JUEGO DE CABALLEROS

La serie que explica por que el fútbol es mucho más que un juego

El origen de la pasión por el deporte, el profesionalismo y los estilos dentro de la cancha están en la trama de la producción de Netflix

Un juego de caballeros
Una escena de Un juego de caballeros

Los partidos de fútbol más vistos por estos días quizás sean los que sostenían el Darwen FC y el Old Etonians en el siglo XIX, según la serie Un juego de caballeros de Netflix. Allí se relatan las historias de aristócratas y obreros detrás de una pelota, cuando este deporte solo se jugaba en campitos británicos.

La identificación de la clase obrera con el fútbol, la resistencia de los ricos para conservarlo como un entretenimiento propio, los antecedentes del profesionalismo, las incipientes tácticas, todo forma parte de la trama. Pero además de explicar la serie y el desarrollo del juego en Gran Bretaña, anticipa por qué el fútbol se convirtió no solo en el deporte más popular del mundo, sino en algo que trasciende largamente al juego.

La controversia detrás de esa rivalidad de la pantalla está presente en casi todos los clásicos del mundo, no solo a través de los futbolistas sino también, y por sobre todo, en los hinchas.

La forma en que la población pobre de la localidad de Darwen hace suyo al equipo es la misma que llevó a tantos a seguir a Peñarol, Nacional, River, Boca, Real Madrid o Barcelona: desde que el hincha dice “ganamos” y no “ganó el equipo que yo apoyo” existe una identificación plena entre el aficionado y su equipo. Eso no se encuentra en los deportes individuales, donde el aficionado podrá entusiasmarse con algún ídolo en particular pero nada más, y resulta mucho más antiguos que en otros juegos de conjunto. Por supuesto, habrá hinchas de Aguada o Goes a los que no les importe gran cosa los equipos de fútbol, pero no es lo más habitual.

¿Y por qué el hincha se identifica así con su equipo? Al fin y al cabo, no recibe ninguna medalla si es campeón, ni le toca un peso si el club concreta la transferencia de algún jugador. Para los pobladores de Darwen, la vida consistía en seis largas jornadas laborales a la semana, y las únicas perspectivas de cambio eran la rebaja del sueldo o el despido. El equipo de fútbol les permitía distraerse sintiéndose parte de algo mayor, que podía trascender a la dura rutina. Y en un campo donde se podía retar a los aristócratas tal vez con más posibilidades que en la negociación por los sueldos ante la asociación patronal.

En el siglo XXI, la creación de un equipo de fútbol tiene que ver más que nada con emprendimientos comerciales. Pero en los albores del deporte, los clubes tuvieron un origen social. Fueron fundados por personas que tenían en común algo más que su interés por jugar a la pelota: el hecho de ser amigos, compatriotas, vecinos, condiscípulos, compañeros de trabajo o incluso profesar la misma religión o sostener las mismas ideas políticas. Y cuya condición los ponía en la vereda de enfrente de otros grupos, con nacionalidad, profesión, barrio o religión diferente.

Por ejemplo, detrás del clásico de Glasgow Celtic-Rangers está el enconado antagonismo entre católicos y protestantes en Escocia, algo que explica la violencia que a menudo despertó ese partido. En Italia, el Milan fue fundado por ingleses, pero poco después una serie de malos resultados lo llevó a vetar el ingreso de futbolistas extranjeros. Esto molestó a algunos de sus miembros, que fundaron otro club, el Internazionale, cuyo el nombre dejaba en claro su política. Además, Milan se fue identificando con los sectores populares, en tanto el Inter se acercó a la burguesía lombarda.

El Barcelona, fundado por un suizo, encarnó sin embargo la defensa del catalanismo, que sostiene hasta ahora. La reacción contra lo “no español” en Cataluña llevó a la formación de la Sociedad Española de Football, luego denominado Real Español. Los términos “Real” y “Español” fueron vistos como un desafío por los hinchas del Barcelona.

Como los obreros de la textil de Mr. Walsh en Un juego de caballeros, existen clubes surgidos de fábricas: el PSV de la Philips, el Wolfsburgo de la Volkswagen, el Sochaux de Peugeot. De las compañías ferroviarias, que eran poderosas hace un siglo o más, surgieron equipos en todo el mundo.

También hay raíces políticas. Argentinos Juniors tiene como antecedente un club llamado Mártires de Chicago y Chacarita surgió de núcleos socialistas. Independiente fue fundado por jóvenes empleados de un gran comercio que eran discriminados por otros funcionarios y eligieron el rojo de su camiseta por el socialismo.

En el Uruguay la dicotomía que explica el surgimiento de los principales clubes y el propio desarrollo del fútbol fue doble: “criollos contra extranjeros” y “sectores populares contra sectores pudientes”. En esos parámetros se ubicaron los actores entre la última década del siglo XIX y la primera del XX, cuando se produjo un rápido proceso de nacionalización y popularización del juego.

Si bien Celtic sigue siendo esencialmente católico y Rangers estrictamente protestante, en otros clubes las características fundacionales se fueron atemperando con el paso de los años y el crecimiento de los núcleos de seguidores.

En el presente, se puede afirmar que el lazo de un hincha con su club es por lo común consecuencia de su herencia familiar: es el equipo al que lo llevaba a ver su padre o su abuelo cuando era niño, un vínculo que resulta difícil romper. Aunque hay muchos casos en que alguien comienza a seguir unos colores después de un resonante triunfo o como acto de rebeldía ante la tradición familiar.

Reglas y dinero. Las primeras reglas del fútbol fueron establecidas por los colegios privados ingleses, tratando de unificar las muchas variantes del deporte que sus estudiantes practicaban en los patios. El desarrollo del ferrocarril estimuló los amistosos entre equipos de diferentes ciudades, pero el problema era que cada uno jugaba a algo diferente. De ahí la necesidad de establecer normas comunes, que se esbozaron en Sheffield (1857) y se definieron en la Freemason’s Tavern de Londres en 1863.

Por esas iniciativas, la clase alta lo consideraba un deporte propio, lo cual queda claro en Un juego de caballeros. El equipo de Old Etonians estaba formado por los antiguos alumnos de Eton, uno de los institutos más elitistas, al punto que siempre se dice que pasaron por sus aulas 19 primeros ministros británicos, además de príncipes, militares y diplomáticos.

Pero esos colegios no inventaron el fútbol, simplemente adaptaron y luego codificaron actividades que entretenían a la población en prados y calles de las islas británicas desde la Edad Media. Algunos siguen jugándose hasta hoy en pueblos irlandeses o escoceses con bastante popularidad. En realidad, juegos parecidos al fútbol hubo entre los antiguos chinos, los mayas o los florentinos medievales, pero no desembocaron en el deporte actual.

En forma paralela a los colegios, jóvenes de todas las condiciones sociales también jugaban al fútbol. Para muchos se terminó convirtiendo en una salida laboral cuando quedó claro que el juego también se había convertido en un negocio.

El tema del profesionalismo de los jugadores no es menor en la serie de Netflix. La discusión sobre si era lícito pagar a los futbolistas dominó durante mucho tiempo en el mundo, aunque los ingleses fueron los primeros en resolverla, al aceptar el profesionalismo ya en 1885, aunque los dirigentes provenientes de las clases más acomodadas lo hicieron a regañadientes.

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