HACIENDO HISTORIA

La vieja tradición de ganar

Hace medio siglo, Uruguay ganó otro clásico rioplatense y otro Sudamericano en el Estadio Centenario, entre el golazo de Pedro Rocha y las polémicas por el juego fuerte. Pero fue el final de una época...

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Campeones. El equipo celeste del último partido con Argentina:

Hace 50 años, el remate de Pedro Virgilio Rocha surcó la noche y se estrelló en el fondo de la red de Antonio Roma. Como ordenaba la tradición, fue gol uruguayo, triunfo sobre Argentina y título sudamericano en casa. En el arco de la Colombes, como lo fueron los goles de Bibiano Zapirain en 1942 y Javier Ambrois en 1956. Y lo sería después el de Pablo Bengoechea en 1995, aunque frente a Brasil.

Sin embargo, el Campeonato Sudamericano de 1967 —denominación que se usaba más que el de Copa América entonces— marcó el final de una época, apurada por un fútbol que cambiaba a pasos agigantados. De hecho, el torneo no se volvió a disputar hasta 1975, y con un formato diferente.

Ya la Copa Libertadores y en general los compromisos de los clubes estaban copando todos los espacios en el calendario. Por eso, el certamen se redujo a seis equipos y a 15 días de competencia. Se establecieron por primera vez partidos eliminatorios (Chile dejó afuera a Colombia y Paraguay a Ecuador, a fines de 1966). Brasil y Perú decidieron no participar, aunque por otro lado debutó Venezuela. Y lo hizo curiosamente con la camiseta de Peñarol: como la vinotinto se parecía mucho a la roja de Chile y no tenían equipo de alternativa, vistió la aurinegra.

El interés por ver a los seleccionados extranjeros, incluso a la Celeste, tampoco era el de antes. El clásico rioplatense de aquel Sudamericano vendió 58.514 entradas, pero casi todo el resto de los partidos en el Estadio Centenario tuvo escaso público. Contra Venezuela, Uruguay colocó 6.334 localidades. Y el récord negativo se registró en la doble jornada Paraguay-Venezuela y Chile-Bolivia, con apenas 342 boletos.

La otra demostración de que ya mandaban los intereses de los clubes fue que los grandes limitaron la cesión de sus jugadores. Así, el plantel convocado por el técnico Juan Carlos Nino Corazo abundaba en futbolistas de las otras instituciones, algo poco usual entonces.

Este fue el plantel: Ladislao Mazurkiewwicz (Peñarol), Miguel Bazzano (Danubio), Jacinto Callero (Nacional), Elgar Baeza (Nacional), Carlos Martínez (Fénix), Luis Varela (Peñarol), Héctor Cincunegui (Nacional), Pablo Forlán (Peñarol), Omar Caetano (Peñarol), Juan Martín Mugica (Nacional), Carlos Paz (Racing), Julio Montero Castillo (Nacional), Ruben Techera (Nacional), Abayubá Ibáñez (Defensor), Héctor Salvá (Danubio), Pedro Rocha (Peñarol), Jorge Oyarbide (Nacional), Luis Vera (Fénix), Jorge Acuña (Sud América), Domingo Pérez (Nacional) y José Urruzmendi (Nacional).

Todos esperaban que el título se definiera entre Uruguay y Argentina, como había ocurrido tantas veces, en la última jornada. Los celestes vencieron a Bolivia (4-0), Venezuela (4-0), empataron con Chile (2-2) y vencieron 2-0 a Paraguay.

La definición.

Como Argentina ganó todos sus partidos previos, llegó al clásico del 2 de febrero con un punto más. El empate le alcanzaba para ser campeones y eso pensó su técnico, Jim Lopes (en realidad se llamaba Alejandro Galán, pero usaba el apodo de su época de boxeador)para adoptar un esquema defensivo, pese a contar en su ataque figuras como Raúl Bernao, Oscar Más y especialmente Luis Artime. Uruguay, con más entusiasmo que fútbol, fue al ataque.

Hubo pocas situaciones de gol en un encuentro marcado por los nervios y las fricciones. Hasta que, apenas pasado el cuarto de hora del segundo tiempo, el capitán argentino Antonio Rattin quiso parar una pelota cerca de su área. Enseguida lo apretaron Techera, Vera y Rocha. La tomó el salteño, que eludió a Calics y la metió contra un palo. Así se definió el Sudamericano.

Hubo más capítulos de las viejas tradiciones aquella noche. Una fue la del juego fuerte en las finales rioplatenses. Apenas comenzado el encuentro, Carlos Paz cruzó fuerte a Más y lo tiró contra la platea América, una acción que quedó en la antología de las patadas famosas. También Baeza tuvo duras entradas contra Artime. Claro que del lado argentino tampoco todas fueron rosas: Acevedo le pegó a Domingo Pérez y Albrecht a Oyarbide. Para completar las costumbres más típicas del fútbol de entonces, los argentinos se quejaron del clima del Centenario. "Pareció por momentos más la caza de un bestia en la selva que un partido de fútbol", afirmó Lopes. "Los argentinos son muy señoritas... Conversan mucho, se quejan demasiado y varios se arrugaron", argumentó Paz. Algunas versiones periodísticas, del otro lado del Plata, aseguraron que los equipos argentinos no vendrían más a jugar a Montevideo, tal como se había dicho luego del Mundial de 1930. Por supuesto, eso jamás se cumplió.

Dos días después de la conquista, los jugadores de Peñarol se unieron al resto del plantel, que estaba en Chile disputando un torneo amistoso. La Selección se desarmó hasta junio, cuando enfrentó a Brasil por la Copa Barón de Río Branco.

La Conmebol resucitó la Copa América en 1975, pero sin sede fija, con tres grupos eliminatorios, cuyos ganadores se sumaban al campeón anterior en las semifinales. Con las emisiones de televisión vía satélite aportando el grueso de los ingresos, en Argentina 1987 se volvió a la sede única. Después se dio lugar a seleccionados de Centro y Norte América, incluso una vez a Japón (singularidad deportiva y geográfica), hasta que el año pasado el trofeo emigró a Estados Unidos. Salvo los colores nacionales, poco quedaba de los antiguos Campeonatos Sudamericanos. Pero aquel golazo de Rocha sigue allí, en el fondo de la red de la Colombes.

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