EPISODIOS INCREíBLES

El error más famoso y aplaudido de la historia del deporte

Roberto De Vicenzo se equivocó al firmar su tarjeta, perdió el Masters de Augusta pero su reacción le mereció honores e incluso contratos publicitarios

De Vicenzo
Mientras sus rivales conversan y el público asiste desde bien cerca, De Vicenzo aparece pensativo en Augusta

El golfista argentino Roberto De Vicenzo ganó 231 torneos alrededor del mundo, incluyendo los abiertos de 16 países, el Open Británico y la Copa del Mundo, pero en muchos sitios se lo conoce más por el error que le costó un título.

Al final, la distracción que determinó que perdiera el Masters de Augusta de 1968 le significó fama, honores e incluso contratos publicitarios, debido a su muestra de deportividad y respeto al reglamento inusuales en el competitivo deporte profesional.

Claro que en su momento le representó un golpe muy duro y le hizo pensar en dejar el golf, justo el día que cumplía 45 años. Pero lo superó pronto: a los 15 días ya había ganado otro torneos en Estados Unidos. Y con el tiempo contaba a quien le preguntara sus reflexiones sobre el hecho, sin rencor ni arrepentimiento, solo con un sonrisa.

De Vicenzo fue el mayor golfista sudamericano de la historia, al punto que hizo de su persona un sinónimo de su deporte. Además, mantuvo vigencia durante décadas. Se entreveraba en los torneos después de cumplidos los 60 años, aunque se midiera con rivales tres décadas más jóvenes. Seguía aceptando invitaciones luego de los 70, sabiendo que no iba a ganar pero que tampoco iba a pasar apuros. Y se retiró a los 83 años, luego de regalar sus palos más preciados, uno a uno, a sus amigos. Falleció en 2017, a los 94 años.

Nacido en 1923 en una localidad de la provincia de Buenos Aires llamada Chilavert, Roberto fue lo más alejado del estereotipo del golfista rico y despreocupado. Venía de una familia pobre, cuya situación se agravó cuando su madre murió de parto junto a los mellizos que venían, que iban a ser sus hermanos octavo y noveno.

Cerca de su casa había un club de golf, por lo cual comenzó a trabajar como caddie y también como “lagunero”: se metía en una laguna para recoger las pelotas que tiraban los socios. Años más tarde recordó que en invierno llegó a llorar de frío en ese oficio. Sin dinero para palos y pelotas oficiales, aprendió a jugar con una rama y una pelota de corcho. Y demostró tanto talento natural que a los 15 años se convirtió en profesional.

En 1942 obtuvo su primer triunfo rentado, el Abierto del Litoral. Su fama trascendió Argentina y apuntó a la meca del golf, Estados Unidos, aunque jugaba por todos lados, incluso muchas veces en Uruguay.

Su historia es tan extensa y rica que para llegar al episodio señalado al principio hay que saltar casi un cuarto de siglo. En 1968 ya era uno de los jugadores más importantes del mundo. El año anterior había ganado el Open Británico, el campeonato más antiguo y prestigioso.

En abril del 68 llegó la hora del muy exclusivo Masters en el Augusta National, un club integrado por un puñado de potentados y personalidades políticas estadounidenses, cuya cancha se cierra varios meses para convertirla en un jardín perfecto cuando llega el torneo. Justo ese año se realizó la primera emisión por televisión en colores, lo cual hizo llegar al público el verde perfecto de su césped, el blanco de sus bunkers de polvo de mármol y los mil tonos de sus flores.

Aquel 14 de abril, día de la cuarta y última ronda, De Vicenzo fue recibido con el ‘feliz cumpleaños’ cantado por el público. A medida que los hoyos iban pasando, entre los varios aspirantes al título quedaron solo dos, él y el estadounidense Bob Goalby, separados por apenas un golpe y jugando en distintos grupos. Cada uno se enteraba del rendimiento del otro escuchando los aplausos de la multitud a lo lejos.

En el hoyo 17, De Vicenzo acertó con su putt y consiguió embocar con tres golpes, para birdie. Su compañero de juego, Tommy Aaron, sin embargo se confundió y le anotó cuatro golpes. Debe recordarse que en el golf son los propios jugadores quienes llevan la cuenta de sus golpes, intercambiando su tarjeta con la del rival. Y ese registro es el que vale, aunque el tablero indicador diga otra cosa y el público haya visto diferente...

De Vicenzo encaró el hoyo final, el 18, con toda la confianza. Para su segundo tiro, sin embargo, discutió con su caddie: este le decía que el palo ideal para la distancia era un hierro 6, pero el argentino prefirió un 5.

Apenas pegó, se dio cuenta que su ayudante tenía razón. La pelota se le fue larga y le terminó costando un bogey. Cerró su actuación amargamente convencido de que había perdido el torneo por la mala elección del palo.

Sentado junto a Aaron frente a una mesita al aire libre, a centímetros del rumor del público, su mente repasó mil veces esa instancia, mientras su rival le entregaba la tarjeta. Roberto la miró muy por arriba y la firmó.

Todo el mundo había visto los 65 golpes totales de De Vicenzo, pero cuando los oficiales de Augusta leyeron su tarjeta, descubrieron que decía 66. Lo convocaron a la sala de prensa y le señalaron el error.

Según el reglamento del golf, quien entrega una tarjeta con menos golpes de los efectivamente realizados resulta descalificado; si se firman más golpes que los reales, vale lo que dice la tarjeta...

El episodio se contó tantas veces que a veces se pierde el hilo de lo que pudo ocurrir. Sin la distracción de Aaron, De Vicenzo no hubiera ganado el Masters, pero sí hubiera disputado al día siguiente un desempate ante Goalby, que al final igualó su score.

El propio Goalby se lo cruzó al concluir su ronda, sin sospechar nada. “Parece que tenemos que jugar un desempate”, le comentó. Roberto no le contestó, como si estuviera en otro planeta...

Las autoridades del club se reunieron durante 20 minutos para resolver qué hacían. Finalmente, decidieron cumplir el reglamento y convalidaron el triunfo de Goalby.

De Vicenzo aceptó el resultado sin quejas. Tampoco hubo reproches para Aaron. Solo dijo: “Cometí una estupidez”. Y asistió a la ceremonia de entrega de premios con los ojos perdidos en una tristeza infinita.

Sin embargo, su rectitud mereció una larga serie de honores a partir de ese día y durante mucho tiempo. En cambio, Goalby no pudo disfrutar su victoria, que muchos consideraron manchada, aunque en realidad él no tuvo la culpa. Un año más tarde fue recibido bajo abucheos en Augusta. Acaso por única vez en Estados Unidos, el perdedor se convirtió en héroe y el ganador en villano...

“Siempre creí que el único tonto había sido yo, entonces no le podía echar la culpa a otro. Y esa actitud fue la que me terminó abriendo las oportunidades para viajar por todo el mundo. Gané reconocimiento. Si yo hubiera dicho: ‘Me hicieron trampa’, las puertas se me habrían cerrado. Al final, terminó siendo el mejor error de mi vida”, aseguró una vez.

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