El adiós a Ghiggia

Sabiduría: "Todo tiene cura menos la muerte"

En abril de 2012, Alcides Ghiggia fue entrevistado por última vez por El País. Aquí un resumen de la charla.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Orgulloso. Siempre se mostró así cada vez que se ponía sobre el pecho la mítica camiseta Celeste. Foto: Archivo El País

Ghiggia a Julio Pérez, ¡Julio Pérez a Ghiggia! Ghiggia saca ventaja al marcador Bigode… entra al área buscando el tiro, ¡tiró! ¡Goool! ¡Goool uruguayo, gooooool uruguayo! ¡Ghiggia! Entró a la carrera el puntero derecho uruguayo, impulsó la pelota con gran violencia, entró entre Barbosa y el poste de la valla ¡Está ganando Uruguay frente a Brasil, aquí, en Río de Janeiro!". Más de 60 años después, Alcides escuchaba el relato apasionado de Duilio De Feo y seguía emocionándose. Sus ojos humedecidos evidenciaban un momento de gloria que quedó prendido a fuego dentro suyo y que pareció quedarse ahí para siempre. Él tampoco dejaba que se fuera.

Con 85 años, su memoria estaba intacta cuando hablaba de 1950. Recordaba con orgullo el momento en que fue citado a Los Aromos para entrenar con la selección mundialista. Inmortalizó el instante en que el capitán Obdulio Varela le dio la bienvenida y el joven puntero tan solo llegó a agradecerle tratándolo de usted. Celebraba el vestuario sin música, a diferencia de los actuales, pero con muchas charlas íntimas y los chistes de Juan Burgueño, "el más rompe cocos", decía con una sonrisa. Rememoraba las concentraciones en el hotel brasileño en que "los más experientes eran los que mandaban, no se podía andar de juerga y menos que menos tener sexo". Tampoco se podía salir solo por la ciudad y todas las compras se hacían en grupos de cuatro o cinco personas, incluso el día después de ser campeones y a pocas horas del regreso a casa. Defendía los entrenamientos en doble turno que tenían en aquel entonces y las partidas de cartas que se armaban entremedio para matar el tiempo libre. Y perpetuaba la imagen de él en andas, alzado por sus compañeros, mientras todo un estadio permanecía en silencio.

Había aspectos del Ghiggia de ese entonces que mantenían la esencia de esos sucesos imborrables. Seguía siendo el mismo hombre de piernas largas que caminaba a la ligera y que parecía saltar cuando subía y bajaba las escaleras. Un cuerpo prodigioso, sin colesterol, sin hipertensión y ninguna nana de la edad. ¿El secreto? "Los días que está lindo camino hasta 10 kilómetros y como de todo, salvo carne roja porque me aburre y la aguanto sólo unas tres veces al mes", contaba con la voz baja, casi imperceptible.

El alcohol nunca le gustó y muy esporádicamente se tomaba una copita de vino. Sí fue adicto al cigarro, vicio que abandonó en 2009 con la misma determinación que tuvo cuando enfrentó a su padre para convencerlo de que lo dejara dedicarse al fútbol, a lo que éste respondió: "Bien botija, pero si no triunfás tenés que conseguirte un laburito".

Y así fue que laburó de lo que le gusta hasta los 42 años. También fue director técnico en Peñarol y ganó siete de los ocho partidos que dirigió, "hasta que se venía el clásico contra Nacional y dos dirigentes contrataron a un entrenador chileno. Me tuve que ir por la puerta de atrás, después de eso no quise saber más nada de fútbol". Fue empleado de un casino municipal, del que conservaba la jubilación que junto a una pensión graciable sumaban unos $ 30.000 de entonces y eran su entrada para vivir. Y fue instructor de manejo en una academia de Las Piedras en la cual conoció a su esposa, de entonces, 45 años más joven que él.

"Ella me hace caso porque yo tengo más años", decía, aunque sabía que era su mujer quien llevaba la administración del hogar. Y agregaba: "¡Qué voy a estar con las de mi misma edad, traen problemas! A mi edad necesito conseguirme alguien que me cuide".

Con ella no tuvo hijos. Sí dos con su primera esposa. Ambos vivían en Montevideo y casi no hablaban de su padre. El varón es biólogo y trabaja en una empresa de informática. Es el único de la familia que siguió ligado al deporte y culminó el curso de entrenador, pero no ejerce. La hija tenía una clínica de masaje y entonces trabaja en un centro privado. Alcides tenía cinco nietos y un bisnieto. Cuando le avisaron el nacimiento de este último, confiesa, se sintió más viejo.

De camino por la calle la gente lo saludaba y más de uno le pedía un autógrafo. Él presentaba a su mujer y hay quienes no le creían por la diferencia de edad; estaba acostumbrado.

Pero "el cariño del público es otra inyección de vida", decía y se mostraba agradecido con el pueblo uruguayo.

No así a sus gobiernos. "Están en deuda conmigo", decía. "Tengo más reconocimiento en otros países que en el mío propio", agregaba molesto.

Eso le dolía y lo demostraba. "El Estado nunca nos respaldó", repitió varias veces en la entrevista y recordaba lo que le había sucedido en Brasil años antes: "Fui invitado a una fiesta y me encontré con un ministro uruguayo (prefirió no revelar la identidad) y me dijo: `El país le debe mucho`. Y yo le respondí: `No, ustedes son los que me deben`. Se produjo un silencio brutal".

Varios de sus compañeros mundialistas murieron en la pobreza y el olvido, y, por más que Ghiggia reconocía que él nunca pasó hambre, la realidad es que vivía sin lujos en Las Piedras.

Cada tanto aprovechaba a hacer la diferencia cobrando las entrevistas internacionales, "porque a los periodistas uruguayos sé que si les cobro no me hacen la nota", contaba.

La televisión alemana llegó a pagar unos 26.000 euros para un documental especial que incluyó la ida del expuntero celeste hasta el Maracaná.

"Otros creen que la plata para hacer mi casa la generé vendiendo la medalla del campeonato mundial y es mentira", aclara.

En aquel entonces no se entregaban medallas. "Recién al regreso la AUF nos dio una medalla de plata y a los dirigentes de oro.

Los jugadores no la fuimos a buscar. Al tiempo otro presidente de AUF nos dio la de oro y allí sí fuimos. Esa la tengo en casa", contaba.

Alcides tuvo la oportunidad de ser un astro en su tiempo. Jugó ocho temporadas en la Roma y una en el Milan, rodeado de flashes fotográficos, salidas nocturnas y primeras planas. Incluso, fue acusado de abuso a una menor de edad. El fallo favoreció al jugador, aunque aclaraba: "Fue lo peor que me pasó en la vida".

De regreso a Montevideo se separó de su primera mujer y se dedicó a jugar los últimos años de su carrera en Danubio y Sud América, en donde coincidió con Óscar W. Tabárez, "un muchacho calladito y buena gente, como ahora", dice.

De esas épocas, sin contratistas y auspiciantes, Alcides recuerda que el fútbol "era más allá de todo un espectáculo para divertir". Se jugaba con un punta, existía la doble pared, los deportistas eran pícaros y por la falta de videos se estudiaba al rival en los primeros minutos del encuentro.

Al ser entrevistado contaba que no veía el fútbol uruguayo, se aburría y cambiaba de canal. Prefería hacer otras cosas y vivir la vida, porque, como dijo entonces: "Todo tiene cura menos la muerte".

La última foto.

Alcides Ghiggia, el último de los héroes de Maracaná, estuvo ayer internado en la emergencia de Médica Uruguaya. Aunque ya no se encontraba bien se prestó para la foto que una de las funcionarias quiso sacarse con él. Es que no era fácil resistirse a una figura de su talla.

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