ENTREVISTA

El fútbol según Gerardo Caetano

El historiador y politólogo se sigue considerando futbolista y usa el deporte como ejemplo en clase.

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Gerardo Caetano. Foto: Francisco Flores

Dos vocaciones, fuertes y atrapantes como todas las pasiones, guiaron los pasos de Gerardo Caetano. El fútbol lo llevó del baby del Maeso al plantel del Defensor campeón uruguayo 1976 y al Mundial juvenil de Túnez 1977, pero después le mostró la fragilidad de los sueños con una rotura de ligamentos. La investigación histórica comenzó pronto a llenar todas sus horas hasta convertirlo en uno de los más destacados académicos en su campo.

En realidad, la palabra campo le sigue remitiendo a una cancha de fútbol: todavía se considera futbolista y utiliza la metáfora deportiva para entender y enseñar los procesos sociales. Y de la misma forma, Caetano analiza el fútbol con una mirada profunda, que va más allá de los resultados del fin de semana.

Todavía sueño con ser futbolista. Literalmente, en los sueños me aparecen escenas de juego. El olor a pasto recién cortado mezclado con el rocío me sigue recordando las canchas. Después del retiro, durante dos años me sentí físicamente mal y tenía una nostalgia brutal, pese a que yo tenía otra vocación muy fuerte como era la Historia. Los médicos me dijeron que era lógico, porque yo venía de entrenar fuerte todos los días y si bien seguí jugando en la Liga Universitaria, dejé de entrenar tanto. Pero puedo decir que viví el momento tan desfavorable que para los futbolistas es el día del retiro.

El de futbolista es uno de esos oficios que no se dejan nunca, juegues o no juegues. Eso lo dice Juan Ricardo Faccio y yo coincido, por haber vivido esa pasión de dimensiones inusitadas, irracionales. Me sigo considerando futbolista. Uso mucho la metáfora deportiva en mis clases, para entender la sociedad, para preguntar y responder sobre los procesos sociales. Los ingleses van a ser recordados por muchas cosas pero seguramente por ninguna tanto como por haber creado el fútbol, un deporte absolutamente maravilloso.

El fútbol es una pasión muy difícil de entender para quien no la vivió en su totalidad. Hacer un gol, por ejemplo, es una experiencia mística. Me pasó de convertir uno y gritarlo, pero un compañero que se acercó me comentó que no estaba emitiendo sonidos. No sé de dónde salía ese grito...

La inteligencia humana se expresa de diferentes formas. En la música, en la capacidad de los artesanos para hacer cosas con sus manos. Y también en el fútbol. La educación tiene que ser más sensible ante esa multiplicidad de destrezas, que muchas veces ni siquiera se advierte, y ayudar a su desarrollo.

El fútbol te da genios, como el profesor José Ricardo De León, que no solo era inteligente, era un genio. La manera como construyó su sistema de juego, no muchas veces entendido, lo hizo un adelantado del fútbol total. La gustaba mucho la historia del fútbol. Decía que era el deporte que menos cambió sus reglas fundamentales desde el origen. El mantenía correspondencia con el técnico holandés Rinus Michels y hablaban de las cosas que hacía la FIFA para cambiar la regla del off side. Todo lo que ingenieros y modelos de simulación hicieron para eliminar el off side, fallaron. Era otro deporte, previsible, aburrido. Es una ley complejísima y fantástica. Desconfío de esta idea actual de cambiar las reglas.

Otro genio era Venancio Ramos. Le pegaba de manera indistinta con la derecha o con la zurda, algo que trajo de la cuna. Incluso dribleaba con las dos piernas. Y venía de los barrios pobres de Artigas. Lo citaron tarde a la Selección juvenil de Raúl Bentancor, estaba enyesado. Cuando llegó lo pusieron medio tiempo en el equipo de los suplentes. “Con este pollo mojado no pasa nada”, pensamos. Le dieron la pelota, encaró y nadie se la podía sacar. En el segundo tiempo lo pusieron con los titulares y ya no salió más.

Jugué dos veces contra Maradona. Tenía 15 años y era absolutamente deslumbrante. Me pasó algo muy raro: me distraje durante el partido mirándolo jugar. Vi a Cubilla en sus últimos seis meses como jugador. Tenía 36 años y un montón de quilos de más, pero fue totalmente decisivo para salir campeones con Defensor. Era capaz de saber lo que pasaba en la cancha a sus espaldas y podía dejar solo con un cambio de frente a un compañero que él no veía.

El mundo del fútbol es un mundo mágico. El juego profesional combina racionalidad (con un trabajo intelectual cada vez más refinado, por ejemplo en los sistemas de medición de la evolución del rendimiento de los futbolistas) con una dimensión absolutamente irracional. Están las cábalas y hasta las consultas a brujas. Un técnico de inferiores de Defensor armaba su estrategia para los partidos en función de las cosas que le ocurrían en su vida diaria. Si veía un cura con sotana o algo que creía que traía mala suerte, jugaba a la defensiva. O el repertorio de música que hay que escuchar antes de los partidos. Cuando fuimos a Túnez teníamos ese repertorio. Pero el presidente de la delegación, que era un militar, antes de la semifinal interrumpió la música para pedir que cantáramos el himno. Y perdimos, por lo cual todos le echaron la culpa al militar. También son rituales para administrar la tensión.

Veo con preocupación la evolución de los futbolistas juveniles, aunque la situación es muy difícil de revertir. Los adolescentes de 14, 15 años, a veces ya están señados para irse al exterior, en un momento en que se están desarrollando. Es como arrancar una planta y trasplantarla a otro lado. A veces puede funcionar, otras veces no. Hay casos diferentes, como el de Suárez. En Nacional era muchas veces suplente y se fue a Holanda en condiciones épicas, para estar más cerca de su novia. Y sin embargo allá explotó. Pero en el 90% de los casos lo más probable es que sus carreras se trunquen. Pueden ser jugadores de condiciones sobresalientes, pero sin terminar de formarse, sin un marco familiar que los acompañe, corren muchos riesgos.

Son pibes que a los 18 años cargan la herencia de Obdulio, Artigas, José Pedro Varela. Ingresan precozmente y mal en los roles de la adultez. Pueden ganar mucho dinero, pero no tienen oficio ni otros intereses. Cuando el buen momento deportivo se termina, todo lo demás se corta abruptamente. A los 35 años, la mejor edad, a ellos les parece que lo mejor de la vida ya pasó. Y no están preparados para enfrentar todos los años que les quedan.

El fútbol uruguayo enfrenta con muchas contradicciones esta era de globalización. En primer lugar, es milagroso que un país con esta población y esta desorganización siga generando esta cantidad de jugadores. Es un milagro de proyección mundial. La paradoja es que salvo ciertos oasis, como lo que ha rodeado el proceso de la Selección -más allá de resultados, es un ejemplo de planificación y continuidad- la organización está pésimamente manejada. El fútbol uruguayo siguió al mundo en algunas cosas pero su conducción quedó desfasada de época.

Veo muy positivamente este movimiento de futbolistas. Me parece muy sano, importante y creo que va a prevalecer. Se había perdido libertad, independencia. Había un nivel de subordinación muy negativo. Esto, bien aprovechado, puede ser el embrión de un cambio de conducción. Pero los dirigentes tienen que acompañar esos procesos. A veces veo dirigentes que no son profesionales y dirigen los clubes como si fuera un hobby personal. Cada vez más se están manejando pasiones en una sociedad violenta, con narcotráfico y sicariato, donde el porte de armas es algo común, y todo eso está hoy en el entorno de los equipos. Razón de más para que esto sea asumido con mucho mayor profesionalismo. En esto no se ha logrado estar a la altura. Hay desde fallas en cuanto a la organización de la competencia hasta errores garrafales en cómo manejar la carrera deportiva de los jóvenes.

Dimensión. “El día que murió Ghiggia yo lloré”

“El día que murió Ghiggia yo lloré. Era un 16 de julio, en el informativo daban el gol a Brasil con el relato de Solé, pero me pareció extraño. Acá pasó algo, me dije. Y Blanca Rodríguez anunció que Ghiggia había muerto. Era como si hubiera anunciado la muerte de Aquiles. No importaba tanto la vida concreta de Ghiggia, se había muerto el autor del gol de Maracaná. Esa dimensión que los uruguayos transferimos al fútbol es desmesurada”.

Intereses. Cuando perdió una votación por 17 a 1

“Cuando fuimos al Mundial de Túnez, ese país era una joya. El país árabe más secularizado, con huellas de la antigüedad, del imperio cartaginés, de la Segunda Guerra Mundial. Y no existía todavía el yihadismo. Un día teníamos libre y el técnico Raúl Bentancor puso a votación entre hacer un paseo al desierto y las ruinas históricas, o quedarse a dormir la siesta en el alojamiento de las delegaciones. Perdí 17 a 1… Me decían que estaba loco. ¿Ir al desierto?, me preguntaban. No podían entender que yo leyera todas las noches antes de dormir”.

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