HISTORIAS MUNDIALISTAS

Los primeros campeones del mundo de fútbol

Si los mundiales son hoy un acontecimiento gigante se debe al éxito de su primera edición, hace 88 años en Montevideo. Y el triunfo celeste completó la triple corona junto al oro olímpico de 1924 y 1928. Pero no todo resultó tan sencillo...

Uruguay campeón del mundo en 1930. Foto: archivo El País.
Uruguay campeón del mundo en 1930. Foto: archivo El País.

La historia de la participación uruguaya en la Copa del Mundo está profundamente asociada con el propio nacimiento del torneo: si hoy se trata del acontecimiento deportivo más grande y redituable del planeta, todo se debe a que la primera edición, realizada en Montevideo en 1930, resultó un éxito.

Claro que traer apenas a 12 selecciones extranjeras, de las cuales cuatro eran europeas y el resto americanas, resultó una tarea titánica, que estuvo a punto de fracasar varias veces, pero al final pudo rodar la pelota del gran certamen global. Para el hincha uruguayo de entonces, el Mundial del ’30 significó una nueva oportunidad para festejar un título, para mejor ante los hermanos-adversarios argentinos. Es que el planeta fútbol era tan chico en sus inicios que el mayor horizonte había sido vencer a los argentinos.

Uruguay llegaba con las medallas de oro olímpicas de 1924 y 1928, que de hecho también representaron un argumento para que el país obtuviera la sede del torneo. Sin embargo, repasando la prensa de 1930 se puede comprobar que nadie daba por conquistado de antemano el título.

Algunos de los héroes olímpicos ya comenzaban a ponerse veteranos: Héctor Scarone tenía 32 años, Lorenzo Fernández 30, Pedro Cea y José Nasazzi 29. Habían aparecido nuevas figuras, pero nadie sabía todavía cuál era su alcance. Por eso, los dirigentes encargados de formar la Selección, como se estilaba en tiempos sin directores técnicos, quisieron observar a más de 50 jugadores en los meses previos del torneo. Los citados jugaban partidos entre ellos y en base a ese simple procedimiento se sacaban conclusiones. Y esas conclusiones no debieron ser buenas, porque la comisión de selección renunció a mediados de mayo, dos meses antes del Mundial.

A fines de junio, una nueva comisión designó el plantel definitivo de 22 hombres. La nómina originó polémicas e incluso la formación de un “comité pro desagravio a los jugadores injustamente excluidos de la Selección”.

Otro motivo de preocupación venía de un año antes. En 1929 se disputó en Buenos Aires un Sudamericano, donde no solo se perdió ante Argentina sino también con Paraguay, por lo cual los celestes terminaron terceros.

La última práctica previa al Mundial se realizó el 12 de julio en el Parque Central. Y la prensa no quedó conforme.

Uruguay debutó el 18 de julio ante Perú, el día de la inauguración oficial del torneo y del Estadio Centenario. Fue una tarde llena de angustia, resuelta solo con un gol del Manco Héctor Castro.

Para el segundo partido, contra Rumania, se realizaron cambios: en particular, entraron Héctor Scarone y Peregrino Anselmo, que le cambiaron la cara al equipo. Así, se ganó 4-0 y se brindó lo que en su momento se calificó como la mejor exhibición del campeonato.

Con esos dos triunfos, Uruguay ya estaba en las semifinales, una diferencia notable con el largo y riguroso camino que exigen los mundiales contemporáneos. El rival fue Yugoslavia, que comenzó ganando pero luego recibió seis goles.

Todos los pronósticos previos adelantaban una nueva final rioplatense, como en Amsterdam. El sorteo, pero también la superioridad de ambos equipos, lo hizo posible. Para ese encuentro, salió Anselmo y regresó Castro. Todos estaban de acuerdo, incluso los jugadores involucrados, que para la final se necesitaba más la combatividad del Manco que la exquisita pero inconstante técnica de Napoleón.

La final fue tan dura como se esperaba e incluso Argentina se fue al descanso en ventaja, tras dar vuelta el 1-0 inicial de Dorado para los celestes. Mil historias se contaron sobre lo ocurrido en los vestuarios durante el intervalo, entre las preocupaciones y las arengas en el de Uruguay y los temores, fundados o no, en el de Argentina, que sentía su condición de visitante.

En el segundo tiempo las cosas cambiaron. Cea empató con tiro corto e Iriarte marcó el tercero con un remate de lejos. Siguieron algunos minutos inciertos, con Argentina buscando el empate, hasta que un cabezazo del Manco aseguró la victoria de Uruguay, entonces y por siempre campeón del primer Mundial de fútbol.

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