POR RODRÍGUEZ ITUÑO

Las moñas de un guapo el día de su despedida

*Al último (partido) fui como una despedida y un homenaje al viejo Atilio ya con un pie en la historia.

*Al último (partido) fui como una despedida y un homenaje al viejo Atilio ya con un pie en la historia.

La juventud y Nacional ya habían pasado. “Junín” caminaba hacia el retiro jugando en Liverpool.

Fuimos a la Ámsterdam para verlo bien de cerca, por lo menos cuarenta y cinco minutos.

Atilio ya viejo no jugó bien. Su rival de esa tarde era Penarol con un buen equipo. Su físico ya no respondía. Su pique corto en el área, el salto siempre exacto y el cabezazo fulminante eran cosa del pasado. De sus atributos el viejo gladiador solo conservaba su enorme corazón y dos ¿o tres? cosas más.

Con ellos fue al frente. Al borde del área, sobre la Ámsterdam adelantó la pelota como un poco de más. Esperó que llegara el defensa para el trancazo directo y frontal y metió justo, limpia pero fortísima la vieja pierna llena de cicatrices. Se la llevó. Sin apuros pero sin retardo repitió la maniobra. Otra vez el empujoncito largo hacia la “guinda”, otra vez la espera del león y de nuevo el encontronazo que volvió a ganar. El tercero fue el choque más duro. Fue a él sin apuro y sin miedo, con la fe y la serenidad de los machos de verdad. Su pierna, ya vieja pero aún fuerte cantó flor. La pelota mansa, exprimida derivó hacia el flaco Abreu, aquel de la boina blanca y las canillas finas que la metió.

Alguien que quiso ser gracioso o quedó con bronca musitó:
-¡Qué tres moñas se mandó!

Detrás nuestro se oyó una voz que en tono de grappa con limón contestó:

-Pa’hacer esas tres moñas botija, hay que ser tres veces guapo.
* (Columna de Rodríguez Ituño en El País, recordando el último partido que jugó Atilio García)

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