HACIENDO HISTORIA

El Gráfico: apogeo y caída de una leyenda del deporte

La revista argentina construyó su fama  con notas y fotos de alto impacto, grandes plumas y también
el aporte de muchos uruguayos

Tapas de El Gráfico
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El Gráfico era historia antes del anuncio de su cierre. Hacía años había abandonado su edición semanal para salir mensualmente, con repercusión mucho menor. Los diarios y los medios electrónicos le habían ganado la batalla de la inmediatez y el despliegue periodístico.

Si sus últimos lectores ya eran pocos, llegó a contar con centenares de miles de seguidores en todo el mundo. Cada uno recordará con especial nostalgia las ediciones de su infancia y dirá que fueron sus mejores días. Claro, en sus casi 100 años de historia hay mucho para recordar, tiempos gloriosos y de los otros.

Esta saga tiene además un lado muy uruguayo. Los nacidos en esta tierra fueron importantes, muchas veces ocupando su célebre tapa (en la otra página hay varios ejemplos) pero también en el día a día de la revista. Empezando por el periodista rochense Constancio Vigil, fundador del título y de la Editorial Atlántida. Ricardo Lorenzo, “Borocotó”, le dio alma popular a sus notas durante décadas. Menos conocido hoy, pero importante en los años 30, fue Máximo Sáenz, que firmaba Last Reason. Emilio Lafferranderie, “El Veco”, fue jefe de redacción en los 60. Ernesto Cherquis Bialo, “Robinson”, hizo toda la carrera hasta llegar a director en los 80.

Sus aportes contribuyeron a crear un producto periodístico de enorme potencia. Las notas de El Gráfico combinaban impacto, emoción y literatura. Memorable fue, por ejemplo, la cobertura de Cherquis Bialo en la llamada partida del siglo entre el estadounidense Fischer y el soviético Spassky en Islandia 1972: una pintura completa de un duelo que reflejaba más de la Guerra Fría que simple ajedrez.

Para no quedarnos solo en los uruguayos, hay muchos otros nombres para destacar. Julio César Pasquato, a quien todos conocían como Juvenal, analizaba el fútbol con un microscopio, con una capacidad de análisis insuperable. Osvaldo Bramante, que firmaba con su segundo apellido, Ardizzone, era totalmente diferente: un estilo único, casi tanguero, nítido desde la primera línea. Carlos Marcelo Thiery inventaba metáforas de cualquier jugada de cualquier deporte. Hasta los más anónimos hacían lo suyo. Por ejemplo, un inmigrante ruso judío llamado Jack Barski: era políglota, por lo cual conseguía declaraciones de cualquier deportista extranjero. Y al mismo tiempo, con su agenda y su paciencia, era capaz de convocar a decenas de futbolistas a la redacción para tener la foto conjunta de todos los pases de la temporada.

A comienzos de los 60 también pasó como director Dante Panzeri, el más inflexible crítico deportivo argentino. Por eso tenía fieles admiradores y detractores. Y terminó chocando con los dueños, al rechazar que le insertaran un recuadrito con una opinión del ministro de Economía de la época.

Las fotos de El Gráfico eran famosas, tanto por la calidad como por su oportunismo: muchas veces eran la prueba de que una pelota no había entrado al arco o una jugada había sido off side, en los tiempos en que la televisión no existía o no contaba con la técnica actual. Eso se lograba tanto por calidad como por cantidad de profesionales: a un Boca-River podía enviar fácilmente 15 reporteros gráficos.

Puede decirse que El Gráfico era especialista en grandes acontecimientos: les daba media revista, mostrando el partido, la pelea o la carrera desde todos los ángulos. Y salir en la tapa representaba la definitiva consagración para cualquier deportista.

A ese extraordinario plantel, la revista le añadía los medios necesarios para el mayor relieve. Era habitual que tuviera varios enviados por el mundo al mismo tiempo, según el deporte a cubrir. Para tener las notas y las fotos a tiempo desplegaban grandes operativos, incluso con aviones especialmente contratados. Fueron pioneros en la impresión en colores. Ediciones extraordinarias estaban en la calle pocas horas después de algún suceso de gran interés.

Otra historia fue la de sus oscilaciones políticas. En 1973 publicaron una foto del reciente presidente argentino Héctor Cámpora junto a sus colegas de Chile y Cuba, Salvador Allende y Osvaldo Dorticós, todos de izquierda. En los 90 fueron menemistas, al punto de colocar al presidente riojano tres veces en la tapa. Lo peor fue su apoyo a la dictadura instaurada en 1976. Por ejemplo, la foto a doble página de los integrantes de la Junta Militar (Videla, Massera y Agosti) festejando uno de los goles argentinos en la final del Mundial 78: la idea era “humanizar” a los gobernantes de facto señalados entonces en Europa por sus violaciones a los derechos humanos.

Pero el viejo espíritu de El Gráfico, el del deporte mostrado como juego, espectáculo y emoción, se reflejó también en ese mismo partido, toda una paradoja. En medio de los festejos, el veterano fotógrafo Ricardo Alfieri captó una escena que pasó inadvertida para el resto de sus colegas y de todo el estadio Monumental: Fillol y Tarantini se abrazaban, arrodillados, y un muchacho sin brazos quería enlazarlos, con las mangas vacías de su buzo colgando y a la vez enlazando la alegría. El título de la foto, también a doble página, fue: “El abrazo del alma”.

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