FUERA DE SERIE

El paracaidista nazi que se hizo arquero y fue ídolo del Manchester City

Bert Trautmann peleó por Alemania en la Segunda Guerra Mundial, asistió a todos sus horrores, cayó como prisionero, decidió quedarse en Inglaterra  y terminó condecorado por la reina Isabel

Bert Trautmann
Bert Trautmann

"Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”, decía Ortega y Gasset. Bernhard Trautmann fue sometido a las más terribles circunstancias que puede atravesar un ser humano, desde la guerra a las pérdidas personales. Las superó y convirtió el odio (entendible) de miles en cariño. En otras palabras, de nazi pasó a ídolo.

El resumen de su vida parece un argumento de película: paracaidista casi adolescente de la Luftwaffe alemana, prisionero de guerra en Inglaterra, empezó a jugar de arquero casi de casualidad y terminó como figura del Manchester City, al punto de jugarse la vida para salvar su arco. Pero hubo otras cosas, más allá de la vista de la tribuna: decisiones personales que provocaron dolor a otros y fuertes remordimientos en él. Y la eterna duda de saber cómo hubiera sido todo si un día se hubiera rebelado contra lo que el adoctrinamiento le impuso.

El día más famoso de su carrera todavía es leyenda en Inglaterra. El City disputaba la final de la FA Cup 1956 en Wembley ante el Birmingham. Cuando faltaban 17 minutos, se tiró a los pies de un rival para evitar el gol. Sintió un fuerte golpe en el cuello, pero siguió en la cancha y fue parte del triunfo de su equipo por 3 a 1. Levantó la copa y fue a la cena de festejo, aunque seguía dolorido. Cuando fue revisado más a fondo, tres días más tarde, se comprobó que se había roto una vértebra del cuello: pudo haber muerto o terminar paralizado.

La historia de Bert, como fue luego llamado en Inglaterra, empezó muy lejos del fútbol. Nació en Bremen, Alemania, en 1923. Creció mientras surgía el nazismo. En ese ambiente se unió a las Juventudes Hitlerianas. Según contó después, vio en Hitler la “firmeza” que no encontraba en su padre alcohólico. Cuando estalló la guerra se presentó como voluntario y lo enviaron a la Luftwaffe (fuerza aérea) como paracaidista. Tenía 17 años...

Sus peripecias de guerra fueron terribles. Salvó su vida de milagro en un par de ocasiones. Fue hecho prisionero tres veces y escapó las tres. Recibió la Cruz de Hierro por su valentía. Pero él admitió en su autobiografía que no lo era tanto: “Cuando sos un niño, la guerra parece una aventura. Luego, cuando estás involucrado en la lucha, es muy diferente, ves todas las cosas horribles que suceden, la muerte, los cuerpos, el miedo. No podés controlarte. Todo tu cuerpo está temblando y estás haciendo un desastre en tus pantalones".

En Ucrania fue testigo involuntario de una masacre. Junto a un compañero paracaidista cayeron cerca de un bosque, donde un Einsatzgruppen, un escuadrón de la muerte paramilitar nazi, estaba ametrallando hombres, mujeres y niños en una trinchera. Ambos escaparon corriendo porque podían ser fusilados: los Einsatzgruppen no admitían testigos. “Si hubiera sido un poco mayor, probablemente me habría suicidado”, contó.

Un mes antes del final de la guerra fue capturado de nuevo y trasladado a un campo de prisioneros en Lancashire, Inglaterra. Tenía solamente 22 años.

Allí clasificaban a los prisioneros en tres categorías: los que no eran nazis, los dudosos y los nazis. Trautmann quedó en este último grupo, destinado a la reeducación. Con él resultó difícil, porque era duro y arrogante. Pero las imágenes de las matanzas y de los campos de concentración que le mostraban todos los días fueron cambiando su mente y abriendo una brecha en su corazón.

También había ratos libres para jugar al fútbol. Lo hacía en el medio. Un día, por una lesión, fue al arco. Y le gustó.

Poco a poco las medidas de seguridad fueron aflojando. Comenzó a salir del campo y así conoció a una muchacha, Marion Greenhall, con quien tuvo una hija, Frida. No soportó las obligaciones de la paternidad y las abandonó.

Pese a que el arco era nuevo para él, mostró grandes aptitudes. Era ágil, alto, arriesgado. Y en 1948 terminó firmando como profesional para St. Helens Town, equipo de una liga regional. Fue así que el City se fijó en él a fines de 1949.

La noticia causó conmoción en Manchester. El club siempre tuvo numerosos hinchas judíos, por lo cual 20.000 personas se congregaron fuera del estadio para repudiar su contratación. Recibía todos los días amenazas de muerte. Lo salvó una carta que el rabino Alexander Altmann, cuyos padres fueron asesinados en el Holocausto, envió al Manchester Evening Chronicle pidiendo que no culparan a Trautmann por todo lo hecho por los nazis. También lo defendió el capitán del equipo, Erc Westwood, quien había participado como soldado en el desembarco de Normandía.

Poco a poco fue conquistando a los aficionados con sus atajadas. Se ganó la idolatría de los hinchas del City y el respeto de las hinchadas rivales. Además, no quiso regresar a Alemania: declaró que ya se sentía británico. Su tarde de mayor gloria fue aquella de 1956, cuando puso su vida en peligro para salvar su arco. Fue el primer golero y el primer extranjero en ser elegido futbolista del año en Inglaterra, en ese 1956. Defendió al club celeste durante 15 años, con 545 partidos.

Antes del Mundial de 1954 se habló incluso de su convocatoria para el seleccionado alemán, pero el técnico Sepp Herberger pensó que su presencia reabría temas políticos en Alemania y archivó la idea.

Tras su retiro, Trautmann trabajó como técnico en Inglaterra y Alemania, y también en sitios tan exóticos como Birmania (hoy Myanmar), Tanzania, Liberia, Yemen y Pakistán. “Viajar por lugares nuevos, conocer otras culturas, te hace más tolerante”, aseguró. Finalmente se jubiló y se fue a vivir a Almenara, un pueblito de Castellón, en España.

Su vida personal no fue fácil, tampoco en tiempos de paz. Casado nuevamente, su hijo menor murió muy niño en un accidente, tres semanas después de aquella final del cuello roto. Eso le produjo una honda depresión a su esposa y precipitó la separación: ella pensaba que Bert tuvo la culpa del accidente por haberlo descuidado. Tuvo otros dos matrimonios luego. Ya mayor, se reconcilió con su hija Frida.

Por otro lado, la decisión de no volver a Alemania tras el fin de la guerra le originó problemas con su familia, en especial con su madre. “Creo que ella murió con el corazón roto”, confesó.

En 2003, el City instaló una estatua suya en el estadio. Al año siguiente, la reina Isabel le otorgó la Orden de Caballero del Imperio Británico por su contribución al entendimiento entre el Reino Unido y Alemania. Falleció en España en 2013. Cinco años más tarde se rodó una película sobre su vida, The keeper (“El arquero”).

Su figura en las canchas quedó ligada al arrojo en la defensa de su equipo y su vida pasó a ser considerada como ejemplo de reconciliación. Un proceso que no le resultó sencillo: siempre confesó que no había sido suficientemente valiente para abrir los ojos a tiempo ante el horror que lo rodeaba. Pero lo hizo. Y vivió para contarlo.

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