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El 10 en Uruguay no engancha

Pasan los años y las pruebas para que un talentoso se convierta en el dueño de la pelota no da sus frutos.

Foto: Reuters
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Ni frustrados ni resignados, pero sí preocupados. Y la preocupación, mucho más que por la racha de malos resultados que se amplía en el nuevo ciclo de la Celeste, aparece por una característica que sigue siendo una carga pesada: en Uruguay el 10 no engancha.

Es una realidad que golpea con la fuerza de un tifón, y que no ha podido ser revertida ni con el paso de los años ni con el cambio de jugadores. Quizás sea ese elemento uno de los que colabora de manera contundente para que a Uruguay le cueste -de manera alarmante- alcanzar niveles altos en el manejo de la pelota.

Hoy nos vemos de esta forma porque es lo que hay. Y eso que Óscar Tabárez lo ha buscado. Sabe que no existe momento más determinante que ese segundo de la moña diabólica o el enganche que aterriza al rival, porque de ahí nace la acción que empieza a armar el desequilibrio defensivo. Eso lo logra el talentoso. El que quiere la pelota, el que la pide al pie, el que fue capaz de ver la jugada antes de que se empiece a construir.

Pero, por más voluntad que haya puesto el entrenador para usar esa cuota inspiradora, el jugador creativo no se acopla al funcionamiento colectivo.

Cuando la cadena de bajos rendimientos, a quienes se convoca para ser el dueño de los tiempos del partido, se extiende, ya deja de ser un simple fracaso individual. La falla ya es superior. Hay algo que el equipo no hace para que el dueño de la pelota tenga el papel que se le demanda.

Es cierto que la mochila aumentó su peso porque no hay paciencia para fomentar su protagonismo y porque muchas veces las decisiones de darle ubicaciones diferentes en el campo terminaron agobiando y anulando al genio, pero también es real que ha faltado la actitud para ejercer el gobierno del juego.

Moverse, pedir la pelota, tirar las moñas para quebrar las líneas, es lo que debería dominar su forma de comprometerse con la camiseta.

Pero precisa ayuda. Así lo demanda el fútbol actual. Antes era más fácil, porque al 10 se le daba una libertad que hoy no existe, porque el juego evolucionó y los mediocampistas están obligados a correr para atacar y defender de la misma forma. Entonces, si no se entra a la cancha convencidos de que hay que jugar para él, es muy difícil que la inspiración aparezca.

Aceptemos que no es normal. No puede serlo. Algo termina teniendo una incidencia mayor, porque los jugadores que en sus equipos son piezas relevantes por la cantidad de asistencias y el volumen de juego que generan en Uruguay no consiguen repetirlo.

La lectura bien fácil, la que suele hacer el hincha es descalificar a ese futbolista. Ahí nace el mote pecho frío, ese que van heredando los que vienen atrás como si fuera ya una característica del futbolista al que se le dispensa la labor de armar las jugadas.

Desde aquel lejano debut en el Mundial de 2010 ante Francia, con la baja actuación de Ignacio González, a Uruguay le ha costado sacarle jugo al jugador cuya visión periférica permite que no se dependa exclusivamente de una acción fortuita o un gol de pelota quieta.

Lo que debe resolverse es que ha hecho que hayan sido flojos Nicolás Lodeiro y Gastón Ramírez en años anteriores o ahora Giorgian De Arrascaeta y Gastón Pereiro.

En ocasiones no se los colocó en los lugares adecuados, porque quedó demostrado que ni Lodeiro ni Ramírez se adaptaron al hecho de jugar pegado al volante central luchador. En ese papel de doble cinco armador -donde varios DT han mandado al enganche- estos dos no calzaron los puntos.

A De Arrascaeta y Pereiro, en tanto, también les minimizó el potencial el hecho de volcarlos sobre el costado izquierdo del mediocampo. Más encerrados y sin libertad de movimientos perdieron capacidad para encontrar brechas.

Pero, por encima de todo, parece colocarse la ausencia de una filosofía colectiva. Creer, como pasó con Diego Forlán, que la pelota debe ir a él. Entregar la máxima confianza y seguir dándosela, aunque se haya equivocado muchas veces. Solamente así parece ser que al final, un 10 va a poder terminar siendo el “enganche de Uruguay”.

“Nacho” González prometía convertirse en un armador importante para la Selección, no lo consiguió.

Su inteligencia para jugar y sus primeras demostraciones con la camiseta de la Selección uruguaya permitían considerar que estaba en condiciones de adueñarse del puesto de número 10 para terminar siendo un jugador gravitante en la faz ofensiva. Su estreno mundialista en el 2010 no fue el esperado.

Ramírez fue figura en Peñarol y también logró un gran destaque en el fútbol europeo: en la Celeste muy poco.

Tiene una gran pegada, es hábil para cuidar el balón y suele avanzar con el balón atado a su zapato izquierdo. Sin embargo, en la Celeste jamás alcanzó el máximo brillo. Es increíble que un jugador que en algún momento dominó estadísticas de asistencias en la Liga italiana no tuviera el despegue esperado.

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