HISTORIAS

Una vida llena de pasión, de sueños... y, ahora, de soledad

Disfruta el estadio, está orgulloso de su recorrido, pero hace seis años siente el desamparo de la presidencia.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Juan Pedro Damiani

El estadio me dio una gran tranquilidad de espíritu. Porque ser el hijo de una persona como mi viejo es una gran responsabilidad, y al mismo tiempo un gran orgullo. No es una carga, pero te dificulta apropiarte de las cosas que hacés", empieza a explicar a Ovación con la serenidad y seguridad que brinda arrellenarse en el sillón del living de su casa. "En el mundo empresarial me conocen hace 30 años como un laburante y como el que hizo de todo. Ahí, mi padre recorrió su camino y yo el mío. Sin embargo, en el fútbol no fue igual. ¿Vos sabés lo que sufría cuando movía cielo y tierra para hacer el estadio hace cinco años, y la gente decía que era humo, que era una maqueta? ¡No te imaginás! También te digo que a veces pienso que si el ‘Viejo’ hubiera estado, me hubiera dicho que estaba loco, y estoy seguro que muchísima gente que va a sacarse fotos al estadio también pensaría lo mismo. También: que estoy seguro que desde allá arriba, ahora debe estar loco de la vida. Como yo, porque mis hijos y mis nietos van a ir a ese estadio que va a quedar para siempre", subraya Juan Pedro Damiani, el presidente de Peñarol, el maratonista, el empresario, el padre, el pasional del fútbol, el peñarolense, el que alimentó grandes sueños y ahora camina hacia uno de los acontecimientos históricos en el fútbol uruguayo.

La charla pretende recorrer su vida, pero tras unos rodeos el tema inexorablemente vuelve al centro de su vida: el estadio. "Fue todo un tema personal", se apura a decir, y agrega: "Para ello conté con baluartes increíbles. Pereyra, Juan Fernández Methol, Barrera, Ruibal y Catino, y los gerentes. Tuve la virtud de convencerlos de que era posible. Por eso, lo de la credibilidad y lo que siempre me dijo mi Viejo: El dinero es finito, lo que hay tener siempre es que la gente te crea, porque la credibilidad, tu credibilidad es ilimitada".

Se confiesa feliz por haber liderado este proyecto. "Nadie creía. Este es un buen ejemplo de que siempre se puede. El estadio de Peñarol es una muestra de que todo se puede hacer. Solo hay que canalizar la pasión".

"Para mí, el único secreto que hay en la vida es soñar las cosas. Si las soñás, las imaginás y las visualizás, las podés conseguir. Hay que convencerse que se puede. Fijate que corrí dos maratones, la de Nueva York y la de París. Y eso te deja enseñanzas, porque te tenés que mentalizar. Fijate que el entrenamiento máximo es de hasta 30 kilómetros, el resto es mentalización. Y si te ponés a pensar que vas a correr desde la Plaza Independencia hasta Atlántida, es una locura, pero si te mentalizás lo conseguís", reflexiona. Y confiesa: "El mejor momento del día es cuando corro. Es una terapia. Ahí surgen las mejores ideas. Aquel maratón de Nueva York, que corrí con mi amigo Rafael Giménez, fue muy emotivo y una experiencia inolvidable. Varias veces decía qué estoy haciendo acá. Pero después, ¡no podía entregarme! Mis hijos me seguían por Internet".

Recuerda cuando con 7 años estaba en el vestuario de los campeones de América y del Mundo de 1966, cuando con su padre viajaba con los históricos jugadores, iba a los hoteles y compartía los años más gloriosos. Nunca fue mascota, ni colecciona camisetas de jugadores. Su mayor alegría fue la Libertadores de 1987; y expresa que se está preparando para su retiro, aunque cuando mira al futuro siempre se visualiza en Peñarol, "en algún lugar en el que el club me necesite". Y agrega: "Me estoy preparando para irme porque sé que va a ser doloroso; Peñarol es mi vida. Incluso cuando descubrí en los últimos seis años que el lugar del presidente es de gran soledad. De soledad en las decisiones, porque cuando ganás ganamos todos, pero cuando perdemos, pierde el presidente. Rendís examen todas las semanas. El estadio es fantástico ahora, pero si no se hacía... ¡el boludo era yo! Siempre digo que después del presidente de la República, el de Peñarol y Nacional son los cargos en los que estás más expuestos. Mucha gente que cree que es muy sencillo, pero no, no lo es. Manejar pasión debe ser de las tareas más difíciles. Aunque también te digo que nadie me obligó y disfruto todo esto".

"Queremos que la gente vaya feliz al fútbol".

"¿Querés ver una foto? Hace seis años tenía el pelo negro, y más pelo", reflexiona sobre los efectos que promovieron el tiempo que lleva como presidente en Peñarol y la forma en que las exigencias de una rutina sin pausas lo "envejecieron". "Mirá que nadie me obliga, lo disfruto", se apura a aclarar.

Cumplido el sueño del estadio, ya renovó la lista: "Ahora, el próximo es ganar una copa internacional en casa".

El tema del estadio vuelve a la charla. "Para mí, es un hito hasta desde el punto de vista personal. Hice una transición muy fuerte en Peñarol, de ser un club tradicional a llevarlo a una institución moderna, con el gran hándicap que no podía decir nada de las cosas que mi viejo no estaba haciendo bien, porque era mi viejo y mi amigo. Me tuve que callar, porque cualquiera que asume una conducción echa la culpa a los demás. Ese recorrido fue durísimo y vos lo viste, cuando escribiste sobre el tema. Hoy el club cambió. Y la verdad es que solo nos faltó ganar un poco más".

Ante la pregunta de si le salió caro el estadio, respondió: "Lo que conseguí fue hacer viable un plan de negocio y me rodeé muy bien. Compré la tierra, la cedí al club y voy a ser el último en cobrar". Y agregó: "Está estudiado que el hecho de tener tu propio estadio cambia el respeto del hincha hacia el fútbol, porque se sienten como en su casa. No queremos que al fútbol vaya el público del Teatro Solís, porque iríamos en contra de la tradición y la historia, queremos el aliento y la hinchada, pero sin ese pequeño grupo de delincuentes. Queremos un fútbol diferente, por eso gastamos una fortuna en audio. Cuando salga el equipo a la cancha queremos que canten el himno, como en el Bernabeu; generar una identidad y que la gente vaya feliz".

Cuando Juan Pedro habla de sus hijos, de su esposa Andrea y de su familia, se dibuja en su rostro una expresión de felicidad. Apunta sobre el pequeño Franco, el último de los Damiani: "Es muy parecido a mi viejo. Tiene esas salidas bien de él. El otro día sabía que las notas del colegio no habían venido muy bien, le pregunté y me respondió con un gesto (dedito para abajo). ¿Cómo vienen las próximas?, dedito para arriba me hizo".

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