SUDAMERICANO

Grondona ganó el clásico

Messi felicitó a Humbertito, que enmudeció el Centenario.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Golpazo. El empate de Argentina, cuando se moría el primer tiempo: fue el 1 a 1. Duro.

"Estoy feliz por lo que se consiguió. Voy a poder estar en la playa con mis hijas y con mi mujer en paz. Eso es impagable. Como los mensajes de felicitaciones de Javier (Mascherano) y de Leo (Messi). Puedo dormir tranquilo", confió Humberto Grondona a Clarín previo a la final. Estaba contento por lo que había logrado con esta Sub 20 albiceleste, una selección que comenzó a formar desde la Sub 15.

Con el pasaje a los Juegos Olímpicos bajo el brazo, se había quitado la presión de encima, y trató de minimizar el duelo ante Uruguay.

"No es un clásico. El clásico nuestro es ante Brasil", dijo y calentó la previa.

La respuesta de la gente quedó de manifiesto: un Centenario colmado con más de 60.000 personas en las tribunas que taparon hasta las escaleras.

Humbertito tuvo su recibimiento. "Grondona se la comeeee.... se la comeeeee... Grondona se la comeeee", cantó todo el estadio. Y él, feliz, cruzado de brazos, caminando de un lado a otro en el sector del entrenador. Había logrado su cometido. Le quitó presión a sus pibes. Y los dardos le apuntaron sólo a él.

"Cada vez que la veía complicada, le pedía ayuda a mi mamá. Y siempre me ayudó", confió Grondona.

El gol de Gastón Pereiro pareció echar por tierras sus pedidos mirando al cielo, pero el empate de Drussi, volvió a darle la razón.

Los pibes se tranquilizaron. Ahora el nerviosismo pasaba a la vereda de enfrente, otro logro de Humbertito. "Me la jugué: me puse a dirigir y con este grupo de chicos pudimos llegar a todos lados", dijo el entrenador, que ya anunció que "(Gerardo) Martino tiene que ser el técnico en los Juegos Olímpicos".

"No sé qué va a ser de mi futuro. Mi contrato termina en diciembre y esperaré a ver quién es el próximo presidente de la AFA. Quizás el que gane no me tiene en sus planes", tiró el entrenador en una previa caliente, pero no para él, porque había bajado la presión a sus chicos desde el momento que declaró que habían cumplido con su objetivo: ir al Mundial de Nueva Zelanda.

En la cancha, la locura, los gritos, los gestos, la presión de esas 60.000 almas que desbordaron el Centenario.

Humbertito vivió el partido a full. Arengando, pidiendo más a sus pibes.

Pasó del trago amargo del 0-1 al dulce sabor del 2-1 cuando el partido se cerraba.

Se salió con la suya. Planteó el partido y lo llevó a su juego: "Hace un mes que sé como jugarle a Uruguay", le dijo a Clarín. No reconoció que era un clásico. Pero lo es. Y lo fue. Por eso festejó de la manera que lo hizo, mirando al cielo, saludando a papá y a mamá.

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