ARGENTINA

Cherquis y el alma uruguaya de El Gráfico

De aprendiz a director, su trayectoria lo llevó a cubrir históricos acontecimientos deportivos.

Ernesto Cherquis Bialo.
Ernesto Cherquis Bialo.

La historia de Ernesto Cherquis Bialo comenzó en la muy montevideana calle Yi y lo llevó después a cumplir su vocación periodística en Buenos Aires. Su oficio estuvo por años vinculado a El Gráfico, donde entró por una beca como estudiante y terminó como director en la década de 1980, continuando la línea de grandes plumas uruguayas de la revista. Hoy sigue en el periodismo a través de la web Infobae.

El anuncio del cierre de El Gráfico hace un mes lo golpeó tanto como a los viejos lectores. Desde Buenos Aires, Cherquis recordó para Ovación Domingo aquellos momentos de la revista, una combinación de experiencias personales con la cobertura de hitos del deporte mundial. Y situó cada uno con notable precisión de fechas y episodios, desde Fischer-Spassky en Islandia a Ali-Foreman en Zaire.

Nací el 30 de setiembre de 1940 en la calle Yi. Mi padre era comerciante de antigüedades y estuvimos viviendo entre Buenos Aires y Montevideo, hasta que nos radicamos en Argentina cuando yo tenía 15 años.

Del periodismo me atrajo siempre la pulcritud del idioma que utilizaban figuras como Carlos Solé en Uruguay o Fioravanti en Argentina. Reunir fútbol e idioma en mi trabajo era como la síntesis perfecta de las cosas que me hacían feliz.

Empecé como pasante en Clarín en 1962. Tenía que cubrir el amplio espectro de aquellos deportes a los que nadie le da bola. En verdad, yo tenía aspiraciones de comentar rápidamente un Boca-River o alguna pelea de Eduardo Lausse o Dogomar Martínez. Y tuve una visión de futuro extraordinaria, porque cambié Clarín por Noticias Gráficas. Me tiré de palomita porque me ofrecieron escribir de fútbol, pero el diario cerró a los tres meses...

En marzo de 1963 fui a El Gráfico gracias a una beca. Era una revista que metía orgullo y miedo a la vez. Sometía al novato al test de la vocación, que en la prensa no es otra cosa que el tiempo que un periodista puede esperar para tener una oportunidad. No fue mi caso personal porque tuve mucha suerte, pero en ese tiempo el periodista tenía que lograr la identificación con el medio, con su estilo y con el lector. Eso requería entre seis y nueve meses. Tenían que trabajar antes en el archivo, ordenando las fotos. Luego leían los textos de sus compañeros y maestros. Después los acompañaban como soportes secundarios, solo para ver cómo se comentaba un partido, cómo se manejaban en las entrevistas. Y a veces hacían un simulacro de crónica, para que una junta de evaluación se tomara el trabajo de leer una crónica que jamás sería publicada y analizar las diferencias entre el trabajo del nuevo periodista y el de los que ya estaban consagrados. Así que por meses no publicaban nada... Muchos no aguantaban y se iban a un diario o a un empleo diferente. El que pasaba la prueba de la vocación quedaba.

Para estar En Gráfico había que hacer escuelita. Y la escuelita servía para toda la vida, porque El Gráfico no tomaba directores, los hacía. Una sola vez en los 99 años de vida de la revista se trajo a periodistas consagrados, con el correspondiente fichaje. Emilio Lafferranderie (El Veco) y Julio César Pasquato (Juvenal). Ellos fueron minuciosa y prolijamente ‘robados’ a La Razón, con el advenimiento de Carlos Fontanarrosa como director de la revista en octubre de 1962, tras la crisis por el descenso abismal de las ventas en la época de Dante Panzeri. Fontanarrosa, además, le pidió a la Escuela del Círculo de Periodistas Deportivos que le mandara a los tres mejores promedios. El primero era Héctor Vega Onesime, el segundo fui yo y el tercero Jorge Ventura. Con los años, con El Veco fuimos concuñados: el se casó con la hermana de mi primera esposa y estuvieron juntos, en Buenos Aires, Montevideo y Lima, hasta la muerte.

El Gráfico siempre tuvo una personalidad uruguaya. Y no tanto por los uruguayos que trabajaron allí. La revista adoptó una personalidad coloquial, de encuentro con sus lectores, haciendo una simbiosis entre el que escribe y el que lee. Y eso solo lo conservan los pueblos cordialmente sabios. Desde Borocotó en adelante, El Gráfico siempre tuvo una cuestión muy proverbial, en cuanto a no creérsela. La cadena se cortó en 1990 y ahí también se cortó una hegemonía.

Me tocó trabajar en una época dorada para el boxeo argentino. Es difícil elegir entre todas las figuras. Pero lo de Nicolino Locche fue inigualable por su estilo. Una parte de la cátedra sostenía que a Locche los favorecían los fallos de los jueces argentinos y que el dia que saliera de Buenos Aires ninguno de los atisbos de su arte sería reconocidos como tal y por lo tanto terminaría en un gran fracaso. Pero cuando ganó el título mundial en Tokio ante Paul Fuji fue un boxeador completo. Sin pegar fuerte, tumefactó todas las zonas capilares de su adversario en base a su gran técnica. El rival era un verdadero asesino del ring, que sin embargo quedó reducido a una figura sometida hasta abandonar la pelea. Esa fue la obra de arte más grande que se vio en el boxeo de los argentinos.

En 1968, la marca de vinos Peñaflor empezó a auspiciar las transmisiones de boxeo en radio Splendid y me hicieron una oferta. A la manera de Robert Duvall en El Padrino, fue acompañada con esta frase: “Le vamos a hacer una oferta que no podrá rechazar”. Y en verdad era irrechazable. Y así transmitimos con Osvaldo Caffarelli como relator y yo como comentarista las principales peleas de ese período glorioso. Luego volví a El Gráfico.

Hubo grandes boxeadores en Argentina. Carlos Monzón fue el campeón mundial más grande que tuvo la Argentina, claramente. Ringo Bonavena fue un titán en una época de enormes campeones del mundo como ya no hay en los pesos pesados. Víctor Galíndez fue un grande, con una epopeya inolvidable ante Richie Kates en Sudáfrica. Santos Laciar, Horacio Accavallo fueron grandes también, lo mismo que Uby Sacco, aunque este duró lo que la luz de un fósforo porque su vida no fue fácil. El boxeo era el deporte número dos, en discusión con el automovilismo. Y las tapas de El Gráfico lo reflejaban.

Es cierto, muchos de ellos terminaron mal, con muertes trágicas. Pero, ¿por qué tenían que terminar bien? Ellos no fueron honoris causa, no ingresaron al boxeo como paradigmas de una vida ejemplar. Al no ser señores del ejemplo, ellos encontraron en el boxeo una alternativa de vida para los chicos pobres latinoamericanos de toda una época. Hoy serían correos de la droga en zonas marginales para llevarse unos mangos. El boxeo les dio una oportunidad, surgida por lo general en los reformatorios. Y terminaron mal porque empezaron mal. Cierran la parábola. Muy pocos no tuvieron amigos ocasionales, ni minas de boquitas pintadas, ni empresarios interesados. No le pasó solo a boxeadores, también a futbolistas, pero ahí han tenido otros apoyos para que sus vidas sean mejores.

Muhammad Ali era todo, era la síntesis de la dignidad. El único personaje de la historia que supo renunciar al poder del establishment del país más poderoso del mundo, negándose a ir a una guerra que no sentía e invitando a los negros, a los latinos, a los pobres, que no había ninguna razón para ir a matar gente a la que no conocían y que no les habían hecho nada. Esta concepción es muy interesante, porque además tenía un precio. Para Ali hubiera sido mucho más fácil abrazarse con los Kennedy, con Nixon, estar cerca del poder. No solo fue el mejor boxeador de todos los tiempos, gramo por gramo, sino que fue un hombre convencido, que luchó por causas.

Un recuerdo imborrable es la cobertura del título mundial de ajedrez entre Bobby Fischer y Boris Spassky en Islandia en 1972. Tenía la impronta del asombro, de la guerra fría. Todo lo que implicaba el enfrentamiento de un norteamericano con un ruso, en aquellos años. Y en Reikjavik. ¡Vos no sabés lo que es Reikjavik! Son unas piedras rodeadas de mar, donde es imposible no odiar al frío y al viento. Costó mucho hacer esa nota y más estar con Fischer y fotografiarme con él. Él no daba entrevistas a nadie desde hacía años. Pero la desesperación del cronista hace que Dios tome los apuntes de la nota. La entrevista se realiza cuando azarosamente vos ayudás con tu cara de desesperación.

Para mí, dirigir El Gráfico fue un gran honor, que sentía cada hora. No lo sentía cuando se lo mencionaba por un premio. en una conferencia o por las cartas que llegaban de distintos lugares del mundo. Yo sentía el honor cada día. Y tenía que dignificar ese honor con el laburo, con el esfuerzo, con la creatividad, teniendo siempre claro que la revista la hacíamos para la gente. Y tenía muy claro cuál era la gente que apreciaba El Gráfico. El editor que no conoce su universo no puede editar nada. Hacía que mis compañeros también sintieran ese orgullo. Ante cualquier duda o coyuntura difícil apelábamos a la fuente de los grandes maestros. Y éramos independientes.

El cierre de El Gráfico fue un impacto. Ya tenía el parte médico de los últimos 15 años sobre que el enfermo tenía un mal irreversible. Pero cuando me llamaron del sanatorio y me dijeron que había muerto miré hacia atrás y recordé a los compañeros que ya no están, las notas que habíamos hecho, las emociones que habíamos vivido. Se vino encima la vida. Pero tenemos un consuelo. El Gráfico ha dejado de salir, pero no ha desaparecido. Cualquier lector con interés encontrará en su archivo joyas periodísticas y los grandes hitos del deporte argentino y mundial.

Peñarol ‘66.

“Pareció estar jugando un amistoso”

Una de las coberturas de Cherquis fue la consagración de Peñarol como campeón mundial ante Real Madrid en el estadio Bernabeu en 1966. “’Fue tan fácil que ni emociona’, me dijo Tito Goncálvez. Y en verdad fue así. Peñarol lo resolvió tan fácil que parecía estar jugando un amistoso. Ganarle al Real Madrid en su casa era una hazaña pero para ellos fue un trámite”, cuenta. Y recuerda el contacto con colegas uruguayos como Heber Pinto o Juan Alfonzo.

Testigo de la legendaria pelea en una madrugada de la selva

Ernesto Cherquis Bialo estuvo en el Zaire (hoy República Democrática del Congo) para cubrir para El Gráfico la legendaria pelea entre Muhammad Ali y George Foreman el 30 de octubre de 1974. Y lo recuerda todo.

“Es para un libro, que ya escribió Norman Mailer, un gigantesco escritor, y yo apenas soy un escribiente. Esa pelea me provocó sensaciones nunca antes vividas y nunca después repetidas. Empezando por la posibilidad de hablar con los segundos de Foreman, Archie Moore y Sandly Saddler, dos enormes figuras del boxeo que habían pasado por el Luna Park cuando estaban en su plenitud, uno de ellos con un famoso combate contra el uruguayo Dogomar Martínez”, señala.

El periodista también pudo escuchar personalmente los diálogos entre Mailer, Ali y su técnico Angelo Dundee, o concurrir a la cabaña que le cedió el presidente de Zaire a Cassius Clay y acompañarlo a su entrenamiento matutino. “Mientras él corría al aire libre se escuchaban todos los sonidos de la selva”, cuenta.

La legendaria pelea entre Muhammad Ali y George Foreman el 30 de octubre de 1974.
La legendaria pelea entre Muhammad Ali y George Foreman el 30 de octubre de 1974.

Hasta el horario fue extraño: Ali y Foreman pelearon en un estadio de fútbol a las 4.45 de la mañana locales para poder emitir por TV en horario central a Estados Unidos.

“En el ring fue una exhibición extraordinaria de Clay. Su plan era desgastar a Foreman, tanto física como psicológicamente. Se preparó para recibir golpes que podían derribar no a uno sino a dos boxeadores. También bailó y manejó al público, al que le enseñó a cantar ‘Ali, bumaye’, que en el idioma local quería decir “Alí, mátalo”. Llegó un momento en que Foreman se dio cuenta que no podía ganar. Había probado de todo y no podía. Y entonces Ali lo noqueó”.

Cherquis logró entrevistar varias veces a Alí. Y así recuerda su personalidad: “No era un fenómeno de simpatía, sino de inteligencia. Era más bien taciturno, de sonrisa difícil, alguien con quien costaba entrar en confianza. Pero le encantaba hablar de religión, de la importancia de las convicciones para lograr la paz. Y así se largaba a conversar”, dice.

Robinson.

Por años llevó un apodo “compulsivo”

Durante años, Cherquis Bialo usó en El Gráfico el apodo de Robinson, que respondía a su admiración por el gran boxeador Sugar Ray Robinson, y así lo identificaban sus lectores Según cuenta, se lo colocaron “compulsivamente” porque no estaba autorizado a firmar las notas, ya que se había ido de la revista y la política de la empresa era no retomar gente. Para superar el problema y que las notas no quedaran anónimas, Vega Onesime le puso un día Robinson. Y fue Robinson hasta que en 1982 asumió la dirección de la revista con su nombre y apellido.


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