HACIENDO HISTORIA

El deporte de ficción que provocó furor en el Plata

Martín Karadagian y sus luchadores fueron un enorme éxito en la televisión y hasta el cine de inicios de los años ‘70 con peleas libretadas de payasos, momias, mercenarios y astronautas.

Titanes en el ring

El deporte es todo un fenómeno del siglo XX, con sus héroes y villanos, sus triunfos, su épica y sus negocios. Y tan amplio es el fenómeno que admite incluso el deporte de ficción, una competencia donde todo está escrito de antemano. La principal expresión es la lucha libre, especialmente popular en México, Estados Unidos o Japón, donde se supone que el público, mayoritariamente adulto, sabe que es simple pantomima. También llega a Uruguay a través de señales deportivas de cable, aunque es difícil de saber si tiene seguidores.

Hace 45 años, sin embargo, la lucha libre (o catch) alcanzó enorme popularidad en el público infantil del Río de la Plata, a través de Titanes en el Ring, un grupo variopinto de luchadores argentinos liderado por Martín Karadagian. En realidad, la actividad de Karadagian abarcó décadas, desde casi su infancia hasta que su salud le impidió treparse al ring, pero por alguna razón su momento cumbre ocurrió en 1972.

Cuando todavía no se usaba la palabra merchandising, muñecos, juguetes, discos con sus canciones, álbumes de figuritas, remeras, postales, alfajores y hasta un largometraje acompañaron las peleas de hombres disfrazados de payasos, mercenarios, momias o astronautas. Podrá decirse que eran tiempos más ingenuos, pero a ambos lados del Plata crecía entonces la violencia política que desembocó en crueles dictaduras.

En Montevideo, la actuación de los Titanes en el Cilindro Municipal, a fines de 1973, obligó al régimen militar a trasladar a los presos políticos que estaban recluidos en el estadio cerrado. Y las tribunas se colmaron de niños. Unos meses antes, algunos luchadores se separaron de Karadagian, disconformes con sus salarios, y se presentaron en el Palacio Peñarol bajo el nombre Los Fabulosos Titanes.

Karadagian fue un personaje increíble, cuya vida fue recogida no por uno sino por dos libros en Argentina: El Gran Martín, de Daniel Roncoli (¡de 750 páginas!) y Martín y sus Titanes, de Leandro D’Ambrosi. El luchador-empresario nació en el barrio porteño de San Telmo en 1922, de padre armenio y madre española. Su padre lo castigaba violentamente y tal vez por eso Martín quiso ser luchador. Su reducida estatura (medía menos de 1,60) le impidió ingresar en las troupes existentes en Argentina, hasta que creó su propia agrupación y hasta su propia leyenda, afirmando haber conquistado uno o dos títulos mundiales de su deporte. En 1962 llegó a la televisión, donde con intermitencias permaneció hasta 1988.

La mecánica de Titanes en el Ring era sencilla: una serie de breves combates entre dos antagonistas, por lo general uno “bueno” y otro “malos”, con un relator que exaltaba los golpes de cada uno. Y al final peleaba el propio Karadagian, inconfundible con su melena blanca y su barba negra.

Cada luchador componía un personaje, de los cuales hubo decenas, todos con su disfraz. Y cuando subían al ring eran acompañados por canciones que relataban sus supuestas hazañas (y luego las canciones se editaban en discos). Entre los buenos figuraba el enmascarado Caballero Rojo, el Payaso Pepino, Don Quijote (que indefectiblemente iba perdiendo hasta que subía al ring Sancho Panza a arreglar todo a panzazos), Ulises el Griego, el campeón argentino Rubén Peucelle y por supuesto Karadagian. Entre los malos, el Mercenario Joe, el árabe Tufic Memet, el Vikingo, el Coreano Sun o el Cavernario.

Pero el más popular era la Momia, aunque seguramente haya sido pensado como villano. Su canción tenía música tétrica, pero afirmaba que la Momia quería a los niños “muy tiernamente”. En pleno furor de Titanes, la revista Gente hizo una investigación para saber quién se ocultaba detrás de las vendas de la Momia: resultó ser el Gitano Ivanoff, otro de los luchadores.

Años más tarde, el portal Infobae aseguró que a lo largo del tiempo hubo varias Momias y que todos sus intérpretes fallecieron en forma trágica, un aporte más a la leyenda de los Titanes. Hubo además una Momia Negra, de movimiento frenéticos y menor popularidad.

Alrededor de los luchadores, el circo se extendía con numerosos personajes, como una viuda misteriosa que acosaba sentimentalmente a Karadagian o un hombre que portaba siempre una barra de hielo.

Por supuesto, el gran final de la temporada era el combate de Karadagian con la Momia: algunos pasajes pueden verse en YouTube. Para no matar el negocio ni afectar el orgullo del jefe, generalmente empataban.

Según Roncoli, Karadagian se hizo millonario con el espectáculo pero siempre se manejó como un “pequeño mercader”. Cuando hacía espectáculos en vivo, cobraba en efectivo, escondía los rollos de dinero en su malla por miedo a los robos y así subía a pelear. En la década de 1980 enfermó de diabetes, sufrió la amputación de una pierna e imaginó un nuevo personaje, el Pirata, combatiendo con una pata de palo. No pudo ser y al tiempo falleció (1991). Dejó imitadores en Argentina, como Lucha fuerte o 100% Lucha, e incluso en Uruguay, con Gladiadores del Ring.

También algunas narices rotas de niños que quisieron imitar las llaves o las patadas voladoras sobre un colchón de su casa.

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