HISTORIAS MUNDIALISTAS

2002: Entre la épica y la eliminación apenas un metro

Víctor Púa recibió un hierro caliente, lo clasificó al Mundial pero no consiguió enfriarlo del todo. Los celestes solo se animaron a atacar cuando estaba casi todo perdido e incluso así estuvieron a un paso de la hazaña.

Foto: archivo El País.
Foto: archivo El País.

Después de Italia 90, la Selección uruguaya vivió entre sobresaltos, polémicas, cambios periódicos de entrenador y más polémicas, que se tradujeron en una larga serie de sinsabores apenas interrumpidos por la conquista de la Copa América 1995 en Montevideo. Y en la cuenta de los mundiales, la ausencia se extendió a Estados Unidos 94 y Francia 98.

Para solucionar todo eso, entre la AUF y el empresario Paco Casal pergeñaron una idea que pareció novedosa: contratar un técnico extranjero, que había sido campeón mundial como futbolista, para que a partir de su prestigio y personalidad todo se encarrilara. El elegido fue el argentino Daniel Passarella.

El plan nunca se completó, porque Passarella no se sintió a gusto en el conflictivo ambiente del seleccionado y terminó presentando renuncia por un motivo que sonó a excusa: las dificultades que le planteaba Nacional para la convocatoria de Vicente Sánchez.

Con el equipo a mitad de camino en las eliminatorias para Corea Japón 2002, la solución fue designar en su lugar a Víctor Púa, que había encabezado exitosos procesos de los equipos juveniles y ya se había ocupado de los mayores en la Copa América 1999.

Púa consiguió la clasificación, muy festejada, tras los partidos del repechaje contra Australia. Dos goles del “Chengue” Morales consiguieron el pasaje entre episodios rocambolescos, como la inscripción “Gracias Paco” en el tablero electrónico del Estadio Centenario al final del partido.

La euforia por la clasificación tan ansiada hizo pasar al segundo plano (al menos provisoriamente) algunas denuncias periodísticas sobre indisciplinas y divisiones en el plantel. Púa se hizo cargo de un hierro caliente y lo llevó al Mundial, pero no logró enfriarlo del todo.

Foto: archivo El País.
Foto: archivo El País.

Los rivales en la hasta ahora única Copa del Mundo binacional eran Dinamarca, Francia y Senegal. El más fuerte, se suponía, era el vigente campeón, Francia. Pero todos los pronósticos se alteraron cuando en el partido inaugural, los galos cayeron ante Senegal.

También Uruguay comenzó perdiendo, frente a los daneses. El primer tiempo resultó muy complicado, cuando los europeos se vinieron por la zona derecha de la defensa. Se recibió un gol, aunque luego Darío Rodríguez empató con un remate de sobrepique que pasó a la antología de los grandes goles de los mundiales. Y cuando el encuentro era parejo, a poco del final Dinamarca hizo el segundo.

En el siguiente partido chocaron las urgencias de uruguayos y franceses. Los celestes se vieron favorecidos por la temprana y acaso exagerada expulsión de Thierry Henry. Pero incluso 11 contra 10 nunca se animaron a lanzar una ofensiva decidida. Y terminó 0 a 0.

Para seguir en la Copa era imperioso ganar a Senegal. El primer tiempo resultó tétrico, con tres goles africanos y errores del árbitro que perjudicaron a los uruguayos. Entre la espada y la pared, Púa se vio obligado cambiar todo lo posible. Y a la cancha fueron el “Chengue” y Diego Forlán, que hasta entonces no habían tenido oportunidades.

Morales descontó a los 15 segundos del complemento. La cancha comenzó a volcarse hacia el arco senegalés. A los 68’, un golazo de Forlán puso a la Celeste a tiro y terminó de achicar a los africanos. En los minutos finales se jugó prácticamente en el área senegalesa. Y ocurrió de todo. El “Chengue” cayó en el área, el juez vio penal y Recoba lo convirtió a los 89’. En los descuentos remató Gustavo Varela, un defensa rechazó de cabeza en la línea de gol y el rebote le cayó a Morales, que cabeceó sin darse cuenta que estaba solo frente al arco y mandó la pelota un metro afuera.

Hubiera sido, además de la clasificación, una de las mayores remontadas de la historia de los mundiales, pero quedó en la anécdota del cabezazo que también quiso dar Púa desde el banco de suplentes, una imagen incorporada al archivo histórico de la Celeste.

Cuando el corazón volvió a su ritmo habitual, todos se dieron cuenta que Uruguay había quedado nuevamente afuera de un mundial. Pero esos 45 minutos finales hicieron pensar que había otra forma de jugar. Y la ambición por ver a un seleccionado uruguayo verdaderamente ofensivo le abrió las puertas a Juan Ramón Carrasco, un proyecto que quedó inacabado también por culpas de Carrasco.

Foto: archivo El País.
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