DE VOLEA

El intangible del maestro Tabárez

DANIEL ROSA

DANIEL ROSA

Los buenos resultados, la promoción constante de futbolistas juveniles que produce la constante renovación, la seriedad del trabajo y la admiración que genera el entrenador de 72 años —quien acaba de cumplir los 200 partidos al frente de Uruguay— es de lo que más se habla en este proceso de selecciones que encabeza Oscar Washington Tabárez. Sin embargo, no es lo único.

Algo que está muy de moda es hablar de los intangibles y uno de ellos de Uruguay es el respeto que rodea a la selección. Se recuperó el de afuera, ese que se había perdido luego de varias décadas más grises que celestes. Pero sobre todo se recuperó el interno, ese que tienen los futbolistas que llegan a defender a Uruguay, tanto al cuerpo técnico como a sus propios compañeros.

Este intangible, basado en los tres principios que ha impuesto Tabárez que son juego, resultado y comportamiento, se ha traducido en algo que parece haber quedado demasiado soslayado: la conducta de los jugadores dentro del campo.

Todos los uruguayos se enojaron con la actitud que tuvo Martín Cáceres hacia el árbitro en el amistoso ante Perú y que le valió una merecidísima roja, pero la explicación de esa molestia con el “Pelado” es porque hizo algo que antes era habitual en las selecciones uruguayas y que ahora no lo es: pecherear.

Es tan buena la conducta que han presentado los futbolistas uruguayos, que habían pasado 32 partidos desde la última vez que un celeste había visto la tarjeta roja. Y curiosamente también había ocurrido en Lima, ante Perú, aunque en ese caso incluso en forma injustificada.

El 28 de marzo de 2017 Jonathan Urretaviscaya había ingresado desde el banco de suplentes para reemplazar a Carlos Sánchez y disputar los últimos 27 minutos. Entró con Uruguay perdiendo 2-1 (sería el resultado final) y lo hizo en buena forma. A los 76’, parado sobre la mitad del terreno, recibió un balón y salió a toda velocidad hacia el arco rival. El árbitro le marcó que se llevó la pelota con la mano, lo amonestó y como ya tenía amarilla, lo expulsó. La televisión demostró que no hubo mano, pero “marchó preso”. Hasta que a Cáceres se le ocurrió protestar en forma desmedida una falta que existió y por la que fue bien amonestado -con el agravante que no fue ni penal y en un amistoso-, pasaron dos años, seis meses y 13 días para que Uruguay viera una roja.

La buena conducta: otro de los logros del proceso que lidera Tabárez.

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