ENTREVISTA

"Maravilla" Martínez: "Soy medio monje tibetano"

El boxeador argentino, excampeón mundial, se prepara para volver a pelear. Y analiza su oficio con experiencia y sin dramatismo.

Foto: Marcelo Bonjour
Foto: Marcelo Bonjour

Sergio Maravilla Martínez conoció dos sensaciones inigualables: la de ser noqueado sobre un ring y la de bajar de allí como campeón del mundo. Y sabe contarlas quitándole dramatismo o euforia, reflejo de un boxeador muy fuera de lo corriente, capaz de analizar en profundidad lo que le dejó su deporte. Que le dio temple y lo convirtió, en una noche, “de pibe en hombre”.

Este es el resumen de su entrevista con Ovación.

-¿A usted hay que presentarlo como boxeador o exboxeador?

-Boxeador va a ser uno toda la vida. Si le pregunta a alguien de 80 años si fue boxeador, le va a responder: “Soy boxeador”. Es una decisión que se toma de por vida. Lo de campeón ya no, excampeón. Más allá de que vuelva o no, igual voy a seguir siendo boxeador. Me había querido alejar totalmente del boxeo pero en el último año, comprendí que tenía que aceptar que iba a seguir siendo boxeador siempre, aunque no lo practique. El boxeo me hizo tomar las decisiones que tomé, me dio el temple que necesitaba y ese temple lo sigo sosteniendo para todos los órdenes de la vida, para lo que me queda de vida. El boxeador nunca muere.

-Da la impresión que usted siempre interpretó lo que significa su deporte, tanto en la derrota como el triunfo.

-Puede ser. Traté siempre de ver las cosas desde diferentes ópticas. La derrota me duele un montonazo. Y cuando eso pasa, lo que hago es apartarme de ese momento doloroso y verlo desde afuera. Cuando toca perder hay que revertir esa historia y enfocarse en el futuro, en el trabajo de levantarse. Y quizás no suele ser tan habitual en boxeadores. Lo mismo el poder de análisis que puedo tener. No digo que sea correcto, acertado, adecuado, pero por lo menos trato de analizar.

-Por lo general los boxeadores vienen muy de abajo. Es un deporte muy sacrificado, ¿no?

-No se crea que es más sacrificado que otros deportes. Todo aquel que quiera lograr algo en algún deporte, más que sacrificarse tendrá que esforzarse. El deporte conlleva un gran esfuerzo, pero mi vida nunca fue un sacrificio. Nunca dejé cosas que me gustaran más que el boxeo. Siempre por encima de todo estuvo el boxeo. Por eso me dolió menos haber dejado cosas. Por ejemplo, habré ido a boliches cinco, diez veces en mi vida, por elección propia. Tampoco probé nunca una gota de alcohol, un cigarrillo, una droga. No me sacrifiqué en eso.

-Pero en otros deportes no le pegan…

-Si uno lo hace bien, en el boxeo tampoco te golpean tanto. Pero no sé si todo el mundo lo ve así. Yo soy medio monje tibetano. Y eso hace que mi respuesta física, técnica, táctico, estratégica sobre el ring sea mucho más eficaz. Por suerte todos los seres humanos somos diferentes. Si todos fueran como yo, ¡un aburrimiento!

-Aparte del temple, ¿qué otra enseñanza le dejó el boxeo?

-Que hay que luchar. Si hay alguien que lucha, para mí es el tipo que boxea. Y no porque se ponga un par de guantes para pelearse con otro. No, porque hay una lucha diaria, un intento de superación. Salimos de estratos socioculturales muy bajos y eso hace que todo lo que uno tiene que alcanzar siendo boxeador siempre esté arriba nuestro. Siempre el boxerador está debajo de todo. Y a mí me gusta que sea así. No está bueno estar arriba de la pirámide, como tampoco está bueno ganar siempre. Está bueno de vez en cuando perder. De vez en cuando, ¿eh? Odio las derrotas...

-Su colega Ringo Bonavena decía que el boxeador es la persona que está más sola en el mundo, porque cuando pelea le sacan hasta el banquito.

-Tenía razón. Lo que está bueno es que el boxeador tiene que darse cuenta que es una decisión propia. A mí me gusta estar solo, abajo o arriba del ring. Me encanta, porque depende de mí y yo confío mucho en mí. Es una cuestión de autoestima. Aprendí a ganar esa confianza. Fue empezar a boxear y aprender a entender que solo de mí dependían mi carrera y mi vida. Eso lo fui trasladando a otros ámbitos de mi vida y me hizo crecer considerablemente. En 2003 entré siendo un pibe al ring y bajé siendo un hombre, frente Richard Williams en Manchester.

-¿Qué lo hizo crecer ese día?

-Probablemente subir con el cuerpo entero y bajar con 18, 19 fracturas, con casi todos los dientes rotos, con los nudillos rotos salvo uno, con la mandíbula y la nariz partidas, con 15 puntos en el arco superciliar izquierdo y con un cinturón de campeón mundial. Haberme repuesto a todo eso. La vida del boxeador es eso, sobreponerse a las adversidades.

-Usted dice que el boxeo no es el arte de pegar sino el arte de no recibir. ¿Es así?

-Yo creo que se le dice arte porque es medio romántico. Llamémosle el oficio de no recibir golpes. En el boxeo no gana quien golpea, sino quien no recibe. Si ves a una persona caminar y no coordina, lo escuchás hablar y no coordina, y te dicen que fue boxeador, uno lo cree lógico. Pero si ve llegar un hombre común y corriente usted no va a sospechar que fue boxeador y se va a sorprender. Si uno recibe golpes eso trae secuelas lógicas.

-¿Y no le tuvo miedo de eso?

-No. Uno cuando boxea no tiene miedo, a eso por lo menos. No es que nunca lo pensé. Me pasó de encontrarme con excampeones, leyendas del boxeo, en un estado que da miedo compartir el mismo oficio. Yo nunca tomé alcohol ni drogas. Sé que por ese lado mi cerebro va a estar cubierto. Si subo al ring a tratar de evitar los golpes, voy a estar defendiéndolo más. Hay que defender el cerebro que tenemos. No es poco, pero no es mucho más que eso.

-¿Qué es lo mejor de su boxeo?

-La disciplina. Ningún golpe en particular. Comprendí rápido cuáles son los golpes que más le duelen al rival: son los que no puede pegar. Cuando no puede pegar, el boxeador se frustra. Y es lo más doloroso que hay, más que recibir un golpe. Porque el boxeador se prepara para recibir golpes, pero no para no poder pegarlos. Se convierte en 70 kilos de carne cruda ahí arriba.

-¿Conoció el mundo oscuro del boxeo?

-En lo personal no me llegó a pasar, por más que el 14 de febrero de 2009 tuve un combate rarísimo. Ganaba por nocaut en el séptimo asalto, si no ganaba por nocaut ganaba por descalificación, si no ganaba por descalificación era por puntos y sin embargo dieron empate. Pude mantener el título. Estaba Don King, que había organizado la velada… Siempre se lo relacionó con los gángsters. Pero a mí no me pasó más que eso. Me dio un miedo ese día. Acá me acuestan con ropa y todo, pensé. Dieron empate y zafamos. Si no, se acababa mi carrera. Tenía 34 años y a esa edad ganar otra chance era muy difícil.

-Hablemos de su pelea con Chávez Jr. ¿No le preocupa volver luego de cinco años?

-Me preocupa lo lógico. Cinco años sin recibir golpes, hay que ver cómo funciona mi cuerpo y mi mente. Pero confío en que voy a responder bien.

-¿Y por qué la decisión de volver?

-Los dos últimos años de mi carrera me pasaron cosas feas, entre ellas una lesión interminable de la rodilla derecha. Y además, tenía un equipo que funcionaba eficazmente pero estaba dividido en dos. Yo no lo pasaba bien, no era feliz. Me pasó de llevarme decepciones muy grandes con personas que ya no están en mi equipo. Y me quedó ese mal sabor. Hoy los que quiero que estén, están. Lo que busco es escribir una última página nueva en mi carrera boxística y quiero prepararla con un equipo fuerte pero con un grupo humano fantástico. Porque las cosas fantásticas son hechas por personas fantásticas. Por eso vuelvo. Ah, y la rodilla se curó.

-¿Qué se siente al ser noqueado?

-Es raro. La sensación de nocaut la gente cree que es fea. Pero el cerebro es mucho más inteligente que nosotros. Y lo que hace es desconectarse en ese momento. Y se liberan dopaminas, endorfinas y otras sustancias que nos dan sensaciones placenteras. Por eso cuando uno está nocaut la sensación es placentera, no es dolorosa ni de agonía. Por suerte me noquearon pocas veces...

-¿Y qué se siente al ganar el título mundial?

-La felicidad, el éxtasis, dura un instante. Gané diez cinturones mundiales y en los diez me pasó lo mismo. En un instante en tu cabeza ¡pum!, explota algo. Enseguida pisás tierra de nuevo y te vas a tu casa tranquilo. Y a descansar. Si uno tiene madurez, aunque los seres humanos somos constantes inmaduros, el dolor de la derrota te tiene que doler, porque es lo que te ayuda a levantar. Y la alegría del triunfo tendría que durar un poco más. Al fin y al cabo, todo es experiencia, para madurar y ser mejores seres humanos.

Su trayectoria.

Sergio Maravilla Martínez, nacido hace en Quilmes, Argentina, hace 44 años, logró 10 títulos mundiales en los pesos superwelter y mediano. En su carrera profesional registró 51 triunfos, dos empates y tres derrotas. Su última pelea la hizo en 2014, pero ahora se entrena para volver al ring y enfrentar a Julio César Chávez Jr., con quien realizó un combate memorable en 2012, que le valió una de sus coronas. El enfrentamiento está acordado para este año y solo quedan detalles por definir, indicó Martínez. Hace pocos días, el boxeador argentino estuvo en Montevideo para dar una charla motivacional a los vendedores de la empresa Pagnifique.

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