CORONAVIRUS

Los hinchas sufren por no poder ir a la cancha

Cuatro fanáticos le cuentan a Ovación cómo sobrellevan la vida sin fútbol y qué es lo que más echan de menos cada fin de semana. 

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DE FÉNIX. Gustaf extraña ir al Capurro sobre todo por el contacto social con gente que conoce hace décadas aunque no sepa como se llaman.

Esta época de cuarentenas obligatorias a causa del COVID 19 es difícil para todos. Estar todo el tiempo en casa es algo a lo que la mayoría de las personas no está acostumbrada. Se extraña la rutina diaria y semanal, entre ellas la de ir al fútbol. Cuatro hinchas, fanáticos todos, cuentan cómo es vivir sin poder concurrir a la cancha el fin de semana.

Para Pablo Pintos, bolsilludo de ley, ir al Gran Parque Central es un rito familiar que se extraña. “Es muy raro. Tenemos butacas y desde que nació Thiago, mi hijo más chico, ir a los partidos es como una reunión familiar. Voy con mi señora, mis hijos y me encuentro con mi padre y mis hermanos. Es un ritual más allá de lo que pase en la cancha. Se echa de menos el mate en el Parque”, dijo Pablo, para quien ser hincha de Nacional fue una cuestión de herencia. “No había otra opción, pero tampoco queríamos que la hubiese”, añadió.

Y la tradición familiar continúa, porque Thiago, de 7 años, es uno de los que más disfruta y a instancias suyas es que las tortas fritas nunca pueden faltar en el Parque.

Pablo veía bien a Nacional cuando se truncó el campeonato. “Yo siempre quise que volviera Munúa, para ver si jugábamos a algo. Estaba convencido que teníamos que cambiar algo para ganar afuera. Nacional tiene que aspirar a eso”, agregó el hincha tricolor que es funcionario técnico de un canal de televisión.

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TRICOLOR. Para Pablo Pintos ir al Gran Parque Central es mucho más que ir a ver a Nacional, es un ritual familiar. 

Increíblemente, uno de los partidos que más disfrutó no estaba en el Parque. Fue el agónico gol de tiro libre del “Chino” Recoba a Migliore en el clásico que los tricolores dieron vuelta en noviembre de 2014. “No pude ir porque me tocó trabajar. Lo vi por televisión rodeado de compañeros hinchas de Peñarol. Y lo disfruté muchísimo”.

HIPERFANÁTICA. Vanesa Torres tiene 21 años y, como Pablo, heredó el amor por los colores de su padre, pero los suyos son el amarillo y el negro. Es estudiante de magisterio y trabaja animando cumpleaños infantiles. Obviamente, está sin hacerlo por el coronavirus.

Tanto ella como su padre Fabián, carpintero de profesión, extrañan ir al Campeón del Siglo porque son de los que no fallan nunca. “Vamos a la tribuna Damiani contra la Güelfi. A mi padre le gusta ver el partido sentado y tranquilo, aunque somos los primeros en pararnos cuando hay que alentar”, contó la simpática joven.

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CARBONERA. Vanesa  Torres junto a Fabián, su padre, de quien heredó el amor por el amarillo y negro. 

“Soy única hija y mi padre quería un varón, pero no se puede quejar porque soy hiperfanática de Peñarol. En mi casa se respira Peñarol. Y vamos siempre juntos a todos los partidos. Si es uno de Copa y hay que cambiar los horarios de trabajo, se cambian”, relató Vanesa.

“Estamos extrañando tanto que empezamos a ver partidos viejos por YouTube”, agregó. En su corta vida elige la final de la Libertadores del 2011 como su mejor momento. “Casi nos quedamos afuera, conseguimos dos Américas de rebote. Jamás olvidaré el recibimiento al equipo, es de lo más lindo que me pasó en la vida”.

Al final Vanesa compartió su ilusión respecto al Peñarol de Forlán. “Al equipo todavía la faltaba rodaje cuando se suspendió el torneo, pero le tengo una fe ciega a Forlán porque sabe mucho de fútbol y es muy inteligente. No hubiera aceptado dirigir a Peñarol si no estuviera preparado”.

ALBIVIOLETA. Gustaf, hincha fanático de Fénix, trabaja desde su casa en la cuarentena. Conduce desde allí su programa de radio y las grabaciones para sus espacios de humor. Lo siguen contratando para animar fiestas y cumpleaños, aunque ahora lo tenga que hacer por medio de las aplicaciones de video conferencia.

El conocido actor cómico extraña ir al Capurro y el reencuentro con los hinchas albivioletas. “Extraño un montón, sobre todo el contacto social con esa gente que hace décadas que conocés, que capaz que no sabés ni cómo se llama pero los extrañás. Fénix es un equipo muy familiar, que tiene mucha hinchada femenina, de abuelas que se prenden al tejido. Es como una segunda familia, o una primera familia”, contó Gustaf, quien igual sigue en contacto con la gente del club.

“También se extraña mucho la cancha, que es maravillosa desde donde se ven las dos bahías, la del Cerro y la portuaria. Extraño el sol, el aire, el olor a pasto mojado y que mis dedos se posen en el alambre”, agregó el actor, que no le falla nunca a Fénix salvo que esté de gira por el interior o tenga función de noche y deba cuidar la garganta. Porque ir a ver a Fénix y no gritar, no existe.

“Una vez llevé al ‘Puma’ Goity a ver a Fénix y quedó impresionado. Acostumbrado al fútbol argentino me dijo que nunca había visto a tan pocos gritar tanto”, contó riendo quien ya está conforme con que el equipo haya pasado de fase en la Sudamericana. “Lo vi llorando ese partido en Ecuador que merecimos ganar”, admitió y explicó a su vez, que aunque extraña, no le da para ver fútbol de antes.

“Soy muy futbolero, pero me parece un poco embolante. Todavía no tengo ganas de ver partidos del 90. Por ahora no”, finalizó Gustaf.

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¡Se hizo la rata en jardinera!

Gustaf es de Capurro y de ahí su amor por Fénix. “A mi primer partido en el Capurro me llevó mi madre. Yo iba a un jardín de infantes frente a la cancha y un día en que íbamos llegando empecé a ver gente y gente que entraba. Era un partido entre semana. Y le dije a mi madre que quería ir ahí. Con la anuencia de mi padre me hice la primera rata de mi vida a un centro educativo. Me la hice estando en jardinera y con mi madre”, relató en su desopilante estilo.
Hoy está conforme con Carrasco y espera que siga plasmando su idea. “Aunque ahora esta tomando más recaudos y es mejor. Porque antes era una montaña rusa de emociones, ganabas 5 a 0 o te empataban. Cuando empezó y se ponía aquellas camisetas de fútbol para dirigir, ahí era el Carrasco auténtico. Recuerdo ir ganando 3 a 0 y que sacara dos volantes para poner más delanteros más y que nos empataran”.

ALCANZAPELOTAS. No hay quien no conozca a Jorge de la Riva en el Franzini y sus alrededores. Él también heredó su amor por la violeta de su padre, que desde muy pequeño lo llevaba a todos los partidos. “Tenía seis o siete años y ya conocía todas las canchas de Montevideo. No solo íbamos a ver al primer equipo, también a los partidos de formativas”, contó Jorge, para quien los fines de semana se han vuelto casi insoportables.

“Te cambia todo. Muchas veces he dicho que nunca me iría a vivir al exterior porque no podía estar sin ir a ver a Defensor y ahora me doy cuenta lo que es. Llega el fin de semana, que antes era lo más esperado, y es angustiante. Ya no como apurado; cuando como, porque muchas veces voy tres horas antes al Franzini para ver a los jugadores y como está todo”, reconoció.

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VIOLETA. Una de las mayores locuras de Jorge de la Riva fue irse en auto hasta Paraguay para ver a Defensor y llegó 20 minutos antes de que terminara el partido. 

Y recordó con emoción el primer Uruguayo que le vio ganar al club. “En el 87 yo tenía 10 años y fue la primera vez que fui campeón. Estaba con toda mi familia en la cancha. Ese día cambió mi vida respecto al fútbol”, contó quien muchas veces hizo de alcanzapelotas.

“Eran otras épocas y se podía entrar sin problemas a las canchas. Hice de alcanzapelotas no sólo en el Franzini, sino en muchas otras canchas. Recuerdo una vez en el Nasazzi en que yo estaba parado al lado del banco de Bella Vista, que justo tenía un penal a favor. El técnico me dijo que si lo convertían guardara la pelota. Le contesté que yo era de Defensor. Entonces se dio vuelta y le dijo a los suplentes ‘ni los alcanzapelotas son nuestros’. Nunca lo olvidé”, relató quien es socio violeta desde que nació, pero nunca pagó una cuota.

“Mi padre me hizo socio el día en que nací y cuando yo tenía 17 años pagó mil dólares para que fuera socio de oro y colaborar así con la construcción de la piscina de la sede de 21 de Setiembre. Eso duró hasta hace cuatro meses y ahora ya soy vitalicio”.

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