Clásico

Un partido de cabeza

Los centros, las segundas pelotas y el juego de alto marcan algunas fortalezas y debilidades de Peñarol y Nacional que pueden ser gravitantes para el resultado del clásico

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Piriz

Los clásicos se juegan a punta de corazón. Con alma. Sin embargo, al menos para ganarlos, hay veces que con eso no basta: hay que poner cabeza, atención; y, claro: atributos técnicos, virtudes, al mismo tiempo que cuidado para evitar las fallas.

El de hoy no es una excepción, por supuesto; y en ese sentido, repasando las campañas de Peñarol y Nacional en lo que va del Torneo Clausura se verá que frente a la necesidad de reunir ese combo de factores para tratar de conseguir un resultado favorable, aurinegros y tricolores están relativamente iguales —o más o menos similares— en cuanto a que es poniendo cabeza, justamente, y quizá como nunca, que podrán salir adelante. En dos aspectos: uno real, y otro por ahí más imaginario, pero igualmente gravitante.

Es que haciendo esa retrospectiva visual referida a los goles que hicieron y le convirtieron a ambos, es posible concluir, por ejemplo, que en el juego de alto "se entrecruzan" sus fortalezas y aparentes debilidades.

Esto es, no resulta imprescindible andar con una brújula y un mapa para "rastrear" que la principal zona de gestación ofensiva de los dos grandes está en las bandas: de un lado Urretaviscaya en la derecha y Diogo y "Japo" Rodríguez en la izquierda, y del otro Barcia sobre un flanco y De Pena y Espino en el sector opuesto de la cancha. Sin embargo, ambas usinas generadoras parecen tener una misma manera —o hilo conductor— para descargar esa energía sobre las defensas rivales: a veces, los pases al medio y por abajo, pero en la mayoría de los casos, los centros y el juego de alto.

Allí, entonces, la radiografía muestra que Peñarol hizo cinco goles de cabeza y que fue a través de envíos aéreos que consiguió diez tantos; mientras que Nacional ha sido aún más contundente en ese plano: anotó seis goles de cabeza y once fueron "concebidos" por arriba, en el juego de alto.

El tema es que, por contrapartida, frente a esas armas de uno y otro, cada uno a su vez expone una contracara: al Nacional cabeceador y fuerte de arriba en el área adversaria, donde se destaca la eficacia que tuvieron De Pena y Barcia, se le antepone una defensa de Peñarol a la que los cuadros chicos le metieron seis goles gestados por centros lanzados por los rivales; y frente a una ofensiva aurinegra en medio de la cual resalta la artillería aérea de Píriz, se yergue —no muy sólida, aparentemente— una estructura defensiva tricolor a la que la vulneraron con tres goles de cabeza y siete con centros que tuvieron el efecto devastador de verdaderas granadas de mano.

Por si todo lo anterior no resultara gráfico, es posible reparar otro dato: el de las "segundas pelotas" que, como agregado del referido a los centros, surge en la mayoría de los casos a través de la jugada posterior a una nacida en envíos altos.

En este nivel, Peñarol hizo pocos goles en la "segunda pelota", es cierto: sólo dos; pero a Nacional le metieron ¡siete! de esa forma: una cifra que parece demasiado. A su vez, a los aurinegros no le convirtieron mucho de esa manera, pero los tricolores resultaron mortíferos al esgrimir la citada arma: anotaron, también, ¡en siete oportunidades!

Así que hoy, para ganar, tanto uno como otro va a tener que poner cabeza: para hacer goles y evitarlos; y para tener la atención y concentración necesarias a efectos de que los rebotes no sean tan o más determinantes que aquellos en el resultado.

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