SELECCIÓN

Uruguay tiene un cuadrazo para lo que viene

Tabárez tiene el desafío y la responsabilidad de lograr que el crecimiento individual potencie el juego colectivo.

Rodrigo Bentancur, Nahitan Nández, Lucas Torreira y Giorgian de Arrascaeta, figuras en sus clubes.
Rodrigo Bentancur, Nahitan Nández, Lucas Torreira y Giorgian de Arrascaeta, figuras en sus clubes.

El Uruguay de Óscar Tabárez, se sabe, es intenso. Bravo. Combativo. A nadie le gusta tener que batallar hasta el último suspiro del partido para ver si es posible derrotar a los guerreros uruguayos. El Uruguay de Tabárez, además, es capaz de generar pánico cuando la pelota queda en poder de sus temibles delanteros. Un pase medianamente bueno -eso es lo que los hace más grandes- para Edinson Cavani y Luis Suárez puede terminar generando el grito más representativo de esta tierra futbolera: “Uruguay no ma’”.

Pero la Celeste precisa tener algo más. Porque para dar otro salto hacia lugares de mayor privilegio en el fabuloso mundo de la elite del fútbol es imperioso entender que hay que evolucionar en otras características.

La realidad -por lo que se ve desde hace un buen tiempo- indica que al Uruguay de Tabárez le falta un poco más de codicia. Obtener un manejo más útil de la pelota. Que la posesión sirva para abrir las defensas, colarse a espaldas de los mediocampistas defensivos del rival. Que esa superación en el estilo de juego colabore en grado sumo para no depender tanto del contragolpe. Uruguay precisa tener serenidad en el control y más decisión para buscar los caminos hacia el gol. En pocas palabras, la Celeste precisa un mandato contundente: “llegó la hora de arriesgar”. De animarse a ser más agresivos en ataque, de meter pases más jugados. De sumar hombres en la transición ofensiva.

Todo ello es posible de conseguir. Y lo mejor de todo es que el Uruguay de Tabárez corre hoy con una gran ventaja: sus jugadores históricos siguen en un nivel deportivo muy alto y sus jóvenes promesas están creciendo con decisión. Van acelerando en su carrera, aprovechando las oportunidades que le entregan y colocando su nombre en lugares de privilegio.

A la Celeste, por cierto, no le van a faltar los futbolistas que defiendan una ley que ya está escrita en el ADN uruguayo, porque siempre se va a desbordar de rebeldía y nunca se dará por perdido un partido antes de que finalice. Y mucho menos antes de jugarlo. Pero lo bueno es que hoy a esa piel que los convierte en leones del fútbol se les agrega una característica que los engrandece: quieren ir para adelante. Nada de hacer la más fácil. Así lo demuestran con sus rendimientos en los equipos a los que defienden.

De hecho, los ejemplos más grandes y contundentes, brillan con esplendor en varias canchas del Mundo. La gran final de Copa Libertadores disputada por Nahitan Nández es el sello más representativo de lo que se tiene, de lo que se puede lograr.

Que sus números en el partido se hayan posicionado por encima de todos las estadísticas de las últimas cinco finales de Libertadores son el fiel reflejo de su trabajo. Que ya no es solo el de correr a todo el mundo y adueñarse de los duelos individuales. Su espectacular pase para Darío Benedetto terminó de confirmar que Nández es más completo de lo que la mayoría puede suponer porque se quedan con las pelotas a las que se tira sin problemas para trancar con la cabeza.

Y si Nández transmitió buenos mensajes para el maestro Tabárez, qué queda, entonces, para Lucas Torreira. Cuando en Inglaterra exfutbolistas ya son capaces de ponerlo en un pedestal histórico -lo comparan con Patrick Vieira- y la prensa habla del nacimiento de una nueva leyenda, es poco lo que puede agregarse para demostrar que el fraybentino va a colaborar cada día más para que el mediocampo de la Celeste preocupe e intimide tanto como lo hacen el “Pistolero” y el “Matador” en carrera al área.

Ellos dos no son los únicos que alimentan la ilusión de llegar a la Copa América de Brasil 2019 con un cuadrazo. Ir en búsqueda de la Copa número 16 para el sagrado historial de la Celeste no es para nada descabellado. Ni siquiera el Brasil ganador de Tite ni una determinación de Lionel Messi de regresar a la Albiceleste reduciría el grado de expectativa que se puede tener por un equipo que contará entre sus filas con un jugador más potenciado en el fútbol italiano.

Rodrigo Bentancur se ha convertido en algo más que una simple pieza de recambio en la Juventus y la superación deportiva, más la cantidad de minutos que ha ido ganando, entre otras cosas, es lo que ha permitido que se hable de una negociación en el próximo mercado por unos 60 millones de euros. Que lo observen con atención Barcelona y Real Madrid es como un regalo caído del cielo para este chico al que empezamos a descubrir en la Sub 20 de Fabián Coito.

Bentancur es -hay que remarcarlo- otro jugador completísimo. De largo recorrido, de buen manejo de pelota, que sabe tomar decisiones rápidas y que está superándose en contención y definición.

Juntarlos, amalgamarlos para que el destaque individual termine contribuyendo al fortalecimiento del juego colectivo es responsabilidad absoluta de Tabárez. Ahí está su gran desafío para 2019.

Como también tiene el reto de lograr que el mejor número 10 del fútbol brasileño, elegido por la propia CBF, termine de acoplarse a la Celeste. Porque si Giorgian De Arrascaeta logró que lo premien como el mejor número 10 en el país de los inventores del enganche no es por obra y gracia de la fortuna. Si pusieron el ojo en él es porque hizo los méritos suficientes. Alcanzar una recompensa para un extranjero es siempre un desafío mayor en cualquier parte, y mucho más en la tierra donde agudizaron su crítica para aplaudir a los talentosos gracias a los cracks que supieron regalarle al mundo.

Y, además de Nández, Torreira, Bentancur, De Arrascaeta, Tabárez va a recibir a Federico Valverde recuperado, con más chances en el Real Madrid. Que no es poca cosa el hecho de que lo dejen jugar, porque lo que hay que establecer es que ya es importantísimo estar en sus filas porque entrena y crece al lado de varios de los mejores futbolistas del mundo, así que mucho más el hecho de que lo tiren a la cancha.

Y también está Gastón Pereiro con un interminable destaque en el PSV, Maximiliano Gómez siendo tan protagonista como en la temporada pasada en el Celta de Vigo, Cristhian Stuani transformado en ídolo absoluto en el Girona y Camilo Mayada protagonista en la final de la Copa Libertadores con la banda roja en su pecho.

En fin, si el laboratorio en el Complejo Celeste es aprovechado para remontar la idea de tener una selección que pondere más sus atributos, que no se base exclusivamente en la planificación del juego a partir del control de las principales características del adversario -no significa que se deje de lado-, quizás se pueda terminar de concretar lo que se puede sospechar por la riqueza de sus hombres. Y no es otra cosa que armar un cuadrazo para llegar a Brasil con la firme convicción de que ganar la Copa número 16 de América es altamente posible.

un caso especial

Bruno Méndez y un gran ejemplo.

La doble fecha FIFA de noviembre pasado le pegó un portazo bien fuerte a una definición que se había transformado casi en una ley: “los jugadores del medio local no tienen ritmo internacional”. El zaguero de Wanderers, Bruno Méndez, además de demostrar que Fabián Coito tiene buen ojo y que en las divisiones formativas de varios equipos de Uruguay se trabaja muy bien, ratificó que acá hay categoría. Quizás solamente sea cuestión de trabajar, de implementar las horas de ensayo y de perfeccionamiento que permitan tener mayor cantidad de jugadores con nivel de Selección. Quizás hasta sea conveniente que se arme una categoría intermedia, para que muchos de los futbolistas que salen de la Celeste Sub 20 no terminen perdiéndose por el camino.

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