ARGENTINA

La historia de “El Uruguayo” y los nexos con la barra brava de Boca Juniors

Richard William Laluz Fernández tenía varios antecedentes tras haber sido referente de “La Doce”, la barra de Boca Juniors.

Rafael Di Zeo y Mauro Martín en la barra brava de Boca Juniors. Foto: Clarín.
Rafael Di Zeo y Mauro Martín en la barra brava de Boca Juniors. Foto: Clarín.

La muerte de Richard William Laluz Fernández, popularmente conocido como “El Uruguayo”, despertó el interés de los dos márgenes del Río de La Plata.

Es que mucho se hablaba en Argentina del miedo que le tenían al ex referente de la barra brava de Boca Juniors los propios “barras” y hasta incluso la Policía.

Laluz Fernández, nacido el 15 de mayo de 1968, hincha de River Plate pero vinculado a la barra de Boca Juniors, estaba cumpliendo un arresto domiciliario en su casa ubicada en la calle Vicente López al 2200 en Sarandí, partido de Avellaneda.

Hacía más de una semana que lo habían internado en el Hospital Fiorito y tras caer en coma, según informó Clarín, falleció el martes a los 51 años.

Los comienzos

En 1999, Rafael Di Zeo, por entonces jefe de “La 12”, la barra brava de Boca Juniors, visitó a Richard William Laluz Fernández en el penal de Devoto y lo invitó a sumarse a su grupo ni bien quedara en libertad.

Así fue. “El Uruguayo” era un “pesado” en el mundo carcelario de Argentina. Lideró el histórico motín de diciembre de 1993 en el que 24 personas quedaron de rehenes entre otros hechos mafiosos y de violencia.

“Rafael y Fernando Di Zeo, Mauro Martín, Maximiliano Mazzaro y Richard Fernández eran amigos: jugaban al fútbol en el predio de Casa Amarilla y compartían los más de $300 mil que la barrabrava de Boca recaudaba por mes. La historia de La Doce está atravesada por favores pero, sobre todo, por la traición”, así se presenta un artículo del periodista argentino Gustavo Grabia, quien se sumergió en el mundo de las barras y publicó un artículo en Revista Anfibia, describió cómo fue la relación entre los Di Zeo y “El Uruguayo”.

Richard El Uruguayo La Luz
Richard "El Uruguayo" La Luz.

Primer paso “bien dado”

En Boca, la tarde del sábado 25 de febrero de 2006 sólo se soporta con un chapuzón de por medio en la pileta. Mauricio Macri, presidente del club, hoy jefe de gobierno porteño, está muy lejos de allí, quizá en su country, quizá en Punta del Este. Mientras algunos van prendiendo el fuego para el asado lento, en Casa Amarilla, la barra brava juega al fútbol.

Rafael Di Zeo usa la nueve y le pasan la bocha como cuando Menem jugaba en la Selección: al jefe nunca se le discute su falta de dribbling.

Sobre la línea de cal hay un morrudito que juega para el equipo de los Di Zeo, por ahora es el hijo pródigo del jefe. La oveja descarriada de la familia: hermano de Gabriel, entrenador de boxeo de Rafael en el club Leopardi y uno de los protagonistas de esta historia que empezó cuando él, Mauro Martín cayó preso por robar un supermercado chino del barrio. La familia, como en cualquier cosa nostra, le pidió ayuda al jefe de Boca. Rafael le puso un abogado de confianza, llamó a quien hay que llamar y la carátula de la causa cambió: en los papeles, el chino del supermercado pasó de ser robado con violencia a sufrir un intento de asalto con arma de juguete.

Mauro salió de prisión y como Rafael le vio pasta, se lo llevó a la cancha. Sin saberlo, porque así se hacen cosas como ésta, estaba gestando a su Judas.

Pero eso vendrá después. Esta tarde de febrero hay fútbol y nadie sabe lo que está por venir. No piensan en Marcelo Aravena, capo de la facción Lomas de Zamora de La Doce, que meses atrás dejó la cárcel tras pasar 12 años por el crimen de dos hinchas de River (Angel Delgado y Walter Vallejos) en 1994. En que el lugar de Aravena ahora lo ocupa Mauro. Ni en que la gente de Mauro le dio una paliza a los de Aravena cuando quisieron acercarse a La Boca. No piensan en eso porque el sol baja despacio, faltan veinte minutos para las ocho de la noche, y el partido recién empezó hace media hora.

Por Del Valle Iberlucea, a metros de Villafañe, se estacionan un wolvskwagen de alta gama y una pick up. Los seis hombres que bajan están armados. Uno lleva una escopeta de caño recortado. En cuestión de segundos reducen al guardia de seguridad e ingresan al predio como un grupo comando. El Gordo Ale, que no juega pero sigue el partido de sus amigos desde la tribuna, los ve y grita.

Los barras de La Doce ya no son jugadores, son fugitivos buscando salvar su vida mientras el grupo de Aravena descarga su artillería.

Las armas apuntan a Mauro.

Cuando pasa la primera ráfaga, un hombre grandote, con el pelo hasta la cintura y pinta de ser malo de verdad, saca un 38 y se lo calza en la mano derecha, y un 45 y se lo pone en la mano izquierda. Richard William Laluz Fernández, “el Uruguayo”, que lideró la toma del penal de Devoto años atrás y ahora está en La Doce bajo el influjo de Rafa, va hacia donde está Mauro y lo cubre a fuerza de balas. Él sólo dispersa a los de Aravena, los persigue hasta el ingreso.

Dos meses después, para que no queden dudas acerca de su decisión, Di Zeo se ubica en el paravalanchas junto a Mauro. Exponer deliberadamente la cercanía el segundo favor que le hace. El primero fue salvarle la vida aquel 25 de febrero.

Porque esta, aunque no lo parezca, es una historia de favores.

Aunque muchos digan que no, que la de la barra de Boca es una historia de traición.

(Extraído de “La 12, la historia de una traición” de Gustavo Grabia).

La primera ruptura

En marzo de 2007, la relación entre “El Uruguayo” y Di Zeo se rompió. “Rafa” se entregó luego de estar prófugo por una emboscada a hinchas de Chacarita en 1999 en La Bombonera y ahí, Laluz se alineó con Mauro Martín, quien luego pasaría a ser el capo máximo de “La 12”.

Martín quedó con el camino libre porque a “El Uruguayo” lo llevaron preso nuevamente. Esta vez recaló en el penal de Ezeiza en 2009 luego de estar prófugo durante dos años por el robo de una casa. Dos años más tarde recuperó la libertad.

Tras salir y en una entrevista con Olé, dijo que "’La Doce’ fue siempre una sucursal de la Federal. Yo soy el monstruo que todos pintan. Manejé pabellones, penales, la cana me ve y me tiene miedo. En cambio los barras son todos panchos que necesitan, como en ‘La Doce', andar con la Policía para que no les pase nada. Pero que se queden tranquilos esos, no los voy a matar, que es lo que se merecen. Si en este país hay Justicia, los voy a mandar presos".

Una noche fatídica

La noche del 13 de marzo de 2011, mientras la ciudad duerme, la facción de Rafa festeja el cumpleaños de uno de sus integrantes en el restaurante del cabaret Cocodrilo. La mesa del fondo está preparada. Las chicas bailan en el caño, Rafa pide otra ronda de champagne.

Los Di Zeo salieron hace poco de prisión y están esperando el momento justo para retomar el control de la barra. Ahora, La Doce está en manos de Mauro Martín y Maximiliano Mazzaro, aquellos a los que les hicieron favores se quedaron con la tribuna cuando en 2007 los hermanos fueron presos por una emboscada a la barra de Chacarita.

El Uruguayo Richard Fernández, aquel que por orden de Rafael le salvó la vida a Mauro en la canchita de Casa Amarilla también estaba preso: cuando Mauro y Mazzaro viendo que cada vez tomaba más poder en la popular, lo vendieron a la Bonaerense. Pero salió, también quiere la barra y hoy cree que una alianza con Rafael es el vehículo indicado para el regreso.

El Uruguayo estaciona su camioneta en la playa que está sobre la calle Gallo. Cuando está por entrar, el de seguridad le avisa que Rafael está adentro. El uruguayo sonríe: a eso justamente vino. Pero la noche no terminará como la había pensado: cuando se acerca a la mesa del fondo, la charla sube de tono y lo invitan a retirarse. Masculla bronca, suelta una amenaza y se da vuelta rumbo a la puerta.

Las chicas siguen bailando con música de Black Eye Peas.

En la barra de Boca no todos son favores. Richard no consigue hacer más de diez pasos que siente la quemazón en la espalda: tres balazos se le clavan en la espina dorsal. La Doce huye mientras las chicas se refugian detrás de los sillones acomodándose los corpiños. A Richard lo operan dos veces en el hospital Fernández y le salvan la vida. Quedará en silla de ruedas desde entonces.
No hay lealtad en el mundo del crimen.
El 17 de julio de 2012, el Tribunal Oral Seis absuelve de culpa y cargo a los 12 barrabravas de la facción de Rafael Di Zeo, acusados de asociación ilícita. Desde el banquillo de los acusados, camisa blanca y pantalón pinzado, Rafael sonríe. Luego, me dirá:

—¿ Viste que soy bueno?

Afuera de Tribunales esperan 400 miembros de su barra. Apenas lo ven se desata una especie de Stone manía. Es una mezcla de Jagger y Richards. La Policía corta la calle y como si Boca hubiese ganado la Intercontinental, hay marcha hacia el obelisco. Cantan: “Es la barra de Rafa, la que vuelve de las vacaciones, vamos a matar a todos los traidores”.

Muchos se sacan fotos, como si fueran un atractivo turístico y no una horda de delincuentes esperando el momento para actuar. Desde los balcones vuelan papelitos y algunos se animan a cantar con los barras.

—¿Y? ¿Soy culpable o inocente? Si yo tengo que ir preso por pelearme por Boca, todos estos también me tienen que acompañar, igual que todos los que en la cancha cuando hay lío, gritan ‘y pegue, y pegue, y pegue Boca pegue’”, dice y sonríe.

Es ídolo y lo será hasta que una nueva muerte indigne al ciudadano y lo rechace un tiempo, hasta olvidarse de lo ocurrido y pida de nuevo por él.

Preocupado, Gustavo Lugones, subjefe de la Unidad de Coordinación de Prevención de la Violencia en el Fútbol del Gobierno y uno de los máximos especialistas argentinos en la materia, dirá en su oficina de Palermo que el problema es muy complejo. Que por un lado, hay una mafia organizada, enquistada en los clubes, con apoyo político y policial que vive de ellos. Pero que, sobre todo, está el conjunto de la sociedad que los aprueba.

—Eso tiene una explicación: el hincha ya casi no puede identificarse con los jugadores. Porque la mayoría son malos y cuando aparece uno bueno, que pinta para ser ídolo, lo venden a los seis meses a Europa. Entonces se rompe el proceso de identificación y ese lugar queda para los barras, que pase lo que pase siempre estarán ahí, en el estadio, agitando la bandera. Quedaron como refugio de identidad en un país que perdió sus proyectos colectivos.

(Extraído de “La 12, la historia de una traición” de Gustavo Grabia).

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