó el día en que pude comprar mis primeros patines profesionales. Y me dediqué al patinaje sobre ruedas, en campeonatos nacionales y metropolitanos. Fue una experiencia increíble y todo me lo dio el club Villa Crespo”.

A los doce años fue al Luna Park a ver “Holiday on Ice”. Y se dio cuenta que quería estar ahí. Fue un camino largo, porque su familia era muy modesta y patinar en el hielo era caro. Encontró en Buenos Aires varias pistas y comenzó a patinar al mismo tiempo en hielo. Aunque son técnicas muy diferentes. Cuando tenía 17 años se preparó para presentarse en las audiciones que tomaba “Holiday on Ice” que llegaba cada diciembre a Buenos Aires.

“Sabía que se presentaban muy buenos patinadores argentinos y me di cuenta que tenía que hacer algo diferente. Y me preparé en pareja con Alejandra Sampedro. La audición fue muy buena, pero me dijeron que no había lugar para llevarme porque estaban completos. Fue una desilusión muy grande para mí, pero mi familia y mis amigos se quedaron más tranquilos porque no me iba”.

EUROPA. Pero un tiempo después, una tarde en que estaba en el cine, a la salida lo estaba esperando un amigo para decirle que lo habían llamado de “Holiday on Ice”. “Cuando lo vi parado ahí afuera pensé que había pasado algo en mi casa. Me fui volando a casa y encontré a toda la familia sentada alrededor del teléfono. Hasta que sonó y era el manager del equipo que había estado en Buenos Aires. Me dijo que había surgido una vacante. Iba a debutar en 30 días en Londres en el Wembley Arena. Pero antes tuve que viajar a Santiago a aprender el espectáculo. Viajamos los dos con mi compañera. Fueron muchas sensaciones. Mi abuela me dijo que sabía que me iba y no me iba a volver a ver. Me quedó grabado. Recuerdo a toda la familia despidiéndome en Ezeiza. Yo subiendo por la escalera, que parecía maldita porque no se terminaba nunca y todos saludándome y llorando”.

Fue como cuando a un futbolista le sale el pase a Europa. Estuvo en “Holiday” desde los 18 años hasta los 25. “Patinando di la vuelta al mundo dos veces. Tuve oportunidad de hacerlo en Argentina, pero fui egoísta. Predominó mi deseo de conocer el mundo sobre patinar en mi país delante de los míos. Me dieron a elegir entre Argentina o ir un año a Oriente Medio, Tahilandia, Singapur, Hong Kong, Yacarta, Filipinas. Era una oportunidad única de conocer el mundo. Por eso nunca me vieron en el Luna Park, pero volví muchas veces de vacaciones y mi madre me dijo que estaba orgullosa, porque siempre seguí siendo la misma persona humilde, con los pies en la tierra. Nunca cambié mis hábitos, ni me creí más que nadie. No fumo, no bebo alcohol y no me gusta la droga”.

Cuando cayó el muro de Berlín, en 1989, comenzaron a llegar patinadores del este. “Ellos querían trabajar y vivir como nosotros tras su opresión. Se ofrecían al mundo del espectáculo por la mitad de lo que ganábamos nosotros. Y la compañía es una empresa. Y no eran solo los rusos, eran todos sus familiares. Que los ponían a cargar y a descargar y a madre y la abuela, a coser las lentejuelas y los botones. Fue un golpe muy fuerte. Y me fui a trabajar en hielo pequeño. En dimensiones de 4 por 4 metros. Con Nadin Shimin, una patinadora americana que fue mi segunda compañera, mandamos un video al teatro Scala de Madrid y nos aceptaron automáticamente. Estuve en el Scala diez años con dos shows diarios y tres los fines de semana”.

Sin embargo sentía que le faltaba algo para terminar su carrera. “La guinda del pastel era el Lido de París. Nadin decidió casarse y tener hijos y yo pasé a patinar con una compañera inglesa, Zenat Norani. Lo hice por dos años y fue increíble trabajar en el suelo que pisaron Liza Minelli, Charles Aznavour, y Frank Sinatra entre muchos otros artistas. Terminé mi carrera a los 41 años y bien alto”.

Al igual que sucede con los futbolistas, colgar los patines no resultó fácil para Gustavo. Estuvo un año en manos de psicólogos. “No aceptaba el cambio de vida, pasar del espectáculo a tener un trabajo normal, como cualquier persona. Pasé de pesar 90 kilos a 120 porque empecé a comer todo lo que no había podido comer durante de mis años de patinaje. Cuando patinaba si iba a comer a la casa de amigos, me llevaba el tupper con mi pescado hervido o la pechuga de pollo sin sal. Cuando dejé pasé a no privarme de nada. Hasta que un día, al verme desnudo en el espejo me di cuenta que ese no era yo. La psicóloga me dijo que hasta que no dejara de llorar internamente no iba a cerrar ese capítulo de mi vida. Y que tenía muchos otros por escribir. Y me sugirió que sacara de mi casa todas las fotos y guardara todos los videos para no estar recordando todos los días quién había sido”.

NUEVA VIDA. Siempre tuvo claro que no le gustaba enseñar patín, entonces se tuvo que reconvertir. Y comenzó a trabajar en un gimnasio de una cadena inglesa, en Madrid, donde iban los jugadores más famosos, como Beckham y Marcelo. Aprendió trabajo informático que nunca había hecho, lo mandaron a hacer muchos cursos y se acostumbró a trabajar en equipo. A los cinco años era el director del gimnasio. Pero comenzó la crisis económica en Europa. Y el gimnasio cambió. “Era de primer nivel, la mensualidad salía 150 euros y pasó a ser de 70. Y también nuestros salarios. El mío pasó a ser el 50% y dije que no. Entonces me di cuenta que pedir trabajo no es una vergüenza y hablé con uno de los clientes del gimnasio que era presidente de ‘Iberocruceros’. Su respuesta fue preguntar cuándo quería embarcar. Dijo que me veía trabajar hace siete años y no necesitaba saber nada más. Empecé como encargado de la parte de entretenimientos”.

Cuando esa compañía desapareció mandó un curriculum a MSC y lo contrataron enseguida. Tuvo que empezar de abajo como es la política de la compañía. Hoy es el gerente de eventos del "Seaview", un crucero para más de 5000 pasajeros y que cuenta con 1.400 tripulantes. “Nunca le digo no a lo que Dios me pone en el camino”.

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El "Seaview" de la compañía MSC. 
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Siete meses del año en el mar

“Vivo en Madrid. Estoy embarcado siete meses y descanso de uno a cuatro, dependiendo de la necesidad de la compañía. Trabajar a bordo no es difícil, el único problema es estar separado de tu familia. Pero hay que poner un pan arriba de la mesa. En este momento en España no hay una empresa que me pueda pagar mi curriculum y mi experiencia, la nave sí", dijo el hoy gerente del "Seaview".
"Estuve casado 23 años hasta que el amor se terminó. El amor no es un problema en el barco, se puede encontrar a bordo. La compañía tiene reglas y hay que cumplirlas. Si estás casado legalmente con otro tripulante podés compartir camarote, si sos novio, no. Y si te enamorás de un pasajero, podrás desembarcar con él y empezar una nueva vida. Es una decisión tuya”.

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