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Está de vuelta: Tomás Costa tras una mala experiencia

El volante estuvo cuatro meses sin jugar: temió que su vida sin fútbol lo atrapara y no lo dejara regresar.

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Costa

Tomás Costa recorría Bahía Blanca en bicicleta. Buscaba casa para que su esposa Micaela y su hija Lola, se le puedan unir en su nuevo destino. Es que el argentino, que rescindió su contrato con Peñarol en abril, firmó con Olimpo. “Esta es una ciudad de 200.000 habitantes, muy tranquila. Y la gente en la calle no te conoce ni te saluda, son todos hinchas del básquetbol. Acá es todo cerca, por eso ando en bici”, dijo Tomás. “En el plantel de Olimpo hay solo dos jugadores de Bahía Blanca, los demás son todos de afuera, y como yo llegué tarde ya se habían agarrado todos los apartamentos amueblados”, contó entre risas.

Durante estos cuatro meses sin fútbol, Costa se dedicó a disfrutar de estar nuevamente en su país, y sobre todo de su hija Lola, que hoy cumple un año. “Al principio no interactuaba mucho porque su mundo era su mamá, pero ahora apenas me ve se empieza a reír”, explicó con el babero puesto. “Nunca me había costado irme y ahora la extraño muchísimo. Por suerte hay video llamadas y todo eso. Yo cuando me fui a Portugal estuve seis meses sin ver a mi mamá, salvo por alguna foto en la computadora”, recordó sobre cuando se fue a jugar a Porto con poco más de 20 años.

En un momento temió que esos meses de tanto disfrute lo alejaran del fútbol. “Nunca había estado de vuelta en Argentina por tanto tiempo, tenía miedo de distraerme y que eso me jugara una mala pasada. Si dejaba pasar el tiempo me iban a dar ganas de seguir así, jugando al padel, al tenis, pescar con mis amigos. O ir a mi pueblo a ver a mis viejos. Por eso miraba de reojo las posibilidades, porque quiero disfrutar de jugar un tiempo más”, aseguró.

“Hoy estoy contento de volver a jugar y yo quería un lugar así, como Olimpo. Como no podía jugar copa, porque ya lo había hecho en Peñarol, no pude arreglar con clubes que juegan Sudamericana y Libertadores, y eso achicó bastante el margen. Además, quería quedarme en Argentina y las posibilidades que surgieron eran de lejos. Y con la beba no queríamos estar lejos de mis papás y de los de mi esposa y no permitirles disfrutar de la nieta. Tenía muy buenas referencias de Bahía Blanca, una ciudad chica y coqueta. Además, conozco a Sciaqcua, el técnico. Me cerraba bastante y acá estoy. Obvio que son otros objetivos, pero los disfruto igual”.

PEÑAROL. Al mirar atrás, reconoce que su pasaje por Peñarol no fue lo que esperaba. Llegó de la mano de Pablo Bengoechea, pero el riverense fue cesado casi enseguida. Con Jorge Da Silva fue con quien más jugó, porque con Ramos fue titular un solo partido. Es más, quiso mandarlo a la Tercera División y entonces rescindió su contrato. “Uno trata siempre de quedarse con lo bueno, la gratitud a la gente que me ayudó, los que conocí en la ciudad. De los compañeros con los que pude hacer una relación más allá del vestuario. En lo futbolístico, obviamente, no fue lo que esperaba, tampoco la forma de irme. Nunca me había tenido que ir de un club de esa manera. Antes que el técnico me dijera que no me iba a tener en cuenta yo ya venía pensando en la posibilidad de irme, porque pasaban cosas que no me gustaban. No me gustaba el trato del entrenador ni su forma de llevar adelante el equipo. Pero en ningún momento supuse que me podía plantear algo así. Entonces yo le dije que mi idea era irme, que no quería molestar y mucho menos ocupar el lugar de un chico en Tercera División. No quería quedarme entrenando en Tercera sólo para cobrar un sueldo. En momentos de incertidumbre, cuando no jugás y la pasas un poco mal, de repente conocés personas y te das cuenta de muchas más cosas que cuando te va bien. Porque cuando te va bien, todo es color de rosa”, explicó.

“Yo ya me había dado cuenta de algunas actitudes del técnico que no comparto. Pero no sólo en lo futbolístico, no las comparto por un tema de educación. Y no sólo para conmigo, sino un montón de cosas injustas que pasaban. Yo no iba a jugar y estaba perdiendo el tiempo. Por eso creo que fue la decisión correcta de mi parte. Aunque obviamente, eso me trajo problemas, porque durante estos meses me llamaron cinco técnicos que se quedaron con la palabra rescisión. Porque siempre se piensa que la culpa de rescindir, de irse mal o de abandonar algo, es del jugador. Y uno no se va a poner a explicar todo y tampoco se trata de ensuciar gente. No me gustaba explicar una situación que no pasó por mí. Por suerte puedo mirar a la cara a cualquier persona de Peñarol”, enfatizó convencido.

En el partido frente a Jorge Wilsterman, el debut del equipo de Ramos en la Copa Libertadores, en el que Peñarol cayó 6 a 2, Costa fue sustituido a los 42’, cuando ya estaban 3 a 0 abajo. Y quedó como el culpable, aunque esa noche a nadie le salió nada. “Es más fácil señalar al extranjero sin representante, porque no hay que darle explicaciones a nadie. Al buen pibe que no dice nada y siempre trata de estar de buen humor. Es algo que creo que no se le debe hacer a ningún jugador. No me imagino a Martín Lasarte ni al maestro Tabárez haciéndole eso alguien. De los entrenadores que tuve no me imagino a casi ninguno haciendo algo así. Y no sólo por mí, también es terrible para el chico que entra. Estábamos en el baile y había que bailar. Es la diferencia entre tomar decisiones de forma educada o hacer lo más fácil y culpar a alguien del desastre”.

De todas maneras, Costa rescata las buenas cosas que le dejó Peñarol. Entre ellas a Walter Pereyra, con quien rescindió el contrato. “Y hace unos días hablé con Pablo Bengoechea y eso que lo tuve solamente 15 días. Es increíble que todavía tengamos la posibilidad de hablar. Yo felicitándolo por el campeonato con Alianza y él preguntándome dónde iba a jugar. Lo mismo con la familia entera del ‘Vasco’ (Aguirregaray) o con Diego Forlán, que cada dos o tres días nos mandamos mensajes. Y con otro montón de chicos. Además, que la gente te pregunte de donde venís y contestes de Peñarol da prestigio. Yo no le esquivo a eso por lo que pasó, se que haber jugado en Peñarol da prestigio”.

FUTURO. Tiene 32 años y el talento suele estirar la carrera de un futbolista. De todas formas, a veces, piensa qué va a hacer cuando llegue el momento de terminar. “Me gustaría tomarme un tiempo y hacer algo totalmente distinto para ver si realmente quiero seguir dentro del fútbol. Poner una distribuidora de materiales de construcción con mi suegro, o meterme yo en la construcción. No sé… Son cosas que me gustaría hacer, hay que ver si cuando llegue el momento me da para largarme. Dentro del fútbol estoy casi seguro que no quiero ser técnico. No sé si me gustaría llevar esa carga de tener que tomar decisiones de las que siempre alguien sale perjudicado. Tengo amigos que arrancaron a viajar y ser consejeros de algunos entrenadores. Ser parte de un cuerpo técnico pero sin estar adentro. Viendo las cosas de afuera. Como un asesoramiento. Aunque conozco jugadores que no querían ser entrenadores y cuando les faltaban meses para dejar se pusieron a hacer el curso. Les picó el bichito. Nunca se sabe”.

Tampoco le gustaría ser representante. “Lo viví en estos cuatro meses. A veces el trato de algunos representantes es desagradable. A mí me pasó hace ya un tiempo, de entrar a mi casa y encontrarme a una persona, a quien yo le había dicho que no quería ver ni hablar más, diciéndole a mi mamá si estaba dispuesta a irse a vivir a Mónaco. Y ella le contestó que no podía porque tenía a mi hermano chico y a los perros. La mayoría de esos tipos te quieren avasallar y ese trato es horrible. Eso no me gustaría. Espero que me guste lo de afuera del fútbol, para no hacer nada forzado”.

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El amor por los animales: una herencia

En Los Aromos cuando aparecía algún perro asustado o lastimado, algo que es bastante común, Tomás Costa se ocupaba. El argentino, tomó en ese sentido, el legado de Antonio Pacheco. No había día en que terminara la práctica y no fuera a hacerle unos mimos a “Losa”, el perro de la concentración. Un cruza con cimarrón que “Tony” rescató y curó después que lo atropellaran.

“En la casa de mi madre hay ahora siete perros. Integran agrupaciones que van castrando y rescatando a los peros de las calles y los ofrecen a familias. Y mi hermano Martín, tiene un bar en Oliveros, el pueblo nuestro, y de noche los clientes se tienen que bancar los perros porque no los deja afuera en el frío”, contó Tomás.

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