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Leandro Paiva: el peón goleador 

Cuando barría las calles trabajando en Tacurú le daba vergüenza, pero hoy está orgulloso de haberlo hecho “para hacer una moneda y que a mi hijo no le faltara nada”. El volante sigue tomándose el ómnibus para ir a entrenar y mantiene la ilusión de salir para cambiar su vida

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Leandro Paiva en el barrio Tres Palmas, donde vive. Foto: Francisco Flores.

"Yo quisiera que se quede acá toda la vida, pero le deseo lo mejor. Que pueda dar un salto y que yo lo vea”, dice “Toto” (Héctor Pereyra), el histórico utilero de Cerro. Se refiere a Leandro Paiva, el futbolista que llegó a principio de año y que lleva anotados ocho goles con la albiceleste en el pecho.

“Estoy contento. En Cerro encontré un grupo de gente muy buena y sana. Los compañeros y sobre todo ‘Totito’, el utilero. Ya me habían hablado muy bien de él antes de llegar. Es una gran persona que se merece mucho más de lo que Cerro le da, pero de eso se tienen que encargar otros. El cariño que él nos brinda a nosotros nunca nadie me lo había dado. Es como un padre para mí, siempre me da para adelante y me aconseja bien”, contó Paiva. “Está siempre contento y esa vibra positiva a mí me gusta mucho”, añadió.

La vida de Leandro nunca fue sencilla. Su papá falleció cuando tenía 12 años y él pasó a ser el hombre de la casa a pesar de ser el menor. “Sé que me está cuidando de allá arriba y que debe estar orgulloso de mí”. Hoy sigue viviendo en el barrio Tres Palmas, cerca de la Gruta de Lourdes, junto a su madre Mónica, sus dos hermanas mayores y sus seis sobrinos.

Es más, ayer se había mudado para una casita que se pudo hacer arriba de lo de su madre. “Cada vez que cobraba compraba algún material y dando una mano de peón me la fui haciendo”, relató. Allí vive con Evelyn, su novia desde hace tres años. Y asegura que tuvo suerte de haberla conocido por Facebook. “Es una gran compañera, hoy en día son pocas las que quedan como ella. Quiere mucho a mi hijo y él a ella. Y eso a veces es difícil, pero si no fuera así no podría estar con ella”, contó sobre su hijo Yojan, de seis años. Hoy el niño juega en el Marconi, el mismo club de baby fútbol donde él se inició, pero de zaguero.

En Cerro juega más adelantado y por ende está más cerca del gol. En Wanderers, donde hizo todas las formativas y debutó en Primera de la mano de Alfredo Arias, lo hacía como doble cinco. “Ahora juego un poquito más suelto, volanteando por afuera. Puedo jugar en cualquier puesto del medio, pero así tengo más libertad y puedo llegar más”, dijo y recordó cuando jugaba en Preséptima de puntero y recibía siempre alguna ayuda de Eduardo Millán, quien lo había acercado al club. “Siempre llevaba algún pan con dulce o un par de medias, cosas mínimas, pero yo lo valoraba y lo sigo haciendo”.

En Séptima comenzó a cobrar un viático de 600 pesos y le daba la mitad a Mónica, su mamá. “Siempre fui de darle a mi madre. Y esa ayudita que nos daban en el club sumaba”.

Antes de que Arias lo subiera a Primera, su novia se quedó embarazada y tuvo que salir a trabajar. “Estuve en una empresa de limpieza, en Puritas y en Tacurú. Al principio me daba vergüenza estar barriendo las calles, pero hoy estoy orgulloso de haberlo hecho. Estoy agradecido a esos lugares que me permitieron hacer una moneda, como me gusta decir a mí, para que a mi hijo no le faltara nada”.

Tras jugar tres años en Primera, Wanderers lo dejó libre. “Daba alguna patadita media fuerte y estuve mucho tiempo sancionado. No aproveché la oportunidad, pero aprendí. De los errores siempre se aprende y hoy trato de controlarme”.

Tras salir de Wanderers estuvo una semana y media probándose en un cuadro de Estados Unidos, pero fue poco tiempo y no quedó. Entonces se fue a jugar a Oriental de La Paz, en Segunda. “Primero me pareció que era un paso atrás, pero viví cosas muy lindas”. Allí conoció a Nelson Abeijón, hoy ayudante de Fernando Correa, quien luego lo llevó a Deportivo Maldonado y después a Cerro. “Él fue importante en mi carrera y le estoy agradecido”, confió Paiva.

“Lo mejor que hiciste fue traer a este negrito para acá”, le dice “Toto” a diario al “Abeja”. “Es lo más parecido a OJ que hay”.

Todos los días Paiva se toma el ómnibus hasta Garzón y Propios y allí lo pasa a buscar su compañero Aníbal Hernández, quien lo acerca a la práctica. “Tengo 24 años y aún me queda recorrido. Quiero hacer las cosas bien y seguir por este camino. Mi sueño es poder salir para hacer la diferencia económica, porque acá no la hacés. Para poder tener mi casa y arreglar la de mi madre. Y llegar a una selección, porque en la única selección que jugué fue en la de baby fútbol”, culminó.

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Amores: Leandro con su madre, Mónica, su hijo Yojan y su novia Evelyn.
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