HACIENDO HISTORIA

Manga: el gran arquero que fue de Nacional por 30 minutos

El brasileño mandó un telegrama sobre el cierre del libro de pases de 1968, cuando los dirigentes ya desesperaban: terminaría siendo un puntal del Nacional del 71.

Manga jugando con los colores de Nacional. Foto: Archivo El País.
Manga jugando con los colores de Nacional. Foto: Archivo El País.

Los dirigentes de Nacional se paseaban nerviosos por el Aeropuerto de Carrasco la tarde del 26 de julio de 1968. La nueva contratación del club debía llegar en un vuelo de Cruzeiro do Sul, pero el avión no aparecía. Y el libro de pases cerraba a última hora de ese día. Finalmente, desde el club les avisaron que el futbolista, media hora antes del cierre, había pedido pase por telegrama desde Ezeiza, pues su avión se había desviado hacia allí debido al mal tiempo. Por 30 minutos, Nacional consiguió traer a Manga, que sería fundamental desde el arco para construir uno de los mayores equipos de la historia tricolor.

El acuerdo con Manga se había cerrado el día anterior, pero su llegada se había gestado un tiempo antes y casi de casualidad, cuando Garrincha quiso probarse en Nacional. El excepcional puntero, ya en decadencia, buscaba equipo y pasó por Montevideo, aunque ni siquiera llegó a pisar una cancha. Siguió a Buenos Aires, donde intentó con Boca, sin éxito. El apoderado de Garrincha, Amaury Fonseca, sin embargo, sugirió a los dirigentes tricolores un nombre para el arco: Manga, golero del Botafogo de Garrincha. O, según sus documentos, Hailton Correa de Arruda (aunque también se lo llamó “Airton Correia”).

En ese momento, Nacional tenía cuatro goleros, pero ninguno podía considerarse dueño absoluto del puesto. El titular era el argentino Rogelio Domínguez, ya veterano y con problemas en una rodilla. Sus suplentes eran Luis Dogliotti y Pedro González Acuña, a quienes se sumaba el joven Ramón Souza Duarte.

El nuevo técnico del club, el brasileño Zezé Moreira, dio su aprobación a Manga. Sin embargo, después de su llegada a último momento, demoró un poco más en conquistar la titularidad, que siguió siendo de Domínguez. Hasta que Nacional participó en un torneo internacional en Buenos Aires, en agosto de aquel 1968. En el primer partido, Domínguez recibió una goleada de Boca. Para el segundo, nada menos que ante el Santos de Pelé, Moreira puso a Manga. Fue empate y varias grandes atajadas del golero brasileño convencieron a todos de sus virtudes. Y durante casi seis años fue el propietario exclusivo del buzo azul con el número 1.

Manga traía una larga fama desde Brasil, aunque esta se había visto opacada por su actuación en el Mundial de Inglaterra. Si bien salió como titular solo ante Hungría, fue tarde de derrota y eliminación, duro contraste para los hasta ese día bicampeones del mundo. Él fue uno de los que pagaron los blasones rotos.

De entrada ya impresionaba, con su metro ochenta y pico de altura, su rostro siempre serio y marcado por una varicela mal curada en su Recife natal y sus enormes manos de dedos torcidos. Según contó, eso se debía a las fracturas sufridas en sus primeros años de carrera, cuando no habían aprendido a esconder la pelota atrapada en el suelo y los delanteros le pateaban las manos para quitársela. Ese arrojo casi suicida para proteger su arco no lo perdió en el resto de su trayectoria.

Manga quien fuera figura en varios torneos de Nacional. Foto: Archivo El País.
Manga quien fuera figura en varios torneos de Nacional. Foto: Archivo El País.

Aquellos eran tiempos en los que los futbolistas extranjeros que llegaban al Uruguay podían aprender mucho. El Manga que llegó no era el mismo que fue campeón de América y del mundo en 1971: no sabía salir de la valla, un defecto peligroso en un medio afecto a los centros para grandes cabeceadores. Aquí, con la experiencia y los consejos del gran Aníbal Paz, aprendió a dominar toda el área y se convirtió en un arquero completo.

Era tan seguro de sí mismo que la leyenda asegura en partidos que Nacional ganaba fácil y él se aburría en el arco, cuando le llegaba una pelota sencilla la tiraba disimuladamente al corner, para entretenerse un poco. También reclama premios por adelantado a los dirigentes, convencido de que se los ganaría.

En la campaña de la Libertadores 1971 resultó fundamental: recibió apenas cuatro goles. Y le atajó un penal clave al peruano Chumpitaz ante Universitario en Lima. Fue de los últimos de aquel plantel en marcharse al exterior, en el verano de 1974.

Su momento más recordado fue, sin embargo, su gol de arco a arco. Desde el área siempre sacaba fuerte y alto con el pie, al extremo que a veces iniciaban jugadas de gol, como ocurrió con el segundo de Artime ante Palmeiras en San Pablo por la Libertadores. El 30 de mayo de 1973, frente a Racing por la Copa Ciudad de Montevideo, cuando su equipo ya ganaba 6 a 0, volvió a pegarle lejos. La pelota se elevó, cayó, picó frente a la salida de su colega racinguista Posadas y se fue al gol, acompañada por el delantero Calcaterra, que pudo haberlo asegurado pero prefirió cuidar el carácter histórico de la conquista.

Había llegado a Nacional con 31 años y en sus primeras declaraciones a la prensa en aquel momento afirmaba que su aspiración era “cerrar con broche de oro” su carrera en Uruguay. Sin embargo, con 36 años se fue al Inter de Porto Alegre, donde fue figura en un gran equipo, que tenía a Figueroa en la zaga y a Falcao en el mediocampo. Y allí recuperó el renombre perdido entre los aficionados locales en el Mundial 66. Pasó luego por otros clubes de Brasil para recalar finalmente en Guayaquil.

Hoy, en la hora más difícil de Manga, gente de Nacional le tiende una mano. A él, que puso tantas veces sus grandes y curtidas manos al servicio de su gloria.

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