SELECCIÓN

La polémica de moda

El juego de la selección en la Copa América generó un debate en el que se maneja un argumento falso.

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Cuarentón. En el Mundial del 90, Tabárez se quejaba del poco tiempo con los jugadores. Foto: Francisco Flores

A raíz de la participación de Uruguay en la última edición de la Copa América disputada en Chile, tanto en el plano periodístico como en el ámbito popular, resurgió una polémica que en nuestro país, a esta altura, se puede decir que es de larga data: la que tiene por eje central el estilo de juego de los equipos uruguayos.

Por supuesto, el disenso aparece cuando el resultado no es favorable, porque las veces que la selección juega como en Chile, que en lo que respecta al estilo —austero, cauto— no difirió mucho de cómo lo había hecho, por ejemplo, en la Copa América que ganó en Argentina cuatro años antes, no se escuchan ni se ven discrepancias: así está bien, nadie dice nada.

Mentira.

Más allá de eso, que es normal y entendible, al fin y al cabo, hay una desinformación histórica gruesa en la base de uno de los argumentos de la discusión: el que sostiene que "es mentira que el fútbol uruguayo jugó siempre así", poniendo énfasis en la defensa y el contraataque; o, dicho con otras palabras, en "limitar primero las fortalezas del rival" para después, afirmado sobre esa base, "explotar sus debilidades", según lo define siempre, y muy bien, el propio maestro Tabárez.

En ese sentido, entonces, si acaso por aquello de que para muestra basta un botón, vale ahora rescatar un testimonio que parece, si no terminante, al menos interesante: en una entrevista publicada por El País en 2006, Luis Maidana dijo acerca del fugaz —y en buena medida frustrado— pasaje en los primeros meses de 1962 del técnico húngaro Bela Guttman por el Peñarol de Goncalves, Rocha, Sasía, Spencer y Joya: "El hombre sabía, no hubo entendimiento de parte nuestra; él quería que jugáramos de primera, que hiciéramos esos cambios de frente típicos de los europeos, y acá estábamos acostumbrados a otra cosa, a defender la chacrita, a jugar de contragolpe y después meter el centro".

Costumbre.

Eso ocurría en 1962 y, según el testimonio genuino, cargado de propiedad, proveniente de quien no en vano fue el arquero titular de Peñarol entre 1954 y 1965, y uno de los tres de la selección en el Mundial que se jugó en Chile, ya era costumbre; o sea que venía, por lo menos, de los 50. Más de 60 años.

En suma, en ningún aspecto de la vida es bueno quedarse en el pasado. Lo mejor, y saludable, es cambiar, reciclarse, "aggiornarse" como el fútbol uruguayo —sobre todo a nivel de los clubes, más que de la selección— lo intentó a través del tiempo en varias oportunidades (ver nota aparte); y como Luis Cubilla lo sugirió en la primera mitad de la década de los 90, cuando era el entrenador celeste, aunque en aquel entonces sus palabras tal vez pasaron desapercibidas e incluso hasta se perdieron en medio de la polvareda que levantó el conflicto que separó al técnico de los jugadores denominados repatriados: "El fútbol uruguayo debe buscar una forma moderna, pero uruguaya, de jugar".

Idiosincracia.

O sea: hay que modernizarse, pero sin soltarse del ancla que representa la idiosincrasia; y, volviendo al caso del estilo de juego que mostró "la Celeste" en la Copa América, apuntando a tener algo más de eficacia ofensiva que la que Uruguay tuvo en Chile, pero sin perder de vista que el argumento que sostiene que "es mentira que el fútbol uruguayo jugó siempre así" es erróneo, quizá fruto del desconocimiento: por juventud o ignorancia.

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