HACIENDO HISTORIA

Entró en la gloria con la pelota bajo el brazo

Se cumplen 100 años del nacimiento del Negro Jefe, capitán de Maracaná.

La estampa del "Negro Jefe": Un momento casi sagrado, vistiendo la Celeste.
De todos los tiempos. Con termo y mate, lejos de las batallas en la cancha.
Obdulio Varela ya anciano
Obdulio con sus nietos, un abuelo amoroso.
Obdulio Varela.
Obdulio Varela junto a sus compañeros de Peñarol.

Scarone escuchó el “¡Tuya Héctor!” y su zapatazo olímpico quedó registrado por siempre. Ghiggia se volvió inmortal con su corrida y su remate en Maracaná. Por otras latitudes, Maradona tocó el cielo cuando eludió a medio equipo inglés rumbo al título en México ’86. Y Pelé se hizo leyenda al marcar su milésimo gol.

Todos los grandes tuvieron un instante dentro de la cancha que marcó un antes y después en su trayectoria y en la del fútbol. También lo tuvo Obdulio Varela, aunque la jugada de su vida él la hizo con la pelota bajo el brazo. No fue un gol, tampoco un pase decisivo, pero comenzó a ganar el último partido del Mundial de 1950 justo en el peor momento.

Cómo se iba a asustar de 200 mil brasileños en las lejanas tribunas de Maracaná, si él había jugado en las bravas canchas de la Intermedia, donde las hinchadas iban bien provistas de piedras y armas para las frecuentes peleas. Una vez, en Maroñas, hizo un gol y cuando lo iba a festejar se encontró sentado en una silla, vestido de jugador: alguien lo había dormido de un golpe en la nunca y se despertó en el bar frente a la cancha. En esos duelos fue forjando su condición de líder. Ese que respalda a los suyos e inquieta a los ajenos.

antes. Obdulio Jacinto Muiños Varela nació hace ahora un siglo, el 20 de septiembre de 1917 en La Teja, cuando el barrio era más lejano y modesto. La historia lo recuerda Obdulio, sin sus apellidos. La familia y los amigos le decían Jacinto. Y en el fútbol fue el Negro Jefe.

Hijo natural criado por su madre, conoció la pobreza, pasó rápido por la escuela y se encontró vendiendo diarios a la edad de los juegos. Dicen que así se topó una vez con Batlle y Ordóñez y otra con Gardel, aunque por supuesto, ellos no supieron nunca quién era ese morochito atrevido que se metía en todos lados.

Su juventud fue trabajo y fútbol. Empezó en cuadros de barrio: Fortaleza, Dublín, Pascual Somma, hasta que llegó al Deportivo Juventud, que jugaba en la Intermedia de la AUF. Una vez viajó a Buenos Aires con un combinado barrial. Tan pobre era que tuvieron que prestarle toda la ropa. En 1938 pasó a Wanderers y por fin se convirtió en futbolista profesional.

Admiraba a Lorenzo Fernández, otro ejemplo de un desbordante temperamento con zapatos de fútbol. En realidad, formó parte de una generación que comenzó su carrera cuando terminaba la de los grandes campeones olímpicos, por lo cual heredó de primera mano el magnético carácter de hombres como José Nasazzi.

La exaltación de Obdulio como capitán hizo pasar a un segundo plano las menciones a sus virtudes como futbolista. Que debieron ser muchas, pues menos de un año después de su debut en Wanderers ya estaba en la Selección, convocado para el Sudamericano de Lima 1939. Y ya no dejó la Celeste: disputó en total 50 partidos y convirtió 10 goles. Cuentan que era un centrehalf que cortaba juego y lo iniciaba por el lado más certero, con pases cortos o pelotazos justos para los punteros. Pese a su físico grande, más todavía en su época, era ágil e incansable. Cuando se acercaba al área rival, tenía un remate poderoso: está el testimonio de dos goles mundialistas de lejos, a España en 1950 y a Inglaterra en 1954.

De cualquier manera, había nacido para ser capitán, lo fue siempre y en esa condición los equipos giraban alrededor de su personalidad. Sagaz, pícaro, sabía lo que iba a ocurrir en la cancha antes que sucediera. Por ejemplo, cuando el cordobés Juan Eduardo Hohberg iba a debutar en un clásico, le advirtió que su marcador Tejera lo iba a golpear al comienzo para probarlo. “Después, yo voy a dejar una pelota entre ambos y usted sabe qué tiene que hacer”, le dijo Obdulio. Así ocurrió. Tejera bajó de un codazo a Hohberg, quien al levantarse encontró a su capitán señalándole con el dedo: “¿Qué le dije?”. Al rato, mandó una pelota dividida entre los dos rivales y Hohberg supo qué hacer.

A Peñarol llegó en 1943, a precio de gran figura. Sin embargo, demoró un tiempo en consagrarse con la aurinegra, sobre todo porque no se cuidaba: entonces nació su apodo infamante, Vinacho. Pero también fue un profesional tenaz. Así como volvió esa vez tras internarse por decisión propia dos meses en la Colonia Etchepare, supo mantenerse más tarde, concentrándose solo en Navidad y fin de año para evitarse los excesos ante una definición de campeonato.

ese día. La huelga de futbolistas de 1948-1949 terminó de erigirlo en líder de toda una generación, aunque casi resultó el fin de la historia tal como la conocemos. Hubo dirigentes que pretendieron cobrarle esa condición de cabecilla de los jugadores y por poco no lo transfirieron a Boca o lo devolvieron a Wanderers. ¿Y si no hubiera ido a Maracaná? Después fue capitán de la Máquina aurinegra de 1949, última parada antes del Mundial de 1950, y defendió al club hasta su retiro.

Ya en la Copa de Brasil ejerció su liderazgo para unificar al plantel, que dejaba de lado a Matías González por haber carnereado durante la huelga, o para concentrar a todos en el gran objetivo después que sus compañeros llegaron tarde de una noche de farra. Su gol salvó el empate ante España y su confianza alentó a los indecisos antes del partido con Brasil, cuando algún dirigente había adelantado que con recibir “solo” cuatro goles estaba cumplido.

Y en Maracaná tuvo esa “jugada”. Friaça había convertido el gol que le daba el título a Brasil. Para su marcador, Víctor Rodríguez Andrade, había sido offside. Cuando sacaron la pelota de la red de Máspoli, Obdulio la puso bajo el brazo y se hizo dueño de todo lo que acontecía en la cancha, que era como decir todo lo que ocurría en el mundo. Ante el asombro general, inició una lenta ronda de protestas frente al línea y el árbitro. Los jueces eran británicos y no hablaban español, él no sabía inglés, era imposible que se anulara el gol, pero en esa queja muda enfrió el partido, frenó el ímpetu del equipo brasileño y acható el entusiasmo de la torcida. Cuentan las crónicas brasileñas que durante los últimos minutos del partido, en medio de un estadio en silencio, solo retumbaba su voz animando a sus compañeros al último esfuerzo.

Recibió la Copa del Mundo de manos de un confundido presidente de la FIFA, Jules Rimet, que no había visto el gol de Ghiggia. Más que entregársela, Obdulio prácticamente se la arrebató, en la ceremonia de premiación menos solemne de la historia de los mundiales. De noche, fue a tomar copas por ahí y terminó confraternizando con los hinchas brasileños que lloraban la derrota. Mientras, en el país comenzaba a armarse la fiesta del siglo. Él, sin embargo, prefirió no festejar. Al regreso de la delegación pidió prestado un impermeable y un sombrero y salió sin que nadie lo reconociera.

después. “Nunca, pero nunca logré entender qué era eso de la gloria, la leyenda, el mito, tantas cosas que se han dicho. Al revés, me molesta todo eso. No me interesa”, le dijo mucho después a Antonio Pippo, que lo escribió en su libro Obdulio. Desde el alma (1993). Confesó también que había regalado “más de cinco camisetas usadas en Maracaná”. Con el periodismo mantuvo una relación distante. Como jugador a veces no posaba con el equipo de Peñarol, enojado con la prensa que a su juicio se metía demasiado con su intimidad. Una vez vino un periodista brasileño para verlo. Lo tuvo varios días afuera de su casa, hasta que lo dejó pasar. Lo invitó a tomar algo pero nada de declaraciones. Ya retirado, en una famosa entrevista de Franklin Morales (“La gloria tan temida”) renegó de todo triunfalismo.

Su leyenda se mezcla con la del invicto celeste en los mundiales. Jugó el Mundial de Suiza ya veterano y con algunos problemas físicos. Al convertir un gol ante Inglaterra, por los cuartos de final, festejó y se desgarró. No pudo estar en la semifinal ante Hungría y fue la primera derrota uruguaya en una Copa del Mundo.

Curiosamente, jugó su último partido en el propio Maracaná. Fue en 1955 ante América de Río, cuando ya ejercía junto a Máspoli la dirección técnica de Peñarol. Notó que estaba lento y viejo y decidió largar. Había sido campeón uruguayo con la aurinegra en 1944, 1945, 1949, 1951, 1953 y 1954, campeón sudamericano (1942) y mundial con la celeste.

Siempre receloso de técnicos y dirigentes, descreído de la fama, se alejó del fútbol (salvo su contribución con acciones benéficas como la Cruzada del Dr. Caritat, que incluyó una amistosa “revancha” de Maracaná) y se concentró en su trabajo en los casinos del Estado, que había obtenido antes del Mundial del ‘50. El ambiente cargado de humo de cigarrillo sin embargo afectó su asma.

Su orgullo se vio varias veces golpeado por el olvido o la codicia ajena. Una vez no lo dejaron entrar al Estadio porque no tenía el carné de jugador. En otra ocasión se organizó una gran colecta para regalarle una casa. Pusieron de todos lados, pero cuando le entregaron el cheque, la suma era ínfima.

Tenía un terreno en Villa Española, que le había dado un camionero amigo a cambio de un préstamo. Construyó con ayuda de su suegro y vivió allí desde 1964, donde lo iban a visitar cada cumpleaños suyo o de Maracaná.
Con los años esa imagen reservada, casi hosca se fue suavizando. Siguió siendo terminante en las entrevistas, pero solía cerrar las frases guiñando un ojo y con una sonrisa. También llegaron los reconocimientos. Peñarol lo designó en 1991 “Jugador símbolo de la era profesional”. La FIFA le entregó la Orden del Mérito durante el Mundial 1994.

Tras el fallecimiento de su esposa Cata, a principios de 1996, ya no abandonó su casa. Murió el 2 de agosto siguiente. Fue enterrado en el Cementerio del Cerro. En 1999 sus restos fueron trasladados al Panteón de los Olímpicos, en el Buceo. Un año después fue elegido “Deportista uruguayo del siglo” por el Comité Olímpico.

“El partido de Maracaná fue como cualquier otro”

“Parece que Obdulio tuvo un problema de salud y lo internaron. Andá a verlo”, fue la orden del jefe al joven cronista. Y allá fue, para encontrarse con la estatua viviente en una sala del Casmu. Sin embargo, no era de bronce, sino un anciano afable, simpático, que se puso a charlar con el muchacho.

“No, no soy leyenda. Y si lo soy, deberían serlo también todos los que jugaron al fútbol. Simplemente tuve la suerte de pasar por el deporte y entrar en él. Así como usted entró al diario y con el tiempo terminará de ingresar totalmente a él”, comentó.

El joven periodista le preguntó cómo le contaría lo de Maracaná a alguien que no lo vivió ni lo escuchó. Y Obdulio lo relató con sencillez:
“El partido de Maracaná fue como cualquier otro. Bueno, quizás algo más importante, porque era una final. Por la responsabilidad son todos iguales, sea ante rivales chicos o grandes. Nosotros sabíamos que se podía ganar, porque conocíamos al rival, habíamos jugado un tiempo antes y sabíamos que se podía hacerlo. Además, si se cree que se va a perder, mejor no entrar. Quizás ellos se impresionaron con la fiesta. No sé. Lo que sí sé es que nosotros sabíamos que se podía ganar. No le digo que estábamos seguros de ganar, porque eso no puede anticiparse nunca...”

Desarmado ante tanta simplicidad, el periodista quiso saber si Obdulio reconocía el cariño de la gente.

“Sí, como no, siento el respeto -respondió-. Yo respeto a todo el mundo y por eso me respetan. Nada más. Y no represento a nada. Todo aquello del fútbol ya terminó”.

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