El Análisis

Aunque suave, un desagravio

El "Peta" Ubiña se debe morder el labio inferior al mirar desde el cielo, y el "Tito" Goncalves hará lo mismo en la casa.

Es que lo que pasó en La Boca, que fue grave, es una "peleíta" de niños en una guardería al lado de lo que pasaba en partidos importantes de la Copa en sus primeros 20 años.

En 1966 "falló" el ómnibus que esperaba Peñarol en el Hotel Alvear para ir a jugar la segunda final con River, los jugadores fueron al Monumental en taxis, y las últimas cuadras desde Av. Libertador a Figueroa Alcorta a pie, abriéndose camino entre gente, insultos, patadas y piñazos; y en 1969, el ómnibus que llevó a Nacional desde Buenos Aires a La Plata para jugar la segunda final con Estudiantes llegó sin un vidrio sano a la esquina de 54 y 1 donde quedaba el estadio de los "pincharratas"; y el plantel cruzó un campo de batalla para entrar al vestuario que una horda salvaje casi toma por asalto.

Por eso este fallo de la Conmebol, aún suave, es una especie de desagravio para aquellos que —no sólo "Peta" y "Tito"— bancaron lo que fuera, y hasta salieron campeones, en tiempos que no había cámaras y, aunque pasaba de todo... no pasaba nada.

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