COPA DEL MUNDO 1950

Historias contadas por los que perdieron

Siempre se dice que “la historia la escriben los que ganan”; pero en el caso de Maracaná, ahora que no quedan sobrevivientes de los protagonistas de aquella hazaña, cobra vigencia la publicación de los secretos revelados por los que fueron derrotados.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Obdulio Varela

Ayer no se cumplió un año más de la gesta de Maracaná: desde que Edgardo Alcides Ghiggia murió el 16 de julio de 2015 y, de alguna manera, estuvo “de cuerpo presente” -quizá como nunca- en aquella triste jornada, éste fue el primer aniversario de la conquista del Mundial de 1950 por parte de Uruguay sin ningún sobreviviente de los que protagonizaron la que aún es considerada en forma universal como la mayor hazaña de la historia de los mundiales.

De modo que no hubo, ni habrá, más notas y/o entrevistas con los integrantes de esa generación gloriosa del fútbol uruguayo, y ni siquiera la posibilidad de rescatar versiones y/o anécdotas -viejas pero jamás contadas- a través de sus palabras.

Sin embargo, como este caso no es el caso al que alude el dicho que afirma “la historia la escriben los que ganan”, e incluso ha sido al revés, pues los brasileños publicaron más libros y hasta hicieron más películas sobre lo que pasó en Maracaná, ahora es tiempo de internarse en aspectos poco conocidos -e, incluso, hasta hoy no revelados- sobre lo que sucedió, antes y después de la final del 50, en el otro bando; algo en torno a lo cual el libro “O jogo bruto das Copas de Mundo”, escrito por el periodista H. Teixeira Heizer y publicado en 1997, hace aportes relevantes.

Según dicho texto, el clima previo era tan de “ya ganamos”, que después del partido que Brasil le ganó a España y con la final a la vista, la selección local dejó la tranquila concentración en la entonces considerada lejana -y hasta poco accesible- Barra da Tijuca para alojarse en una más agitada y céntrica zona de Río de Janeiro: Sao Januario, donde todavía están el estadio, sede e instalaciones deportivas del Vaco da Gama.

La medida adoptada por el entrenador Flávio Costa fue aplaudida por los dirigentes de la Confederación Brasileña de Deportes (CBD) y también los políticos que preparaban sus campañas para las elecciones nacionales, porque unos y otros pensaban en desplegar las relaciones públicas y, en distintos ámbitos, sacar réditos futuros con los ecos de una consagración de Brasil que se daba por descontada.

Los jugadores, en cambio, no quedaron nada conformes con la mudanza, porque los ilustres visitantes y también mucha gente anónima deambulaban a toda hora hasta adentro mismo de sus habitaciones, pidiendo autógrafos o fotos con los cracks, lo que alteró los horarios de descanso y las comidas diarias.

En ese contexto, además, el técnico adoptó otra decisión, aparentemente para descomprimir la tensión con la que vivían los futbolistas: después de un almuerzo de camaradería con participación de las esposas, el sábado 15 de julio les concedió la tarde libre a los casados, según le admitió Flávio Costa a Teixeira Heizer, “para contemplar sus satisfacciones sexuales”.

Sin embargo, como narró el propio técnico, el tiro le salió por la culata, pues aquella determinación derivó en un incidente grave: “También le permití salir a Juvenal (zaguero izquierdo, que era soltero), porque sabía que él quería ‘pinchar’, estaba de amigo con una mulata bonita, por eso le dije: ‘Mirá Juvenal, te voy a dar condición de casado’; pero esa noche supe que él volvió atrasado y borracho. Había rendido un examen de baile, y hasta había vomitado. Quien me contó el caso fue el dueño del Dancing Avenida (en la Av. Río Branco), donde se reunía la bohemia carioca: era uno de los más conceptuados ‘bate coxa’ (“latidos de los muslos”) de Río de Janeiro; ahí era grande el consumo de ‘Samba en Berlín’, una mistura de aguardiente con Coca Cola, Ron, cerveza y Madeira R, una especie de vino de Porto, servido en copas’. Quedé hecho una fiera. Llamé a Oto Gloria, mi ayudante, y le dije: ‘No le puedo ni ver la cara’, y le pedí al médico Amilcar Giffoni que lo examinara. Estaba borracho. Pensé en poner (en su lugar) a Nena, pero estaba golpeado. Podía haber pasado a Noronha de zaguero central, él sabía jugar ahí; pero…si al menos aquel tipo (Juvenal) hubiese fallado contra España, habría tenido motivos para poner a Noronha. Estoy convencido que si hubiera hecho eso, podría haber cambiado el curso del destino”.

Así, pues, de acuerdo al relato de Teixeira Heizer, “la mañana del 16 de julio encontró a los jugadores mal dormidos e irritados, por aquel problema y porque tuvieron que atender las visitas de dos candidatos presidenciales: Ademar de Barros, del Partido Social Progresista, y Cristiano Machado, del Partido Social Democrático; como testificó Friaca: “Todos estábamos nerviosos, el clima era malo, por cualquier razón explotaba”.

Pasado el mediodía, narra el autor, “el ómnibus partió desde la sede de Vasco; el conductor, escogido por la CBD, era bastante hábil y se iba deshaciendo con desenvoltura de los hinchas que, excitados, avanzaban hacia el vehículo para alentar a la selección: fue cuando Adhemir se inclinó hacia Castilho, el arquero suplente, y le recordó una vez más que aquel anticipo de la conquista del título era una temeridad: ‘El fútbol se gana en la cancha’”.

Minutos más tarde, según el relato del libro, “el ómnibus conduciendo a los futuros campeones mundiales estaba cerca de la Quinta de Buena Vista, lugar histórico donde quedaba el Museo Imperial. Los (jugadores) paulistas y ‘gaúchos’ escuchaban con interés la explicación de Flávio Costa sobre aquel pedazo de historia, aparte de que les habló de los encuentros furtivos y secretos de Dom Pedro con la Marquesa de Santo; pero el conductor se distrajo y chocó contra un cordón de la vereda del Parque de la Quinta de Buena Vista. En principio, fue sólo un susto; después, el médico tuvo que atender al capitán Augusto, que sufrió un corte y una hematoma en la cabeza, aunque de poca importancia”.
Sin embargo, a esa altura el autor pregunta: “¿Sería un mal presagio?”; y luego cuenta que “cuando el portón N° 18 de Maracaná se abrió, varios jugadores se hicieron la señal de la cruz; mismo, quien no era católico hizo su reflexión: ´Quedar bien con Dios no costaba nada’, fue el testimonio de Friaca.

Después que pasó lo que casi nadie esperaba, se registró otro episodio también conocido, como el desorden en medio del cual Jules Rimet, el presidente de la FIFA, le entregó la Copa a Obdulio Varela sin ningún tipo de protocolo, pues sólo estaba prevista la ceremonia de consagración al cuadro locatario; pero, además de contar que Rimet apenas pudo decirle al capitán celeste “aquí está la copa que ustedes ganaron”, porque el discurso que había preparado y llevaba en el bolsillo derecho del sobretodo estaba redactado para ser leído en la coronación de los locales, Teixeira Heizer recogió un testimonio que ahondó aún más en el clima de contrastes que se apoderó de aquellas circunstancias: “Yo iba a decir que aquel trofeo estaba destinado al país que practicaba el fútbol más virtuoso del planeta”, fue la revelación de Rimet años más tarde, lo que llevó al autor del libro a escribir que “quizá una fatalidad persiguió al presidente de FIFA, porque la Copa que llevaba su nombre tampoco le fue entregada a Hungría -que jugaba en ritmo de rapsodia- en el Mundial de Suiza en 1954, que fue ganado también sorpresivamente por la entonces rústica Alemania.

Por último, una vuelta de tuerca más entorno al drama que el fútbol brasileño -y todo Brasil- nunca superó totalmente, pese a que luego ganó la Copa del Mundo en cinco oportunidades: si bien el escarnio público se descargó, fundamentalmente, sobre las figuras del arquero Barbosa y Bigode, el lateral izquierdo que no pudo con Ghiggia en las jugadas de los dos goles visitantes, puertas adentro de la selección brasileña, y aún al paso de los años, los cuestionamientos fueron para Juvenal, el de la borrachera del sábado que el domingo tenía la misión de cubrirle la espalda a Bigode y, sin embargo, nunca se hizo cargo de su trabajo.

En ese sentido, el libro narra que para Zizinho, el crack del cuadro, hubo una gran injusticia con Barbosa y Bigode: “Lo que faltó fue la cobertura de Juvenal en las dos jugadas”; y esa fue también la opinión del capitán Augusto, mientras que Bigode enfatizó que “yo fui pasado en la carrera porque estaba de costado, preocupado por Julio Pérez, y la distancia entre Juvenal y Ghiggia tal vez fuera menor de la que nos separaba”.

Igual pensó Flávio Costa, el técnico: “Ese tipo (Juvenal) fue el que estropeó todo, el hecho de que Bigode fuera pasado por Ghiggia no tiene ninguna importancia, porque una defensa no se hace sólo marcando, sino también con coberturas: no era posible que Ghiggia corriera 30 metros después de pasar a Bigode sin que nadie lo interceptara, y él (Ghiggia) hizo eso tres veces sin que nadie lo marcara”.

La historia, pues, sigue ahí. Escrita no sólo por los que ganaron, y hasta más aún del lado de los que perdieron, como ocurrió con “O jogo bruto das Copas do Mundo”, que H. Teixeira Heizer publicó en 1997 después de una investigación de muchos años, en el marco de la cual vino varias veces a Montevideo y, con la compañía de este periodista de El País, recogió testimonios de los vencedores, como Míguez, Ghiggia, Julio Pérez y Máspoli.

El de Julio Pérez fue tan jocoso como impactante, porque confesó que cuando los dos equipos estaban alineados escuchando los himnos antes de la final, y en el momento que se irradiaban las estrofas del uruguayo, “yo me oriné…y el orín me corría por las piernas, mojándome el pantalón; no me avergüenzo de contarlo”.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)