PEÑAROL

Inolvidable: el otro Peñarol-Flamengo

El “Indio” Walter Olivera creció pateando una pelota solo en la chacra de sus padres, pero llegó a ser campeón de América y del Mundo. El miércoles viendo por televisión el partido del Maracaná revivió el de la semifinal de 1982.

indio
"Indio". Walter Olivera en su casa de Salinas. "Es lo más parecido a la chacra donde me crié". 

El miércoles pasado, Walter Olivera vio el partido que Peñarol le ganó 1-0 a Flamengo en su casa de Salinas, donde vive desde 1976. No le gusta juntarse con amigos para ver los partidos importantes en barra, porque quiere hacerlo tranquilo. Es más, su esposa María del Carmen ya sabe que en esas oportunidades es mejor no hacerle ningún comentario. “Mi señora lo miró de a ratos, ella no me pregunta nada ni me hace comentarios. Después de tantos años ya sabe que es mejor que no me hable”, contó el excapitán aurinegro, a quien le gustó el equipo del “Memo” López y no pudo evitar que los recuerdos del partido ante el “Fla” de 1982, el que ganaron con gol de tiro libre de Jair clasificando a la final de la Libertadores, diera vueltas por su cabeza.

“Cada vez que Peñarol va a jugar a Brasil me acuerdo de aquel partido y nos escribimos con los compañeros de aquella época en el grupo de Whatsapp que tenemos”, relató el “Indio”. “Peñarol ha ido a jugar muchas veces a Brasil después del 82. Brasil ha extendido su fútbol. Antes se jugaba en San Pablo, en Río o en Belo Horizonte nada más. Si íbamos a alguna otra parte de Brasil, era sólo para un partido amistoso. Ahora, en cambio, hay muchos equipos de todos lados. Pero cuando van a jugar a Maracaná, recordamos aquel partido que fue inolvidable. Nos pelotearon, pero teníamos una columna vertebral muy buena. Teníamos un gran arquero; Gustavo Fernández volaba en aquel momento como lo hace Dawson ahora. Estaba Gutiérrez conmigo atrás, Bossio en el medio y Fernando (Morena) arriba. Pero también estaba Jair metiendo pases. Aquel Peñarol también tenía al ‘Chicharra’ Ramos y al ‘Pinocho’ Vargas por los costados. Y Diogo por derecha. Todos eran importantes”, explicó.

“Después del partido festejamos con mesura porque hacía 16 años que Peñarol no ganaba una Copa Libertadores. Y se la debíamos a la gente. La hinchada nos exigía ganar una copa más. Sabíamos que lo más difícil era lo que se venía, aunque ya le habíamos ganando a todos los grandes: los River, los Sao Paulo, los Gremio habían quedado por el camino. Además, terminamos muertos, porque era difícil contener a aquella selección brasileña; porque aquel Flamengo era una selección brasileña. Después de ganarle la final a Cobreloa, ahí sí festejamos. No sé ni cómo salimos del estadio Nacional de Santiago”, recordó.

1982
Semifinal. El "Indio" frente al arquero en el partido ante Flamengo de la Libertadores de 1982.

“Me gustó Peñarol, aunque debo reconocer que antes del partido tenía algunas dudas, sobre todo por lo que era el rival y porque jugaba en su campo”, afirmó ya sobre el partido del miércoles pasado correspondiente al grupo D, que ahora lideran los carboneros. “Además, Peñarol había bajado un poco su rendimiento en el torneo local, lo que lo llevó a perder con Wanderers. Pero López le buscó la vuelta al partido con el mediocampo que armó. Gargano tapa todo con seguridad. Y no erra los pases. Peñarol tiene un equipo bien balanceado desde el arco, con Dawson y una columna vertebral que le da solución al equipo. Funcionó bien, se defendió y aguantó el partido y luego los cambios esta vez le salieron bien. Esas columnas son muy buenas para ganar partidos y campeonatos”, analizó el “Indio”.

LA PALMITA. Olivera se crió en el paraje “La Palmita”, donde se cruzan las rutas 8 y 11, entre Pando y Soca. Allí sus padres, Demetrio y Gumersinda, trabajaban su chacra plantando muchas cosas: papas, boniatos y tomates que luego traían a vender en el Mercado Modelo. También tenían pequeños animales: gallinas y cerdos. “Era una zona toda de chacras y la gente las trabajaba. Ahora ha cambiado mucho, quedan muy pocas y la gente ya no las trabaja. Se dedican a otras cosas y sólo viven allí. Hoy se ha vuelto un paraje dormitorio”, se lamentó el gran zaguero sobre el lugar donde creció y donde su única diversión era jugar solo a la pelota.

“Mi vida de gurí era ir a la escuela, trabajar con mis padres y mi única distracción era una pelota. Jugaba solo, no había muchos chiquilines para hacer un equipo y no existía el baby fútbol. Sólo jugábamos algunos picados en la casa del vecino, que estaba como a ocho o diez cuadras. Era muy lindo vivir ahí, era muy tranquilo. Por eso me costó tanto adaptarme a la pensión de Peñarol cuando fui a practicar. Estuve una semana en la pensión que estaba en Ejido y Durazno. Fui a practicar y Peñarol me quería de cualquier manera, pero yo no quería vivir ahí y entonces decidí no seguir jugando al fútbol. Yo estaba acostumbrado a la chacra al aire libre. Lloré varias noches en aquella casa tan grande que no era lo mío”, reconoció.

Pero como los aurinegros ya habían visto sus condiciones no querían perderlo. Volvieron a buscarlo y llegaron a un acuerdo. El “Indio” volvió a la chacra con sus padres, donde vivió hasta los 23 años, y viajaba todos los días en ómnibus a Montevideo. “De donde yo vivía hasta donde tomaba el ómnibus tenía que caminar 24 cuadras por dentro del campo. Pero mi padre tenía una cachila, un Ford T del año 29 al que le faltaban las cubiertas. Y no la podía arreglar. Yo se las conseguí y entonces iba, saliendo por un camino vecinal hasta la parada en la cachila esa. La dejaba en un bar que había al lado de donde paraba el ómnibus, me iba a Montevideo y luego cuando volvía agarraba el cachilito otra vez. Ahí tenía unos 18 años, después, a los 21, cuando ya estaba en la Primera de Peñarol y en la selección, me pude comprar mi primer autito: un Fiat 850. Y con ese sí ya me largué, andaba por Montevideo por todos lados. Y mi vida fue cambiando totalmente”, aclaró.

EL NUEVE. Jugar al fútbol era el sueño de Olivera desde que escuchaba todos los partidos por la radio. Aún no eran tiempos de televisión, mucho menos en La Palmita. “Sabía los nombres de todos los jugadores y me transmitía a mí mismo cuando jugaba solo a la pelota. Yo no quería ser zaguero, quería ser nueve, como los que hacían los goles que yo escuchaba gritar por la radio”.

Su padre era futbolero, pero no quería dejarlo ir a jugar al equipo de La Palmita, que actuaba en la liga regional de Soca. Sus dos primos mayores, que vivían con ellos, le pedían que lo dejara jugar, pero no quería porque eran todos hombres mayores. “Yo era alto como ahora, pero flaquito. Al final me dejó y comencé a jugar y de nueve, pero como no hacía goles me fueron dejando de lado y yo no fui más”, contó.

Con unos amigos de un bar de Sosa Díaz, una estación de ferrocarril antes de Atlántida, armaron un cuadro para divertirse entre ellos los domingos. No pertenecía a ninguna Liga. Se armó el equipo, pero faltaba un zaguero. “Un amigo me dijo que jugara yo atrás, ya que era grande, pero le dije que no sabía. Él me dijo que tratara de sacar las que vinieran. Y las empecé a sacar bastante bien. Arrancamos a jugar un campeonato comercial. Y me vieron los de La Palmita y se interesaron en mí, pero para jugar de zaguero. Jugué en la Liga de Soca y todo el mundo hablaba de mí”.

La Cuarta División de Peñarol necesitaba un zaguero y mandaron al “Gaucho” Moreira, que reclutaba jugadores por el interior, que lo fuera a ver. Lo hizo un domingo y el lunes ya estaba practicando en Las Acacias. “Y ahí arrancó todo”, finalizó el “Indio”, que está esperando para hacerse una prótesis de cadera y ya adelgazó diez kilos. Lo va a operar Rienzi, como si aún estuviera jugando en Peñarol.

la copa

"No hay que pensar tanto en la sexta"

El “Indio” tiene los pies en la tierra, pero reconoce que el partido que jugó Peñarol con Flamengo da para ilusionarse. “Seguir adelante en la Copa puede, sobre todo si sigue armadito como está ahora y no empiezan a pensar y a hablar tanto de ganar la sexta. Hay que ir partido a partido. Ahora, el martes, viene Liga de Quito, que va a ser complicado. Hay que entender que se ganó un partido importante y eso da fuerzas, pero nada más”, afirmó quien vivió el capítulo más triste de su carrera a los 21 años. “Fue cuando me fracturé y me quedé sin poder ir al Mundial de Alemania con la selección. Esa fue la parte más fea de mi carrera. Pero también tengo muy buenos recuerdos, como el del partido con Flamengo”.

pando

Un amor que ya dura 40 años

 Conoció a su esposa María del Carmen en Pando, donde solía parar de camino desde Los Aromos. “Empezamos a conversar y salieron las citas. El primer lío con el padre fue porque decía que yo andaba para arriba y para abajo y no iba a ir en serio. Pero estamos juntos hace 40 años”, contó. Tienen siete nietos y siempre hay alguno en la casa de Salinas.

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