FÚTBOL

Miraglia: el decano del periodismo deportivo

A los 97 años sigue mirando partidos por televisión y advierte: “Hoy se paga para ver a jugadores de tercera división, porque a los de primera los vendieron a todos".

Miraglia
Un  recuerdo. Miraglia con un cuadro que evoca la entrevista que le hizo al gran ciclista italiano  Fausto Coppi. Foto: Marcelo Bonjour.

Pare y lea con atención, que este hombre vio jugar a Héctor Scarone, José Nasazzi, Obdulio Varela. A punto de cumplir 97 años, Juan Ángel Miraglia es el decano del periodismo deportivo uruguayo. Ingresó a los medios en 1942 y abrazó el oficio con pasión y rigor. Frontal en la crítica, bien informado y de pluma elegante, trabajó hasta la década de 1980. Hace rato que no va más a las canchas, pero sigue viendo fútbol y está al día con lo que ocurre. Desde este año, además, es uno de los presidentes honorarios de la Asociación de Historiadores e Investigadores del Fútbol Uruguayo.



Estoy por cumplir 97 años. Nací en San Carlos, pero pasé mi infancia en el medio del campo, en Garzón, a 500 metros del arroyo. Mi padre tenía allí un comercio en un caserón enorme. Soy el primogénito de seis hermanos. Cada vez que mi madre tenía que dar a luz, se iba a San Carlos. Cuando yo tenía que empezar la escuela, las opciones eran ir a una escuela rural a cuatro o cinco kilómetros de casa, ir a Maldonado o venirme a Montevideo. Y al final me vine a Montevideo, con unos tíos que no tenían hijos. Hice acá los seis años de escuela y el liceo.



Mi primer recuerdo del fútbol es increíble. Tenía siete años y vivía con mis tíos, que no tenían idea de lo que era el fútbol. Por supuesto, yo tampoco. Pero cuando llegó la final del Mundial de 1930, quisieron ver de qué se trataba y fuimos los tres en tranvía hasta el Estadio Centenario. No teníamos entradas, por lo que nos quedamos afuera, junto a una multitud al costado de la tribuna Olímpica. Y vimos que un hombre subido a una de las alas de la Torre de los Homenajes comenzó a “relatar” el partido con gestos hacia la gente que estaba afuera. Cuando atacaba Uruguay, cuando hacía un gol, cuando hacía un gol Argentina… Gritaba, se agarraba la cabeza, movía las manos… Y a medida que avanzaba el juego, él se entusiasmaba cada vez más y comenzaba a sacarse la ropa. Fue el primer strip tease que vi en mi vida… Al final terminó con poca ropa pero eufórico. Fue un episodio que me quedó grabado, aunque ningún medio lo comentó.

Muy joven entré como empleado en el estudio jurídico Manini Ríos-Travieso. Pedro Manini Ríos había sido fundador de La Mañana y surgió la posibilidad de trabajar como periodista. Yo leía mucho en casa, incluso desde antes de ir a la escuela porque mi madre me había enseñado. Y tenía buena redacción. Así fue que empecé allá por 1942, cubriendo partidos de la ‘B’ y de básquetbol. Allí trabajé con grandes periodistas, como Carlos Manini Ríos, que fue excepcional. El periodismo me entusiasmó tanto que vivía para el diario.



Siempre estuve en las páginas deportivas, pero si hacía algún viaje buscaba temas fuera del deporte para escribir otras notas. También fui muy tanguero y junto a un compañero, Carlos Tuso, sacamos una sección llamada ‘Ronda de ases’, con entrevistas a artistas. Casi siempre escribí para La Mañana, aunque también hice notas para El Diario, sobre todo desde el exterior. El Diario era una cosa increíble, vendía todos los días 170 mil ejemplares. Y cuando a través de Marcelino Pérez consiguió las fotos del Presidente, un avión que cayó en el Amazonas y murieron varios uruguayos, la tirada llegó a 210.000 ejemplares. Debe haber sido récord mundial de venta de diarios per cápita.



Todo ha cambiado mucho en el periodismo. En mis primeras coberturas como enviado mandaba los principales conceptos de mis artículos por telegrama y luego en la redacción completaban el texto. Pero había que usar un lenguaje especial, achicando palabras para que el telegrama costara menos.

En 1968 me tocó dirigir la revista Deportes, que sacó la empresa de La Mañana y El Diario. Fue una revista que no se olvida, la gente todavía me la comenta. Descubrí que si poníamos a un jugador de Peñarol o Nacional en la tapa vendíamos mucho, pero si era uno de un club chico quedaba de clavo. La revista estaba muy bien escrita, con grandes periodistas. Recuerdo en particular a Carlos Naya, que escribía muy bien. En 1972 la empresa le retiró el apoyo, quedaron los periodistas a cargo pero no duró mucho más.

También hice radio y televisión. Estuve con varios colegas en Glorias Deportivas. Luego estuve con Víctor Hugo Morales en Hora 25 hasta que él se fue a Buenos Aires. Estuve por irme a trabajar a Paraguay, hasta que me llamaron de El País. Después estuve en Últimas Noticias. Y en 1987, después de 46 años de periodismo, me jubilé. Y me alejé de todo. Me fui a vivir a Maldonado, donde estuve 30 años. Tenía una casa con jardín en el barrio Pilares, que mi esposa lamentablemente pudo disfrutar poco porque falleció. Hice muchos amigos allá, pero poco a poco fueron muriendo y me fui quedando solo. Y ahora volví a Montevideo.



Llegué a ver a Héctor Scarone en su última etapa en Nacional. Y también vi a José Nasazzi. Era un fenómeno, con todos los récords de títulos. Tenía ojos de águila. Cuando empecé como cronista, él comentaba partidos por radio. Y su mirada impresionaba. Por eso le decían El Terrible. A Obdulio lo vi sobre todo a partir de su llegada a Peñarol desde Wanderers, porque como pasa ahora a los clubes chicos la prensa los sigue poco. Era una personalidad completamente distinta. Mandaba pero con un gracejo muy especial, con cosas que se le ocurrían en el momento.



En general no tuve relación con los futbolistas. Cuando trabajé en radio aclaré que comentaba partidos pero no hablaba con los jugadores ni con los directores técnicos. Me enferman las declaraciones de los deportistas luego del esfuerzo de la competencia. No es el mejor momento para que hablen y por eso siempre dicen lugares comunes, como “hay que seguir trabajando”.

La famosa foto del penal del alemán Schnellinger contra Uruguay la conseguimos con Carlos Manini Ríos. La pagamos 40 dólares a la revista Kicker, mucha plata entonces. Cuando el alemán paró la pelota con la mano, que entraba, yo lo vi y grité “¡penal!”. Pero no nos robaron ese partido. Recuerdo también otra jugada: un tiro de Cortés que dio en el palo, el arquero alemán fue a atajarla y Lito Silva le tiró una patada que era para llevarlo preso. El juez no cobró nada.



Hoy se comenta muy poco los partidos y no se dice la verdad. Hoy se paga para ver jugadores de tercera división, en un gran porcentaje. Porque a los de primera ya los vendieron a todos. El problema es económico y así no se puede competir con nadie. Los jugadores se van antes de madurar y a veces ni siquiera pueden hacerlo en Europa, donde hay otras condiciones y exigencias. Por eso vemos jugadores que fracasan y terminan volviendo al tiempo. Los clubes europeos solo con el acto de promoción de ponerle la camiseta a ese jugador ya desquitan el precio del pase.

El proceso que lleva ahora Tabárez de alguna forma empezó con Víctor Púa. Si Púa no hubiera cometido algunos errores en las alineaciones o los cambios en el Mundial 2002 pudo llegar mucho más lejos. Por ejemplo, el Chengue Morales debió estar mucho antes en el partido contra Dinamarca, con su altura en el área hubiera sido diferente. Uruguay llegó con mala fama de pegar patadas y entonces hubo un esfuerzo exagerado por no ser agresivos. Eso impidió ganarle a Francia que jugó casi todo el partido con diez. Quedamos muy comprometidos para el partido con Senegal, que igual casi se gana en la hora. Pero por entonces había un gran desorden en el fútbol uruguayo.



Tabárez cumplió con hacer de los seleccionados una verdadera familia, que lo sigue siendo. Es incuestionable en ese punto. Pero creo que comete errores técnicos, como los cambios. En el partido con Holanda en Sudáfrica se equivocó al no enfriar el partido cuando los holandeses marcaron el segundo, como hizo Obdulio en Maracaná. Entonces vino el tercer gol y ya no hubo mucho para hacer. Otro logro de Tabárez es el permanente contacto con los jugadores. Sabe siempre qué está pasando con cada uno. Es una tarea muy pesada, porque exige un contacto constante.

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