FUERA DE SERIE

Nadia Comaneci fue la niña perfecta, pero luego su vida resultó muy agitada

En 1989 escapó de su Rumania natal: se afirma que había vivido graves episodios de los que sin embargo nunca quiso hablar

Nadia Comaneci
Nadia Comaneci en su momento de esplendor en la gimnasia.

La gimnasia olímpica, a los ojos de buena parte del mundo, “nació” el 18 de julio de 1976. Y su “creadora” fue una niña de 14 años y 30 kilos de peso, cerquillo y colita en su cabello oscuro, que alcanzó la perfección en este deporte. Se trataba de la rumana Nadia Comaneci, la gran estrella de los Juegos Olímpicos de Montreal 76, coleccionista de medallas de oro y de muñecas. Su vida, sin embargo, no resultó un juego infantil.

Es conocida la anécdota de aquel día: después que Comaneci cumplió su ejercicio obligatorio en las barras paralelas, el jurado deliberó más de lo habitual, hasta que decidió su calificación. El cartel electrónico que daba los resultados mostró “1,00”, porque no estaba preparado para el 10, la nota máxima, que nunca nadie había alcanzado en los Juegos Olímpicos y significaba exactamente que había realizado sus ejercicios en forma perfecta. Esa cifra provocó asombro, sobre todo en el público ajeno a este deporte.

Ella se convirtió de inmediato en celebridad internacional, apareció en tapas de revistas (deportivas o no), difundió la gimnasia como nunca antes y promovió sin querer el nombre Nadia entre miles de niñas que nacieron después. ¿Cuántas Nadia hay en Uruguay, por ejemplo?

De aquellas actuaciones en Montreal, que le valieron cinco medallas (tres de oro, una de plata y una de bronce)y otras cinco puntuaciones de 10, pasaron ya 44 años. Comaneci es una señora que vive en Estados Unidos, casada y con un hijo, propietaria de un gimnasio y permanente difusora de la gimnasia. Hace poco se difundió un video que la muestra haciendo piruetas. De su vida permanece sin embargo un período oscuro, del cual ella nunca quiso hablar y que dio origen a numerosas leyendas.

“Mi vida es muy complicada. ¿Interesante? No para mí, pero sí probablemente para mucha gente. He aprendido muchas cosas y he sobrevivido a otras tantas”, declaraba hace poco.

La gimnasia olímpica también ha cambiado mucho. Se modificó el sistema de puntajes y no se permite competir a niñas de tan corta edad, de manera que no podría aparecer de la nada una nueva Nadia Comaneci. La imagen del deporte también resultó gravemente manchada por denuncias de abuso sexual de entrenadores hacia sus atletas.

Pero la historia de hoy se refiere a Nadia. Antes de Montreal vivió ocho de sus catorce años dedicada casi completamente a la gimnasia. Nacida en 1961 en la ciudad de Onesti, a los seis años jugaba en el patio de su escuela como cualquier niña de esa edad cuando la vio Bela Karoloyi, ya famoso entrenador de gimnastas. Entusiasmado por la flexibilidad de la chica, la invitó a trabajar con él. Y muy pronto demostró sus aptitudes, así como una obsesión por el entrenamiento: siempre ensayaba más de lo que Bela le indicaba.

Los conocedores del deporte sabían, en la previa de aquellos Juegos, que aquella rumanita era un fenómeno en potencia. Y que en un torneo previo ya había logrado un 10, que el tablero indicador también confundió con el 1,00. Claro que hacerlo todo bien ante la gran platea olímpica, sin que los nervios ni el apuro afectaran sus ejercicios, sus cabriolas y sus aterrizajes, nadie podía anticiparlo: era propio de una elegida.

Nadia Comaneci luego de su desempeño perfecto. Foto: La Nación-GDA.
Nadia Comaneci luego de su desempeño perfecto. Foto: La Nación-GDA.

Comaneci se convirtió en el gran estandarte de Rumania, un país hasta entonces apenas conocido por el origen del mito de Drácula y poco más, escondido detrás de la Cortina de Hierro y manejado por un dictador comunista con aires de emperador, Nicolae Ceausescu.

Después del 76 ella siguió logrando títulos: fue campeona del mundo en Estrasburgo y Tokio, cuatro veces campeona de Europa, otra medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Moscú (más dos de plata y otra de bronce).

A fines de la década de 1970, la pubertad estaba cambiando su físico y ya no le resultaba tan fácil hacer las maravillas de Montreal, pero el mundo quería seguir viéndola. Por eso, el equipo de Karoloyi comenzó a realizar giras por el mundo. Esas presentaciones le redituaban buenas sumas de dólares al régimen rumano. Y ella fue declarada “héroe del trabajo socialista”.

Dicen que sus éxitos le significaron además ciertos privilegios que no disfrutaban sus compatriotas: algunos dicen que le dieron una casa de ocho habitaciones, con lujos y sirvientes; otros, que fue un simple televisor en colores.

En 1981, durante una de esas giras, Karoloyi y su esposa desertaron en Estados Unidos. Comaneci regresó a Rumania con el resto del equipo, pero el gobierno, temiendo que pudiera seguir los pasos del entrenador, comenzó a vigilarla estrechamente.

De ese período abundan las versiones, que nunca encontraron confirmación ni desmentidos por parte de la involucrada. Se dijo que fue amante obligada de Nicu, hijo menor del dictador, que para colmo la maltrataba. También se aseguró que el régimen vio con malos ojos que ella se relacionara con el arquero Duckadam, el otro héroe deportivo rumano: había atajado cuatro penales en la definición de la Copa de Europa 1986 frente a Barcelona, que le dio el título al Steaua Bucarest (el rumor aseguraba que al golero la policía secreta le rompió los dedos de las manos por ese “pecado”, aunque él lo negó). Y de ella se comentó que había tratado de suicidarse tomando detergente.

Lo comprobable de todo esto es que Nadia se hartó del régimen rumano y se fugó del país junto con otras personas el 29 de noviembre de 1989. Se vinculó a un traficante de personas, Constantin Panait, que los llevó a través de bosques y pantanos, bajo un intenso frío, hasta llegar a territorio de Hungría. Allí los esperaba una camioneta 4x4, que los llevó hasta Austria, desde donde un avión los trasladó a Estados Unidos. Pocas semanas más tarde, el régimen de Ceausescu se desmoronó durante la serie de acontecimientos posteriores a la caída del muro de Berlín. El dictador y su esposa fueron fusilados.

Al llegar a Estados Unidos Comaneci se encontró con otro mundo, pero inesperada presión mediática. Se afirmó que sostenía un romance con Panait, que era casado, por lo cual fue acusada de “robamaridos” por los tabloides. Pero la relación también resultó accidentada. Aparentemente él la mantenía encerrada y le quitaba el dinero que ganaba con sus conferencias y entrevistas. Ella terminó escapando de nuevo, esta vez a Montreal.

Allí conoció a Bart Conner, un exgimnasta estadounidense, campeón olímpico en 1984, con quien se casó en 1996. En 2006 tuvieron un hijo, Dylan. Viven en Norman, Oklahoma, donde tienen un gimnasio, pero viajan mucho para difundir la actividad deportiva. También integra la Fundación Laureus, que agrupa a deportistas de primer plano de todos los tiempos. La vida agitada del pasado, cualquiera que haya sido, había quedado definitivamente atrás.

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