MARACANÁ 70 AÑOS

Todo lo que hay detrás de la gesta uruguaya del Maracanazo en 1950

Hazaña inmortal, orgullo nacional, leyenda, nostalgia de un tiempo dorado, pero también un resultado que estaba dentro de la lógica del fútbol: los celestes formaban un gran equipo

Gol de Ghiggia en Maracaná
Ghiggia ya remató y la pelota está en la red: Uruguay empeza a ser campeón mundial 1950.

Para el mundo, la hazaña celeste de 1950 es el Maracanazo, denominación que pasó a abarcar todo resultado sorpresivo e impactante, incluso más allá del fútbol. Para los uruguayos, alcanza con decir Maracaná. Ese monumento a la vocación de gigantismo de Brasil que un partido transformó de golpe en símbolo de lo que los uruguayos eran capaces de hacer.

La victoria de Maracaná es un orgullo nacional desde 1950, pero a partir de ese día también comenzó a convertirse en leyenda, abonada por episodios puntuales verdaderos o imaginarios que fueron torciendo el destino de un partido que parecía ganado de antemano por los brasileños. Desde la siesta previa de Schubert Gambetta en el vestuario, acaso exageración de un rato de descanso, hasta la pelota bajo el brazo de Obdulio Varela, que buscó enfriar al rival y a la tribuna después del gol recibido, pero que en otras versiones difundidas por el mismo capitán significó simplemente la protesta por un offside.

El propio Obdulio, descreído de las cuestiones de la fama y por años reacio a los periodistas, muchas veces se entretuvo contando versiones diferentes de aquella victoria, alimentando sin querer su propio mito.

Maracaná
Otra toma del tanto convertido por Ghiggia.

Los héroes de aquella hazaña no eran personajes mitológicos, sino uruguayos que todo el mundo podía conocer, si vivían a la vuelta, compartían los mismos boliches y por entonces estaban en clubes locales.

El Uruguay del Maracanazo también era el Uruguay feliz de la posguerra, cuando su peso era fuerte, su exportaciones llegaban al mundo y su democracia era envidia en la región. Por eso, la nostalgia del fútbol se entrelaza con el recuerdo de un país que poco después del Mundial de Brasil comenzó a deslizarse por una pendiente económica y social.

Entre las múltiples interpretaciones, se ha afirmado que el resultado terminó beneficiando a los brasileños y perjudicando a los celestes, pues a partir de entonces aquellos sumaron cinco copas del mundo y los nuestros ninguna. Supuestamente, los nacidos al sur del río Yaguarón se convencieron que habían nacido hermanos de la gloria mientras que los nacidos al norte corrigieron sus errores y se volvieron campeones.

Sin embargo, y más allá de algunas lecturas equivocadas sobre las razones del triunfo celeste, debe decirse que la decadencia posterior del fútbol uruguayo, cada tanto revertida de alguna manera con éxitos internacionales de la Selección y de sus principales clubes, tiene otras razones. Principalmente, las derivadas de la creciente comercialización del fútbol, que deja a este mercado demasiado chico inerme ante los dictados del dinero. Brasil, en tanto, en 1950 estaba avanzando hacia su condición de potencia mundial de este deporte, tras años de lento crecimiento debido a la segregación que sufrían los jugadores negros -los verdaderos artistas del espectáculo- y a las controversias históricas entre cariocas y paulistas.

Brasil vs. Uruguay 1950
Una panorámica de cómo estaba Maracaná el 16 de julio de 1950.

En todo caso, Maracaná fue el fruto de un tiempo irrepetible. Uruguay se metió entre los cuatro mejores del mundo sin disputar eliminatorias y venciendo solamente a Bolivia. Hoy, para llegar a las semifinales de la Copa del Mundo hay que disputar 18 encuentros clasificatorios y cinco más en la fase final mundialista. La preparación del equipo fue mala, caótica; hoy, una adecuada preparación es un requisito mínimo para al menos competir sin pasar papelones. Pero los 22 integrantes del plantel, y sobre todo los que terminaron jugando el Mundial de 1950, se conocían todos de cada fin de semana por la actividad local, habían atravesado juntos la prueba de la huelga de 1948 y hablaban el mismo lenguaje futbolísticos. Desde hace tiempo se sabe que las selecciones actuales se encuentran casi siempre al pie de los aviones.

En 1950, además, Uruguay estaba entre las mayores potencias mundiales del fútbol. Hacía tiempo que no podía demostrarlo, porque no volvió a participar de la Copa del Mundo desde 1930, pero en el ámbito sudamericano peleaba los títulos con Argentina. En su plantel aparecían varios de los mejores jugadores de todos los tiempos de este país, como Juan Alberto Schiaffino, Alcides Ghiggia, Schubert Gambetta, Obdulio Varela, Oscar Míguez, Julio Pérez. Y quedaron fuera, por diversos motivos, cracks como Walter Gómez, José “Loncha” García o Juan Eduardo Hohberg.

El fútbol uruguayo, además, mantenía una escuela que venía de las primeras décadas del siglo XX, con defensas fuertes, mediocampos dúctiles y delanteros rápidos y habilidosos, más la constante presencia de un capitán que era un auténtico caudillo.

Con esos jugadores y sin dilemas tácticos, el equipo uruguayo de 1950 añadía otro valor: la personalidad. La había en Obdulio, por supuesto, formado en las duras batallas de la divisional Intermedia, donde los espectadores no eran 200.000, pero estaban al costado de la cancha con piedras y armas. También había carácter en Gambetta, Matías González, Tejera. Máspoli era un arquero seguro de sus aptitudes y Míguez un delantero que rebosaba confianza en su calidad. Schiaffino era el talento fino y Rodríguez Andrade un lateral completo. De aquellos 11 titulares, apenas Rubén Morán -incluido a última hora por lesión del titular Vidal- fue una promesa que luego no fructificó.

Brasil vs. Uruguay 1950
Una toma a nivel de cancha del juego entre brasileños y uruguayos.

El hombre de la tarde, sin embargo, fue Alcides Ghiggia, un puntero muy veloz (hasta su cuerpo parecía aerodinámico) y certero frente al arco rival. De la desgrabación de los relatos del partido con Brasil surge cómo se fue convirtiendo en la carta triunfal gracias a su inspiración personal y a la búsqueda sistemática por parte de sus compañeros.

Alguna vez Obdulio comentó que si el partido con Brasil se jugaba cien veces, Uruguay solo ganaba aquella, pero cabe interpretar que fue por su intención de terminar con el asunto. Se sabe que casi sin preparación, los celestes jugaron tres encuentros contra Brasil de visitantes en ese 1950, antes del Mundial. Ganaron uno y perdieron ajustadamente, con errores arbitrales, los otros dos.

Aquella personalidad de los jugadores celestes les permitió abstraerse del entorno que significaba Maracaná, una olla de cemento repleta de hinchas haciendo ruido y fuerza por su equipo. Y al final, el triunfalismo del ambiente terminó cayéndole encima al seleccionado local, que después de los goles uruguayos sufrió el desconcierto de quien se enfrenta a una situación que jamás había previsto. Por supuesto, las cosas rodaron en el sentido favorable a los uruguayos. Poco antes de terminar el primer tiempo y con el marcador en blanco, Míguez estrelló un tiro en el palo. Si hubiera sido gol, tal vez en el descanso los brasileños se hubieran serenado recordando que el empate les alcanzaba para ser campeones.

Interpretaciones y especulaciones aparte, Maracaná será siempre el triunfo de la leyenda infinita, la hazaña de un grupo de uruguayos ya inmortales.

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