FUERA DE SERIE

Martín Karadagian: la increíble vida del creador de Titanes en el Ring

Luchador argentino de origen armenio, afirmaba ser campeón mundial, pero lo más probable es que lo haya inventado: su programa fue muy popular en el Río de la Plata durante 25 años

Titanes en el Ring
Karadagian entre la Momia Negra y la Momia, en la portada de uno de los tantos discos de Titanes en el Ring

Ya llegó Karadagian/el gran Martín es un titán/Martín es el titán de Titanes en el Ring. La canción despierta recuerdos inmediatos a cualquier persona nacida en el Río de la Plata hace unos 50 años y remite a un personaje único, que fue mucho más allá su origen deportivo para convertirse en un showman casi visionario, un creador de leyendas y también un empresario poderoso que actuaba como un pequeño bolichero.

Martín Karadagian, de él se trata, fue un luchador de catch argentino de origen armenio, fundador de una troupe colorida y estrafalaria, cuyas competencias fingidas convocaban a miles de personas (por lo general niños) en estadios o por TV y terminaron generando una industria del merchandising, cuando nadie usaba esa palabra y muy pocos lo explotaban

. En la historia de Titanes en el Ring hay dos niveles. Por arriba, lo que estaba a la vista del público: los combates en el ring, las canciones que presentaban a cada luchador (y que luego eran editadas en discos), los programas, los álbumes de figuritas, las películas. Y por debajo estaba la leyenda, alimentada por el propio Karadagian, que solía exagerar o inventar con entusiasmo.

Se sabe que Karadiyijan, su verdadero apellido, nació en 1922 en un conventillo del barrio porteño de San Telmo, hijo de un inmigrante armenio y una española. Su niñez fue muy pobre, por lo cual tuvo que salir a hacer changas desde muy chico. Según el propio protagonista, el padre era “una bestia” que le pegaba mucho.

La historia “oficial” asegura que a los ocho años fue campeón panamericano infantil de lucha libre en Detroit y a los 12, campeón mundial de cadetes en Londres. Karadagian contaba que el premio se lo entregó “la mismísima reina Isabel”, obviando el detalle que si eso ocurrió en 1934, nadie esperaba que ella llegara a reina porque entonces era apenas la sobrina del rey Eduardo. De cualquier manera, cuando se presentaban las peleas de Titanes, él era anunciado como “campeón mundial”. Más adelante, decoró sus memorias con sangre asegurando que en Europa había matado a un rival sobre el ring. También afirmaba que en la isla de Creta se enfrentó a un italiano que luego sería el Papa Juan XXIII.

Otra versión es que recién con 18 años se acercó al deporte conocido como catch-as-catch-can, o sea “agárrase como pueda”, que en el lenguaje porteño se había transformado en cachascascán. El Luna Park ofrecía ese singular espectáculo, medio en serio, medio ficción, a un público adulto. Fue rechazado inicialmente por su baja estatura, pero los convenció exhibiendo su fuerza. Y con habilidad e histrionismo fue ganando un lugar.

Esa pequeña fama le permitió participar en una película, Reencuentro con la gloria, interpretando el papel de un luchador en decadencia que mataba a su adversario. Y también tuvo un combate contra el Capitán Piluso, el personaje infantil que representó el primer papel del cómico Alberto Olmedo. Karadagian perdió, pero el show le abrió las puertas de la televisión con un programa propio.

Así, en 1962 nació Titanes en el Ring, que con intermitencias estuvo en al aire durante casi 25 años y también llegó a Uruguay. Una demostración de su repercusión es que para permitir su presentación en el Cilindro Municipal en 1973, la dictadura trasladó a los presos políticos que había recluido en el estadio tras el golpe de Estado.

Una clave de Titanes era que los luchadores interpretaban personajes, algunos disfrazados (Don Quijote y Sancho Panza, el Vikingo, Mercenario Joe) o enmascarados (La Momia, el Caballero Rojo). Y esos personajes se dividían en buenos y malos, es decir, los que supuestamente combatían lealmente y los que utilizaban malas artes. Se asegura que muchos de ellos fueron idea de Rodolfo Di Sarli, el relator de las peleas.

La Momia era un actor clave. Pese a su aspecto amenazador, era muy popular entre los chicos, por lo cual su canción, en tono tétrico, aseguraba: “Quiere mucho a todos los niños”. Sus enfrentamientos con Karadagian eran el gran clásico de Titanes y por lo común terminaban en empate, para no arruinar el negocio. La identidad de La Momia detrás de las vendas representó un misterio, hasta que la revista Gente hizo una pesquisa periodística para descubrir que era el Gitano Ivanoff, otro de los luchadores. Con los años, varias personas se presentaron en programas de la farándula argentina para asegurar que habían sido la verdadera Momia.

Karadagian incorporaba permanentemente nuevas figuras al programa, aunque no pelearan. Por ejemplo, su secretario Joe Galera o la Viudita, una mujer que lo acosaba sentimentalmente y le decía: “Serás mío o de nadie”. Un día pasó un funcionario con una barra de hielo para atender la contusión de un titán. La cámara se entretuvo con él, lo que encendió la lamparita de Martín: pasó a ser “el Hombre de la Barra de Hielo”, que como en los casos anteriores tuvo su propia canción para destacar el “misterio” que encarnaba.

Las ideas no se agotaban. Otra vez Karadagian enfrentó al Hombre Invisible. Los televidentes veían a Martín solo en el ring, lanzando llaves o rodando por la lona, mientras Di Sarli relataba lo que supuestamente ocurría gracias a unos lentes “especiales”.

Su momento de mayor éxito se registró en 1972-1973, cuando lanzó la primera de sus dos películas y el primer long-play (ya tenía un single) de varios con las canciones de los titanes. Y por supuesto figuritas, tarjetas postales, remeras, muñecos y todo tipo de objetos comercializables. Algunos de sus luchadores eran productos en sí mismos, como el astronauta Yolanka, una marca de yogures.

Titanes en el Ring se convirtió en un verdadero emporio comercial, que le dio enormes ganancias. Sin embargo, según su biógrafo Daniel Roncoli, Karadagian “nunca dejó de comportarse como un pequeño mercader”, manejando pequeños negocios paralelos. Uno de ellos, un emprendimiento inmobiliario, lo hizo pasar por la cárcel cuando hubo un derrumbe en el edificio. Cuando se presentaba en vivo, solía cobrar en efectivo y guardar el fajo de billetes en el suspensor por temor a ser robado, relató Roncoli en su libro El Gran Martín.

A sus luchadores les pagaba poco y no los trataba bien, se dice, por lo cual solían abandonar la troupe. Eso lo llevó a aumentar la cantidad de titanes enmascarados, para poder reemplazarlos fácilmente. También se le atribuyen acciones benéficas, acaso por tratarse de una personalidad con tantas facetas.

Se cuenta que su afición a los dulces le costó una diabetes y más tarde la amputación de una pierna, lo que puso fin a su carrera en 1984 pero no al programa, que duró cuatro años más. Murió en 1991. Años después, su hija Paulina relanzó Titanes, con nuevos luchadores y la nostalgia de los tiempos viejos.

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